
Córdoba se prepara para la batalla electoral y Bornoroni va por la gobernación
CÓRDOBA Por Carlos Zimerman


RESUMEN
La Libertad Avanza apuesta a Gabriel Bornoroni para disputar la gobernación de Córdoba a Martín Llaryora.
Luis Juez acompañaría el armado opositor, aunque no sería el candidato a gobernador.
Rodrigo de Loredo es la pieza que falta, y convencerlo exigirá negociaciones y concesiones.
Los libertarios tienen especial interés en las intendencias radicales y en construir una estructura territorial competitiva.
Llaryora buscará provincializar la elección, defender el modelo Córdoba y evitar una confrontación abrupta con Javier Milei.
En Córdoba se está cocinando una batalla política que puede cambiar el mapa de poder provincial. La Libertad Avanza quiere disputar la gobernación y el nombre que aparece en el centro de esa estrategia es Gabriel Bornoroni. El objetivo es ambicioso: terminar con la continuidad del peronismo cordobés después de casi tres décadas en el poder. Pero para lograrlo no alcanza con tener un candidato, repetir las consignas de Javier Milei y esperar que los votos aparezcan por generación espontánea. Hay que construir poder territorial, cerrar acuerdos y, sobre todo, entender que en Córdoba nadie regala nada.
Bornoroni sería la cabeza de una propuesta que buscará trasladar al terreno provincial el fenómeno libertario. El desafío consiste en transformar el respaldo que Milei cosechó en Córdoba en una estructura política capaz de competir por el gobierno provincial. Y eso exige mucho más que entusiasmo: hacen falta intendentes, dirigentes locales, fiscales, organización y una alianza que pueda convivir con las diferencias internas sin explotar antes de llegar a las urnas.
La Libertad Avanza quiere la gobernación, pero también quiere territorio. Y ahí aparece uno de los puntos centrales de la negociación: las intendencias que hoy maneja el radicalismo.
Los libertarios saben que construir una estructura municipal lleva años y que no alcanza con inaugurar locales partidarios o presentar candidatos a último momento. Por eso, están dispuestos a conversar y hacer concesiones para que el radicalismo se incorpore a un frente capaz de disputar el poder al peronismo. La cuestión es hasta dónde llegarán esas concesiones y qué estarán dispuestos a entregar para conseguir el acuerdo.
Porque una cosa es hablar de unidad opositora y otra, bastante diferente, es discutir quién se queda con las candidaturas, quién conserva las intendencias y quién tendrá la última palabra cuando llegue el momento de tomar decisiones. En política, todos quieren la foto de la unidad, pero cuando aparece el reparto de lugares comienzan los dolores de cabeza.
Luis Juez jugaría un papel importante en ese esquema, aunque no necesariamente como candidato a gobernador. Su experiencia, su conocimiento del escenario cordobés y su prolongado enfrentamiento con el peronismo lo convierten en un actor relevante para cualquier armado opositor. Su eventual acompañamiento podría contribuir a reunir sectores que, durante años, compitieron entre sí.
Pero Juez no es un dirigente que pase inadvertido. Tiene identidad propia, una historia política y una base de apoyo que deberá encontrar su lugar dentro de una coalición en la que Bornoroni aparece como la apuesta libertaria para encabezar la fórmula. La pregunta será cómo se articula ese protagonismo sin generar conflictos por el liderazgo.
El otro nombre que desvela a los negociadores es Rodrigo de Loredo. Convencerlo no será una tarea sencilla. El radicalismo conserva intendencias, estructuras y dirigentes con peso en el interior provincial. Los libertarios necesitan parte de ese capital político si pretenden construir una alternativa con presencia real en toda Córdoba.
De Loredo tendrá que evaluar qué gana y qué pierde al sumarse a ese proyecto. No es lo mismo integrar una alianza en condiciones de discutir el poder que incorporarse a un espacio donde el liderazgo ya parece tener dueño. Y tampoco es sencillo explicarles a los propios radicales por qué deberían ceder posiciones territoriales a una fuerza que pretende convertirse en la principal referencia opositora.
Los libertarios quieren los votos radicales, pero también las intendencias radicales. Ese es uno de los aspectos menos románticos y más concretos de la negociación. La unidad puede presentarse como una necesidad para enfrentar al peronismo, pero detrás de cada declaración habrá discusiones por candidaturas, municipios y espacios de decisión.
Si De Loredo acepta, deberá encontrar una fórmula que le permita preservar su identidad y sostener la representación radical dentro del frente. Si no acepta, la oposición tendrá que resolver cómo competir sin una parte de esa estructura. En cualquiera de los dos escenarios, las negociaciones serán determinantes para definir la arquitectura electoral.
Mientras tanto, Martín Llaryora espera y prepara su propia estrategia. El gobernador no necesita salir a confrontar de manera abrupta con Javier Milei para defender su proyecto político. Sabe que el Presidente cuenta con un respaldo importante en Córdoba y que convertir la elección provincial en una pelea directa contra la Casa Rosada podría ser un riesgo innecesario.
Llaryora buscará provincializar la campaña. El mensaje será que los problemas de Córdoba deben resolverse en Córdoba, que la provincia tiene sus propias prioridades y que los cordobeses deben evaluar la gestión provincial con criterios distintos de los que utilizan para juzgar al Gobierno nacional.
Su apuesta será sostener una idea que el peronismo cordobés viene cultivando desde hace años: se puede ser llaryorista en Córdoba y mileísta a nivel nacional. Es decir, acompañar al Presidente en determinadas decisiones nacionales y, al mismo tiempo, respaldar al oficialismo provincial en las urnas.
No será una tarea sencilla, porque las diferencias entre ambos espacios existen y forman parte de la discusión pública. Llaryora seguirá defendiendo el llamado modelo Córdoba, reclamando autonomía y reivindicando esa idea de una República de Córdoba que despierta adhesiones en una parte importante de la sociedad provincial.
La estrategia tiene una lógica clara: evitar que los libertarios conviertan la elección en una prolongación automática de la disputa nacional y obligar a sus adversarios a discutir la gestión provincial, sus resultados y sus propuestas. El gobernador intentará que la boleta de Milei no arrastre por sí sola toda la discusión política cordobesa.
Pero tampoco puede desconocer que Bornoroni buscará justamente lo contrario: nacionalizar parte de la campaña, asociar su candidatura con el proyecto presidencial y presentar a La Libertad Avanza como la alternativa para producir un cambio político en la provincia.
Ahí estará uno de los principales enfrentamientos electorales. Bornoroni intentará capitalizar la identidad libertaria; Llaryora procurará defender la identidad cordobesa. Uno buscará conectar la elección provincial con el cambio nacional y el otro intentará demostrar que Córdoba tiene una realidad propia, con necesidades y decisiones que no pueden reducirse a la disputa entre Milei y sus adversarios.
El gobernador deberá medir cada palabra. No puede desconocer las diferencias con la Nación, pero tampoco le conviene romper puentes con un Presidente que conserva respaldo electoral en la provincia. Por eso, es probable que su discurso combine reclamos puntuales, defensa de los intereses cordobeses y una insistencia permanente en que el futuro provincial debe definirse con una mirada local.
La llamada República de Córdoba volverá a ocupar un lugar central en ese relato. Es una bandera política que reivindica la autonomía provincial y que permite al oficialismo diferenciarse de Buenos Aires sin necesidad de convertir cada desacuerdo con Milei en una confrontación abierta.
Sin embargo, habrá una pregunta que los cordobeses deberán responder cuando llegue el momento de votar: ¿alcanza con defender la identidad provincial o también habrá que evaluar los resultados concretos de la gestión? Porque la autonomía puede ser una consigna atractiva, pero no reemplaza la discusión sobre seguridad, empleo, impuestos, infraestructura, servicios y oportunidades.
Del mismo modo, los libertarios deberán demostrar que su propuesta va más allá del respaldo presidencial. Ganar una elección nacional no significa tener automáticamente resuelto el desafío de gobernar una provincia. Para eso hace falta un programa provincial, equipos preparados y acuerdos que puedan sostenerse más allá de la campaña.
El peronismo cordobés lleva casi tres décadas construyendo poder y conoce como pocos los mecanismos de la política provincial. La oposición, por su parte, tiene la posibilidad de reorganizarse, pero deberá resolver sus contradicciones antes de pedirles a los votantes que confíen en un proyecto común.
La pregunta ya no es solamente quién será candidato a gobernador. La discusión pasa por saber si La Libertad Avanza podrá reunir a los sectores que necesita sin terminar convertida en una suma de dirigentes que compiten por el mismo espacio. Y también si Llaryora logrará separar la evaluación de su gestión de la popularidad nacional de Milei.
Bornoroni, Juez y De Loredo representan tres piezas diferentes de una negociación que todavía debe demostrar su solidez. Llaryora, mientras tanto, intentará sostener el poder provincial con una estrategia que combine autonomía, identidad cordobesa y prudencia frente al Gobierno nacional.
Córdoba se encamina así hacia una disputa en la que las candidaturas serán importantes, pero no suficientes. Los acuerdos territoriales, las intendencias radicales, la capacidad de organización y la relación con Milei tendrán un peso decisivo en la construcción de cada espacio.
Al final, todos hablarán de unidad, de cambio, de autonomía y de futuro. Pero los cordobeses no votarán solamente por las palabras. También tendrán que evaluar qué propone cada sector, qué hizo cuando tuvo responsabilidades de gobierno y qué soluciones ofrece para los problemas de la provincia.
La batalla por Córdoba ya está en el horizonte. Ahora falta saber quién conseguirá ordenar sus propias filas, quién estará dispuesto a ceder para sumar y quién logrará convencer a los cordobeses de que merece conducir los destinos de una provincia que, después de casi treinta años de predominio peronista, vuelve a poner sobre la mesa la discusión por la continuidad o el cambio.







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