



Hay fotos que dicen mucho más que mil discursos. Y la foto de Daniel Passerini junto a Axel Kicillof y Julio Alak, en La Plata, es una de esas imágenes que obligan a preguntarse hacia dónde pretende caminar el peronismo cordobés.
Porque una cosa es participar de un congreso de juventudes, firmar convenios institucionales o hablar de políticas públicas. Y otra muy distinta es sentarse políticamente con quienes representan una determinada manera de entender el poder, el Estado y la política argentina.
Passerini viajó a La Plata, compartió escenario con Kicillof y aprovechó la oportunidad para cuestionar al Gobierno de Javier Milei. También habló de la necesidad de dejar atrás los límites partidarios y buscar acuerdos más amplios.
Hasta ahí, nada extraño.
El problema aparece cuando uno mira la historia reciente del peronismo cordobés y se pregunta si aquella supuesta autonomía que durante años exhibieron José Manuel de la Sota, Juan Schiaretti y ahora Martín Llaryora comienza a quedar definitivamente archivada.
Porque hay algo que parece repetirse en la política argentina: cuando el peronismo siente que pierde poder, vuelve a mirarse al espejo y termina refugiándose en el propio peronismo.
Peronismo con peronismo. Peronismo hablando con peronismo. Peronismo buscando en el pasado las respuestas para un país que está intentando discutir su futuro.
Y ahí aparece Passerini.
El cordobesismo y una foto que incomoda
Durante años, el peronismo cordobés construyó una identidad propia. No fue kirchnerismo. No fue La Cámpora. No fue el modelo político de la provincia de Buenos Aires.
Córdoba marcó diferencias.
El cordobesismo se presentó como una construcción provincial, con autonomía frente a Buenos Aires y con una relación propia con los gobiernos nacionales.
Por eso la fotografía de Passerini con Kicillof tiene una lectura inevitable.
No significa que exista una alianza electoral. Tampoco que el cordobesismo haya abandonado formalmente su identidad. De hecho, las fuentes consultadas señalan que el espacio todavía no definió públicamente una posición electoral para 2027.
Pero la señal política existe.
Y la señal es que una parte del peronismo cordobés vuelve a mirar hacia Buenos Aires.
Justamente hacia un dirigente como Kicillof, que está intentando ampliar su construcción política fuera de la provincia y que preside el Partido Justicialista bonaerense.
¿Otra vez mirar hacia atrás?
El problema no es que Passerini se reúna con Kicillof.
El problema es qué representa políticamente esa reunión.
Argentina lleva décadas discutiendo las mismas cosas. Déficit, inflación, presión impositiva, gasto público, falta de inversión, pobreza, empleo, Estado, sindicatos, universidades, subsidios y una interminable pelea entre modelos que muchas veces terminan pareciéndose demasiado entre sí.
Y cuando aparece una oportunidad para discutir algo diferente, buena parte de la dirigencia vuelve a sacar del archivo las mismas recetas.
**Otra vez el peronismo.
Otra vez la interna del peronismo.
Otra vez la unidad del peronismo.
Otra vez Buenos Aires.
Otra vez los dirigentes hablando de cómo reorganizarse para volver al poder.**
Mientras tanto, el país real sigue esperando respuestas.
Passerini también debería mirar Córdoba
Passerini es intendente de una de las ciudades más importantes de la Argentina.
Su responsabilidad principal está en Córdoba, no en la rosca política de La Plata.
Y allí debería estar buena parte de su energía: en los problemas concretos de los cordobeses, en el transporte, en la seguridad, en los servicios, en la infraestructura, en el empleo y en las demandas de una sociedad que hace tiempo viene reclamando que la política deje de mirarse el ombligo.
Sin embargo, Passerini encontró tiempo para viajar a La Plata, reunirse con Alak, compartir escenario con Kicillof y cuestionar las políticas del Gobierno nacional.
Puede hacerlo, naturalmente.
Pero también puede ser cuestionado por hacerlo.
Porque una cosa es defender los intereses de Córdoba y otra es comenzar a construir puentes políticos con el peronismo bonaerense.
Y esa diferencia no es menor.
El peronismo vuelve a encerrarse sobre sí mismo
Hay algo casi circular en esta historia.
El peronismo perdió elecciones, perdió poder, fue desplazado por nuevas expresiones políticas y, frente a esa realidad, vuelve a hacer lo que tantas veces hizo: reunirse, reorganizarse y buscar una nueva versión de sí mismo.
Cambian los nombres.
Cambian las consignas.
Cambian los escenarios.
Pero el método parece repetirse.
Ahora aparece Kicillof.
Aparece Alak.
Aparece Passerini.
Aparecen intendentes.
Aparecen congresos.
Aparecen llamados a la unidad.
Y aparece, una vez más, la palabra mágica: peronismo.
¿Es eso lo que necesita la Argentina?
¿O es precisamente una de las razones por las que durante tantos años el país quedó atrapado en discusiones que nunca terminan?
Córdoba no debería perder su identidad
Passerini tiene derecho a reunirse con quien quiera. Y el peronismo tiene derecho a reorganizarse.
Pero también existe el derecho de los ciudadanos a preguntar qué proyecto representa esa fotografía.
Porque si el cordobesismo termina siendo simplemente otra estación dentro de la reorganización del PJ nacional, entonces habrá que reconocer que aquella autonomía que durante años fue bandera de Córdoba empieza a convertirse en un recuerdo.
Y eso sería una verdadera vuelta atrás.
Argentina necesita discutir el futuro. El peronismo, en cambio, parece empeñado en discutir cómo volver al pasado.
La fotografía de Passerini con Kicillof puede ser solamente una fotografía.
O puede ser el primer capítulo de algo más grande.
Por ahora, lo único concreto es que el intendente de Córdoba eligió sentarse con uno de los principales dirigentes del peronismo bonaerense y compartir con él un escenario desde el cual ambos cuestionaron al Gobierno nacional.
El tiempo dirá si fue una reunión institucional o el comienzo de un nuevo armado.
Pero hay una pregunta que queda flotando en el aire:
¿El peronismo cordobés está buscando construir el futuro de Córdoba o simplemente está volviendo a refugiarse en el peronismo de siempre?





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