La historia de la heladería de Ezeiza que conquistó a Messi

DEPORTES Omar EDEN

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Todo comenzó con un llamado que parecía una broma. Un sábado lluvioso de octubre de 2023, en una heladería recién inaugurada en Canning, sonó el teléfono: desde la AFA pedían helado para el predio. “Pensamos que era una cargada”, recordó Juan Arturo Repetto.

La duda se disipó cuando confirmaron el pedido a través del fotógrafo de la Selección. Al día siguiente, la familia llevó el encargo y vivió una experiencia única: ingresaron al predio, vieron de cerca a los jugadores y entendieron que ese sería el inicio de un vínculo especial.

Con el paso del tiempo, la heladería se transformó en una especie de cábala para el plantel. Los pedidos variaron entre tres y quince kilos, y entre los sabores más elegidos aparecen dulce de leche granizado, banana split, chocolate con almendras y frutilla a la crema.

“Buscamos cuáles eran los sabores favoritos de Messi y coincidían”, contó Repetto. Incluso detectaron una curiosidad: cada vez que el capitán estuvo presente, hubo pedido.

La cábala y los rumores desmentidos
En medio de la viralización de la historia, surgió una versión sobre una supuesta discusión entre Julián Álvarez y Claudio Tapia por el helado. Sin embargo, el dueño del local lo negó rotundamente: aclaró que los jugadores no recibieron directamente el pedido y que solo se acercaron a saludar y sacarse fotos. “Eso es una fake news”, aseguró.

Una coincidencia que alimentó la mística
En el primer pedido, desde la AFA solicitaron cinco kilos, pero la familia decidió llevar seis. Ese mismo día, la Selección convirtió seis goles y la coincidencia quedó marcada como una señal especial. Desde entonces, los pedidos fueron variando según cada ocasión.

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En una de las entregas, el dueño logró ingresar hasta el quincho, donde se encontraba gran parte del plantel junto a sus familias. Allí destacó el clima distendido y la cercanía de los jugadores. “Siempre nos sorprende la calidez”, contó.

Una historia con guiños del destino
Antes incluso de abrir el local, la familia ya colaboraba con merenderos y rescataba animales en situación de calle. En ese contexto, vivieron una anécdota particular: un mes antes del primer pedido, encontraron un perro abandonado en un día de lluvia y decidieron adoptarlo. Su hija lo llamó “Tato”.

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Poco después llegó el llamado de la Selección, vinculado justamente con una persona de ese mismo nombre. “Primero vino el perro y después apareció esto”, recordó entre risas.

Sin contratos ni acuerdos formales, la relación con la Selección se mantiene de manera espontánea. Y cada vez que suena el teléfono, en Canning saben que puede tratarse de otra historia para contar.

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