Volver a empezar, pero esta vez en serio

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN
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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay algo casi ritual en el inicio de clases. Una mezcla de nostalgia y expectativa que nos devuelve, aunque sea por un instante, a ese primer guardapolvo, a esa fila tímida en el patio, a esa sensación de estreno. Pero cada comienzo no es sólo una postal emotiva: es una radiografía del país que somos y, sobre todo, del que queremos ser.

La escuela argentina fue durante décadas una fábrica de ciudadanía. No era únicamente un lugar donde se aprendía a leer y escribir; era un ordenador social, una institución que marcaba tiempos, reglas, aspiraciones. Incluso quienes no estaban directamente vinculados al sistema educativo sentían su influencia. El calendario escolar organizaba la vida pública. La promesa de movilidad social estaba asociada al aula.

Hoy, ese contrato simbólico cruje.

Desde hace años, el arranque del ciclo lectivo suele venir acompañado de conflictos gremiales, paros anunciados, discusiones salariales que se eternizan. Este año no parece ser distinto. Y cada vez que los adultos no logramos ponernos de acuerdo, los chicos pagan la cuenta. Es una escena repetida: debates intensos en la superficie, pero poca profundidad en el fondo.

El problema no es discutir salarios o presupuesto. Es legítimo. El problema es que el debate educativo argentino quedó atrapado en una lógica defensiva, casi nostálgica. Seguimos discutiendo la escuela que fue, no la que viene. Nos aferramos a estructuras pensadas para un país industrial del siglo XIX o del XX, cuando el siglo XXI ya nos cambió las reglas del juego.

Cuando Domingo Faustino Sarmiento imaginó el sistema educativo, no estaba resolviendo una paritaria: estaba diseñando un modelo de nación. Pensaba en aulas porque pensaba en desarrollo, en integración, en progreso. Había una dirección estratégica. La educación era una herramienta al servicio de un proyecto.

La pregunta incómoda es si hoy tenemos esa claridad.

El gobierno de Javier Milei propone una transformación profunda del Estado y del modelo económico. Se podrá coincidir más o menos con sus formas, pero hay algo que resulta ineludible: plantea un horizonte. Y la educación no puede quedar al margen de esa conversación. Si la Argentina busca insertarse en un mundo competitivo, tecnológico, atravesado por la innovación, la escuela tiene que dialogar con ese mundo, no con uno que ya no existe.

Modernizar no es ajustar por ajustar. Modernizar es preguntarse qué habilidades van a necesitar nuestros chicos dentro de diez o veinte años. No sólo programación o idiomas. También pensamiento crítico, capacidad de adaptación, inteligencia emocional, trabajo colaborativo. El aula no puede ser un museo. Tiene que ser un laboratorio.

La evidencia internacional es clara: los países que invierten en capital humano, que reforman sus sistemas educativos con foco en calidad y resultados, generan empleo de mayor productividad y mejoran sus indicadores sociales. No es una consigna ideológica; es una constatación empírica. Educación y desarrollo caminan juntos.

Por supuesto, sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre docentes y directivos. El sistema educativo es el reflejo de una sociedad. Si naturalizamos la mediocridad, si justificamos el incumplimiento, si toleramos que el calendario escolar sea rehén de disputas políticas, el mensaje que damos es devastador. La escuela no puede ser el campo de batalla de los adultos.

En este punto, el desafío del oficialismo es enorme. No alcanza con ordenar las cuentas públicas o estabilizar la macroeconomía. Hace falta una narrativa educativa que acompañe el cambio cultural que se propone. Hace falta convocar a especialistas, a maestros, a gobernadores, a sindicatos, pero con una premisa clara: el centro son los alumnos.

Cada inicio de clases es una oportunidad. Para un chico, puede ser la puerta a un futuro distinto. Para el país, es una nueva chance de corregir el rumbo. Si seguimos discutiendo el pasado, vamos a llegar siempre tarde. El mundo no espera.

Tal vez el verdadero gesto revolucionario no sea gritar más fuerte, sino animarse a revisar lo que damos por sentado. Repensar contenidos, métodos, incentivos. Premiar el mérito. Exigir resultados. Acompañar a los docentes en su formación continua. Abrir la escuela a la innovación y al sector productivo.

Volver a clases tiene sentido si también volvemos a hacernos preguntas incómodas. Si dejamos de usar la educación como trinchera y la convertimos en plataforma. Si entendemos que no hay modelo económico viable sin un sistema educativo que lo sostenga.

El Gobierno tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de impulsar ese debate con honestidad y coraje. No para imponer una visión cerrada, sino para abrir una discusión que la Argentina viene postergando desde hace demasiado tiempo.

Porque empezar de nuevo no es repetir la rutina. Es animarse a cambiarla. Y esta vez, quizás, hacerlo en serio.

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