Milei y Llaryora, ¿opositores de día y socios cuando se negocia el poder?

POLÍTICA Por Jorge Levin

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JORGE LEVIN
Por Jorge Levin

RESUMEN

  • Martín Llaryora y Javier Milei tienen diferencias públicas, pero también intereses que pueden acercarlos.

  • Las versiones sobre una negociación incluyen la reforma electoral y la posibilidad de limitar la competencia libertaria en Córdoba.

  • La Casa Rosada sostiene que La Libertad Avanza quiere disputar la gobernación.

  • El gobernador cordobés necesita preservar su autonomía política y defender su proyecto provincial.

  • No hay que confundir las negociaciones y los acuerdos legislativos con una alianza electoral formal.

En política, las casualidades suelen ser bastante menos frecuentes de lo que algunos pretenden hacernos creer. Cuando dos dirigentes que se critican públicamente empiezan a explorar entendimientos, lo razonable no es escandalizarse: es preguntarse qué necesita cada uno, qué está dispuesto a negociar y dónde termina el discurso para empezar la realidad.

Martín Llaryora y Javier Milei tienen motivos para enfrentarse, pero también razones para conversar. Y Córdoba, que históricamente ha tenido un peso decisivo en las elecciones nacionales, vuelve a convertirse en una pieza central del rompecabezas de 2027.

El gobernador cordobés no es libertario. Defiende el llamado modelo cordobés, reclama recursos para la provincia y cuestiona aspectos de la política económica nacional. El 3 de octubre, durante una actividad en Adelia María, volvió a criticar al Gobierno de Milei y reclamó que el rumbo económico contemple la producción, el empleo y la infraestructura. Al mismo tiempo, marcó distancia del kirchnerismo. 

Milei, por su parte, tiene sus propios objetivos. La Libertad Avanza quiere disputar el poder provincial y no llegó hasta acá para convertirse en un simple acompañante de los gobernadores que ya están en funciones.

Entonces, ¿dónde encaja la posibilidad de un acuerdo?

En la vieja y conocida necesidad de negociar. Porque una cosa es lo que se dice ante los micrófonos y otra lo que se discute cuando están en juego los votos parlamentarios, los recursos nacionales y las candidaturas.

El negocio político de negociar

En julio, La Política Online informó sobre una negociación que contemplaría un entendimiento en torno a la eliminación de las PASO y una menor intensidad de la competencia libertaria en la elección provincial. La hipótesis sería que Llaryora aportara respaldos legislativos a cambio de un escenario menos adverso para su proyecto de continuidad. Se trata de una versión periodística sobre las conversaciones, no de un pacto electoral formal confirmado por ambas partes.

Y acá aparece el verdadero problema.

Si el gobernador necesita garantizar su continuidad, tiene lógica que explore todas las alternativas disponibles. Si Milei necesita apoyo para su reforma política, también tiene lógica que busque los votos donde pueda encontrarlos. Eso es negociación política.

Pero hay una diferencia entre alcanzar acuerdos para gobernar y construir un entendimiento que termine condicionando la competencia electoral. Lo primero puede ser necesario para el funcionamiento institucional; lo segundo exige que los ciudadanos sepan qué se está negociando y cuáles son sus consecuencias.

Porque los votos de los legisladores no son propiedad privada de los gobernadores, ni las candidaturas son fichas que puedan repartirse sin consecuencias.

Si existe un acuerdo, habrá que conocer sus términos. Si solamente hay conversaciones, habrá que llamarlas por su nombre. Y si todo termina siendo una sucesión de rumores destinados a presionar a los adversarios, también quedará en evidencia cuando llegue el momento de tomar decisiones.

Milei quiere Córdoba, pero Llaryora no quiere perder el poder

La Casa Rosada dejó señales públicas de que pretende competir por la gobernación cordobesa. El 29 de julio, La Nación informó que Diego Santilli había ratificado esa intención durante una reunión con Gabriel Bornoroni y Luis Juez. El mensaje apuntaba a despejar las especulaciones sobre una eventual retirada libertaria en favor del gobernador. 

Por eso, cualquier entendimiento tiene un límite evidente: Milei puede negociar con Llaryora, pero eso no significa que esté dispuesto a entregarle Córdoba.

Los libertarios tienen dirigentes propios, una estructura en construcción y aspiraciones electorales. Gabriel Bornoroni aparece entre las figuras centrales de ese armado, mientras Luis Juez y Rodrigo de Loredo también forman parte de las discusiones sobre cómo organizar una alternativa al oficialismo provincial. 

Del otro lado, Llaryora pretende defender el poder del peronismo cordobés y evitar que la disputa nacional termine convirtiendo la elección provincial en un plebiscito sobre Milei.

Cada uno juega su partido. Y ninguno tiene motivos para regalarle al otro aquello que considera indispensable para su futuro político.

La pregunta, entonces, es si puede existir una fórmula intermedia: entendimientos legislativos, cooperación institucional y una competencia electoral administrada para evitar enfrentamientos que perjudiquen a ambos. Es una posibilidad que circula en las versiones periodísticas, pero todavía no equivale a un acuerdo cerrado.

El factor que incomoda a todos

Hay otro elemento que no debe ignorarse. Córdoba es una provincia donde Milei tiene un espacio político propio y donde el peronismo provincial ha construido una identidad que no depende exclusivamente del justicialismo nacional.

Llaryora necesita preservar esa identidad. No puede aparecer como un dirigente que abandona sus diferencias con la Casa Rosada cada vez que se abre una negociación. Pero tampoco le conviene que cada discusión con Milei se convierta en una confrontación sin salida.

El Presidente enfrenta una contradicción similar: necesita apoyos para avanzar con sus iniciativas, pero si concede demasiado en Córdoba podría generar malestar entre los dirigentes libertarios que pretenden competir por la gobernación.

El problema de los acuerdos entre adversarios no es sentarse a conversar; es explicar después por qué se acordó lo que se acordó.

Y en ese punto habrá que observar a todos: al gobernador, al Presidente, a los legisladores y a los referentes que aspiran a disputar el poder provincial.

¿Un acuerdo o una nueva jugada de la política?

La posibilidad de un entendimiento entre Milei y Llaryora no puede descartarse, pero tampoco corresponde presentarla como un hecho consumado. Las diferencias públicas siguen existiendo y los referentes libertarios han sostenido que quieren competir por Córdoba.

Por eso, el interrogante no es solamente si pueden llegar a un acuerdo. Es si ese eventual entendimiento será institucional, legislativo o directamente electoral.

Son tres cosas diferentes y conviene no mezclarlas.

Si la negociación permite resolver cuestiones pendientes entre la Nación y la provincia, deberá evaluarse por sus resultados. Si se limita a conseguir votos para una reforma, habrá que analizar el contenido de esa reforma. Y si aparecen compromisos electorales, los ciudadanos tendrán derecho a conocerlos.

En definitiva, la política cordobesa también entró en la cuenta regresiva hacia 2027, aunque todavía falte camino por recorrer. Milei quiere fortalecer su espacio; Llaryora busca defender su continuidad. Entre ambos hay diferencias, necesidades y un margen para negociar.

Lo que falta saber es hasta dónde llegará ese diálogo.

Porque en política todos hablan de convicciones hasta que llega la hora de discutir el poder. Ahí es cuando aparecen las verdaderas prioridades, los límites y las condiciones.

Y si finalmente Milei y Llaryora terminan encontrando un punto de coincidencia, nadie debería sorprenderse demasiado. La pregunta que importará será otra: ¿qué gana Córdoba con ese acuerdo y qué tendrán que resignar quienes hoy aseguran que están enfrentados?

Esa es la discusión que merece la sociedad, mucho más que el espectáculo de las declaraciones cruzadas.

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