Córdoba, Córdoba, mi querida Córdoba

PARA LEER EN PANTUFLAS 18 de septiembre de 2022 Por José Ademan RODRÍGUEZ
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jose ademan Por José Ademan RODRÍGUEZ

Todas las noches te pienso barrio Alberdi, Ocaña (N), cancha de Belgrano, Pichuco Lugo, el mejor hincha de Belgrano, la Piojera, el Aguaducho. Es un poco el paraíso de mis memorias, ahí pasé mis años juveniles, de antes de la radio y la televisión, pero quedan algunas ausencias queridas que aun caminan con mis pasos a través de los recuerdos.

Y ya estoy viejo para redescubrir leyendas bíblicas o creer en Dios y cada vez menos en los hombres. Soy conscientes de mis impotencias para sobrellevar las carencias que tuve en mi azarosa vida... Solo me resta comer y recordar, sin olvidar que a mi edad de octogenario, somos el tiempo que nos queda y nada más.

Y como debe de estar Córdoba... y sus cielos pintados de acuarelas con la pincelada floral de la primavera, y nos son recuerdos tristes pues están envueltos por la melancolía que es como una musiquita dulce que me acaricia el alma...

Ya no existe más el barrio de las estudiantinas del Clínicas; sé que ha cambiado con las crisis; algunos señalan la impronta de la inmigración peruana para poner de relieve sus precariedades o porque pintan sus covachuelas con colores pintados a mano con pretensiones de carrusel para hermosearlas un poco. No seamos despectivos con ellos, son nuestros hermanos; sus miserias materiales son las mismas que las de muchos argentinos, clase medieros; además que la necesidad no tiene cara de hereje.

¡Cómo olvidarte Alberdi! donde viví aleluyas de blanca novia y responso de vino triste... Máxime a una edad en que vamos perdiendo cosas por el camino... como un adiós sin respuestas.

Los pucheros de doña Livia de Olmedo... allá en Ocaña... o las empanadas de ese roble tucumano en forma de mujer que era doña Marcela Tetta, la mamá del que fue mi primer compañero de estudio.

Y ese amargo gustillo que nos queda a los inmigrantes: aprender a querer otro cielo que no es el tuyo.

Sé que el Señor está muy alto, nuestros padres más abajo, pero nos tenemos aun los unos a los otros (cada vez menos)

Y qué ansia me da ir a recorrer la zona que marcó mi vida adulta: el área peatonal y la galería comercial donde estaba la vieja LV3 (San Martin, 70 con salida a 25 de Mayo).

Me surge la evocación de cuando la visitaba todos los años. Tal vez un amigo de los de antes me diga: ''Hola Doctor! ¡Por fin de vuelta!”. Ahí, uno alcanzaba un "estado de gracia" que sólo duraba diez días, pues los otros veinte me transformaba en un "cuerpo extraño", cuando había dejado de ser la "novedad" de "hijo pródigo que vuelve", o un "jactancioso" que es lo que lo consideraban los colegas que lo rechazaban con indirectas y soterrada envidia. No faltaba algún filibustero de abordaje callejero o turista de la amistad que se arrimaba, “¿Otra vez por acá? ¿Hasta cuándo te quedás?” (le importa una mierda al tipo hasta cuándo uno se queda). Y luego de la “promesa” del asadito, el clásico “Ya nos vemos”, que equivalía a decir, por tanto, que no se verían o que no querían verse.

En el área peatonal siempre habrá gente con aires de fingida suficiencia que se detiene ante un grupo de amigos con apariencia de no escuchar, y siguen luego caminando como si los apremiara una obligación ineludible. La premura de mirada oblicua de los que pidieron dinero prestado al ver pasar al que se lo dio.

Y también pasan algunas exhibicionistas mujeres, con pantalones tan exageradamente ajustados al culo que daba pena pensar en el destino de algún pedo en encerrona claustrofóbica. Un lustrín les orla el ego de un falso señorío a un atorrante “postrado” a sus pies, dándole el brillo que sólo puede tener en los zapatos. Comerciantes cansinos de mirada absorta que ya no tienen ganas de vender

nada porque no hay a quien venderle. El “¡Café, caféééé… Café, caféééé.. Calientito café…!“ o el “¡Presto Barba, Presto Barba!” surgen a menudo desde cualquier punto del área peatonal.

Pobre área peatonal, espejo de la crisis cuya escenografía ha ido perdiendo esplendor y más parece un ambiente sacado de un documental de las calles de Quito o de Lima. Aún recuerdo las peñas folklóricas de los hermanos Ríofrio en la Galería San Martín a donde acudíamos a eso de las doce de la noche, después de entonarnos con un par de whiskys en el bar TV del turco Carlos (abajo de la radio) o las más imprevistas del Negro Ricardo Sandoval, en cualquier parte del centro... Los cieguitos musiqueros, con viola y bandoneón, parecen ser los únicos que se percataron de que existió Ciriaco Ortiz y el elegante Jardín Florido. Y de repente se te puede aparecer el antepenúltimo loco de esa zona, Hugo de Jesús Rodríguez, en cuya mirada se advierte la disparatada lucidez de lo que queremos sentir y no nos atrevemos a hacer: anunciar con voz de megáfono la salida del próximo ómnibus, cantar con la locura más cuerda, recorrer los rincones donde pedir una moneda o un cigarrillo, decir cosas que nos hacen reír pero que él sabe nos hacen pensar. Hasta que un día, antes de la pandemia, se fue volando...

Nadie supo donde... se esfumó con su traje color beige...

La insignia argentina en la solapa

Las manos enlazadas detrás y echando una profunda bocanada...

¡Patriota de la calle! que nunca conoció la maldad... se fue apagando de a poco

Como las luces del área peatonal...

Quizá porque nunca le besaron...

Y su cuerpo era más alma que grito

''Cheeeee, Enrique del Campo! Anoche te vi choreando gallinas en la casa de Darío Martel...''

''Tenga mano compañero, deme un verde que yo espero...''

''Ahora tengo una reunión

con el zurdo Rivadero''

Quién cantará los cantos a la vida, entre idas y venidas de la vieja terminal...

Que ahí comienza su historia.

''Zamba de mi esperanza'' o ''Que mala suerte tengo''

Deambulando por galerías en su repetida geografía

 

Eso sí, por cualquier cosa nos dejó su número de móvil imaginario y el nombre de la azafata que fue su novia, Adita Gamba. Y volverá en el recuerdo desde Nueva York, o La Carlota, vaya uno a saber si realmente son cuatro los días locos que vamos a vivir.

Qué galería el área peatonal para una praxis psicosociológica o alguna tesis universitaria, para satisfacer todas las curiosidades, morbos, circunstancias comparativas de la sociedad cordobesa para saber distinguir simuladores de yuppies, políticos y banqueros, todos con teléfono móvil, parlotean gritando, sobradores, ganadores, eufóricos, estridentes, como si se tiraran pedos de colores... Son aristotélicos, por la mañana dan retórica y por la tarde filosofía; camaleónicos, cambian de perfil y afinidades por unos billetes. El tono espiritual no se les conoce, pues son repugnantemente exhibicionistas. Y los ''arbolitos'' que mueren de pie, marcando el horror de nuestra moneda.

Los hebdomadarios fetichistas masocas del periodismo deportivo, en vez de apostarse junto a los autobuses y aviones de los jugadores de fútbol, para que éstos los humillen con su mala educación, sus tablets y sus mates haciéndose los distraídos, harían más bien apostarse en una esquina estratégica del área peatonal para aprender e interpretar algo de la vida... Como la del enanito ese a quien le faltaban los brazos y que siempre andaba descalzo, frente a la iglesia de la Merced, cuidando motos sin nadie que le socorriera... Los que no lo vieron andaban con los pasos perdidos...

También en el área peatonal, uno corre el riesgo de toparse con un comunista disfrazado de socialista (por la vergüenza de decirlo por los crímenes de Stalin y colegas chinos, vietnamitas, sudamericanos etc.) y ya se sabe... todo lo que no sea comunista es fascista para ellos... en fin. ¡Gente graaande!

Tengo miedo de no encontrar a nadie si volviera... vamos cayendo uno a uno. Ni el diariero del kiosco de 9 de Julio y 25 de Mayo me volverá a preguntar: ''Cuándo volvés, Negro?''. Ya se dan cuenta que estoy en el último round...

No estoy anhelante de deseos, pues es breve lo que me queda. Me aburre la gente, cosa que es un gran alivio, porque es uno en realidad el que comienza a aburrir a los demás. Voy embalado en busca del mármol incontrastable en tanática y postrera vida. Deprisa, deprisa; soy como Juan Talumba: de la concha voy derecho a la tumba. Los sepelios van siendo más frecuentes que los asados y las reuniones de amigos.

Hace rato que he pasado el ecuador biológico: voy por los ochenta y tangos. Debo tener las 3/4 partes del sarcófago preparadas. Me parece que ya debe estar a la altura del esternón.

En poco tiempo más, me faltará sólo la parte que cubre la cabezota; por eso debe ser que las pasiones arrancan en las partes inferiores para terminar en la testa. Voy en pos de los 120. A esa edad poco tiene uno que aprender, más bien aprehender, y mucho más desaprender lastres pasados con olvidos conscientes.

Se te arruga el alma y la piel se te hace dura (¡ojalá esto no fuera excluyente de otras durezas!), pero hay que tratar de ser como el elefante, que a pesar de su epidermis de cemento es capaz de deslizar la suavidad de una caricia con la trompa por muchos años. La mayor parte de nuestra información mental es inconsciente o queda archivada en el subconsciente.

En consecuencia, de poco nos apercibimos, y como el sueño ocupa un tercio en la vida del hombre no me queda prácticamente un carajo, soy un “muerto con permiso” (en vez del D.N.I. llevo la lápida). Jodido es cuando la muerte te sorprende viviendo y escribiendo para El Diario Córdoba.

Hasta espero la muerte con cierta felicidad y sin miedo, porque es el descanso eterno, y a mi me encanta dormir. Y los amigos, pocos, se deprimirán bastante, no por mi muerte, sino porque están en la lista de espera y serán los que me sigan. Los relojes seguirán marchando increíblemente y una rantifusa descubrirá un secreto muy mío en el oído de otro amante.

Quiero envejecer con dignidad; es decir: no como un viejo pelotudo, ascético, triste moribundo de claustro que riega el jardín, mata cucarachas con la zapatilla y chochea con sus nietos que no le dan bola en esta época. Ni integrarme en grupos botánicos de esos que desafían el tiempo, sentados como espantajos en los bancos de las plazas. No, ni en pedo. No transijo con los viejos liofilizados, transgénicos y biodegradables, ni le pondré Viagra al asunto. Y siempre conservaré la necesidad de salir en busca de la "casualidad", porque a pesar de la carne más o menos cansada... ¡cuidado conmigo! Tengo aún buen tono muscular: el vino me realza la euforia y las endorfinas, y más que nada me sube la tasa de leche gonadal. En el amor, las cotizaciones de bolsa, el fútbol y los aviones se da un inexorable principio erótico: todo lo que sube, baja (la gravedad no perdona); pero de repente se levanta otra vez... (menos los sueldos) Aunque soy consciente, y es lamentable comprobar, que ya no se pueden compensar diez kilos de músculos excitables con mil de sabiduría. Lo que sí: tengo rinconcitos para guardar en el cuarto trastero del alma efectos muertos, cosas que no volverán a ser, que se van acumulando. Y duelen, porque el alma también tiene machucones. Se te endurece el pericardio y si no me ducho seguido me sale una bufanda de ''afrecho'' en el nabo.

Me han dicho que se han extinguido los piropeadores, como ocurrió con la ridícula campaña anti piropos de la Junta de Andalucía y el único piropo que queda (casi siempre de mal gusto) es el de andamio. Como una amiga mía (la Érika) de mucha empaque y bastante fea, que, al pasar junto a una obra, habitada por albañiles, fue piropeada por éstos que le dijeron: ''Guapa!'' Jamás se lo había dicho los piropeadores de acera o esquina, le hizo tanta ilusión que dio la vuelta a la manzana y repitió el deambular por la obra, y de nuevo resonó el ''Guapa!'; y pasó por tercera vez, pero el piropo cambió; y le gritaron: ''Pesada!'' Y refugió su tristeza en su hogar de barrio Rosedal.

En España ya son una vulgaridad, rayando en la ordinariez: ''Estás como tren!'', ‘’Tía buena!’’

Cada vez están más globalizadas las feministas tóxicas con su nefasta influencia, tratando de convertir todo lo masculino en menosculino; y asociando criminalidad a masculinidad. Tratando la convivencia entre sexos como si fuese una guerra. Hay que demonizar lo masculino para idealizar el virtuosismo de lo femenino. Hasta pienso que ahora para acostarse con una señorita o una señora, lo que hay que hacer primero es ir a un escribano que firme que se acuesta contigo para que no diga que la has violado. Mejor pegarse una ducha fría o hacerse una paja.

Claro que hay hombres que descargan toda su artillería grosera como los que escuché en el área peatonal. Cosas indecorosas, rayando lo delictivo, como decir: ''“Ché nena, te pondría una naranja en la boca y te chuparía el culo hasta que te salga Fanta”.

O este: ''Amor es eso que en tu boca crece y se dilata... lo demás es pura lata''

O el piropeador susurrante de bisbiceo que sería un acoso de manada o jauría de violadores: ''Te amo... te 'amo culia' entre todos".

Pero también hay hermosos piropos, lanzados con toda la galanura de la prosapia netamente cordobesa: ''Nena, a vos no te han parido, te han dibujado''. O al encontrarse con una vieja amiga ''Hola, Lolita, así que te has casado?! Serás la señora de siempre... pero la novia por conquistar''

O este otro: ''Para tu cumpleaños te regalaré una torta con tu nombre bañado en chocolate y comeré las letras, una por una en tu homenaje''.

Y una de mi colección. Lo que le dije a una monja muy jovencita que era madre superiora, Sor María Luisa González. Le dije: ''Hermana, no le puedo decir lo bonita que es usted porque tengo un gran rival, muy peligroso para mí...'' Respondiéndome en broma me dijo: ''Se puede saber de quien se trata?'' Y nos cagamos de la risa.

Ya no están por desgracia los Cyranos de Bergerac ni los Don Juanes Tenorios, porque las ignorantes de las feministas tóxicas nunca se enteraron de los autores, Edmond Rostand y José Zorrilla; si hubieran leído un poco, tendrían otro concepto de lo que es vejación machista o el quilombo mental que tienen entre la libertad de pensamiento, de palabra y la presunción de proxenetismo.

Pobre área peatonal... telaraña de paquetas galerías comerciales; como no se vende nada, sus vidrieras sólo sirven para que se miren las mujeres y comprueben si están bien arregladas, indicio de que se las prepara para vivir de cara a la galería y no a la realidad. Los espejos de estas tiendas de lujo con luces atenuadas, igual que las ventanillas de los ómnibus, devuelven una imagen más joven que los colocados en ambientes de luces blancas en baños y oficinas, que ésos no se apiadan de los estragos de la edad. Los días que están a tope de gente son los de lluvia. ¡No hace falta el efecto del calentamiento global!, pues en Córdoba caen tres gotas y se inunda a rebosar todo el centro, produciéndose verdaderas riadas donde nadan hasta soretes padres. Éstas no se producen siempre por las crecidas fluviales, sino porque el país se hunde.

Yo me voy, también hundido, quizás sea la última vez que te vea, querida área peatonal.  No sé qué alfajores llevar, si Chamás o La Cumbre. De Mar del Plata, no, no: son muy dulces. ¿O chocolate en rama Bonafide? No, todo eso se caga, mejor algo que perdure... ¿Un mapa de la Argentina grabado en cuero? Les hará olor. ¿Un par de boleadoras? Muy pesadas.

Lo más indicado, un mate, listo. De plata no, que es muy caro; para usar, de porongo sólo, livianito y barato... ¿Dónde ubico los libros que compré? ¡Cómo pesan! Es como transportar cultura en forma de ladrillos. Total, ¿para qué?… Para construir volátiles estructuras de ideas, porque no hay tiempo para leer. Todavía tengo libros de diez años atrás sin abrir cubriéndose de polvo en los estantes.

Y un recuerdo para Jardín Florido aquel tano, que por sus piropos fue el iniciador del homenaje a las mujeres en el área peatonal. Y quiero destacar en esta versión de Los del Suquía, por que más allá de todo, ¡¡VIVA CÓRDOBA!!

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