El Milei que descubrió la aritmética del poder

OPINIÓNRicardo ZIMERMANRicardo ZIMERMAN

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Por RICARDO ZIMERMAN

x: @RicGusZim1

Hay una escena que se repite con demasiada frecuencia en la política argentina. Los dirigentes llegan al poder prometiendo dinamitar las reglas del sistema y terminan aprendiendo, más temprano que tarde, que la política tiene una extraña capacidad para domesticar a quienes juran combatirla. Javier Milei no parece ser la excepción. Con dos años y medio de su mandato, el Presidente comienza a exhibir una transformación que ya no puede explicarse como un episodio aislado ni como un simple cambio de humor. Se trata de un viraje estratégico.

Quien construyó buena parte de su identidad enfrentando a "la casta" hoy administra gestos, sonrisas y fotografías con buena parte de ese mismo universo que durante años señaló como el origen de todos los males argentinos. La política, esa actividad que definía como un pantano moral, dejó de ser un enemigo para convertirse en una herramienta indispensable de supervivencia.

No es casualidad. Tampoco es un cambio ideológico. Es matemática electoral.

Cuando las encuestas acompañaban, la confrontación resultaba rentable. La provocación era un activo político. El insulto desplazaba al argumento y la descalificación ocupaba el lugar de la negociación. El Presidente podía darse el lujo de convertir cada diferencia en una batalla cultural porque el respaldo social parecía inagotable.

Pero la política tiene una costumbre incómoda: los números también votan.

Y cuando las mediciones empiezan a mostrar desgaste, los discursos suelen moderarse con una velocidad sorprendente. Los rivales dejan de ser enemigos irreconciliables para convertirse en interlocutores. Los puentes reemplazan a los lanzallamas. La estabilidad comienza a valer más que el espectáculo.

Eso es exactamente lo que empieza a observarse.

Los gobernadores, que alguna vez fueron responsabilizados por todos los bloqueos institucionales y amenazados con quedarse sin recursos, hoy vuelven a ser actores con los cuales conviene conversar. La Iglesia, que en otros momentos recibió críticas feroces, recupera un espacio de cordialidad institucional. Incluso dirigentes que representaban todo aquello que el mileísmo aseguraba combatir pasan a integrar una escenografía mucho más amigable.

No hay que confundir cortesía con reconciliación.

Lo que aparece es una necesidad política.

La administración nacional parece haber comprendido que gobernar durante cuatro años exige algo más complejo que ganar una elección. Exige construir mayorías, administrar conflictos y transmitir previsibilidad. Ninguna de esas tres condiciones puede sostenerse únicamente con la confrontación permanente.

La otra explicación está varios casilleros más adelante.

El Gobierno dejó de mirar únicamente la coyuntura para empezar a proyectarse hacia el próximo turno presidencial. La prioridad ya no consiste solamente en sostener el equilibrio económico. También necesita convencer a una parte del electorado de que existe un camino de continuidad política.

Ese mensaje requiere moderación.

Porque ningún inversor apuesta por un país donde todo depende del humor diario del Presidente. Ningún aliado se compromete con un proyecto que puede romperse por una declaración impulsiva. Y ningún votante independiente acompaña indefinidamente un clima de conflicto permanente.

La gobernabilidad también cotiza.

Existe además otro dato que inquieta dentro del oficialismo y explica buena parte de este nuevo comportamiento.

La principal amenaza ya no proviene únicamente del peronismo.

También aparece del propio universo ideológico que rodea al Presidente.

La historia argentina demuestra que los oficialismos suelen perder más votos por fragmentación que por migración hacia espacios ideológicamente opuestos. Cuando comienzan a multiplicarse dirigentes que hablan el mismo idioma político pero ofrecen liderazgos alternativos, cada punto porcentual adquiere un valor enorme.

En una elección competitiva, pequeñas fugas pueden modificar completamente el resultado.

Por eso la búsqueda de unidad interna dejó de ser un deseo para convertirse en una obligación.

El oficialismo necesita reducir cualquier posibilidad de competencia dentro de su propio espacio. Necesita evitar nuevas referencias que disputen el voto liberal o libertario. Necesita ordenar la estructura antes de que aparezcan proyectos personales capaces de erosionar el capital político construido en 2023.

La disciplina pasa entonces a ocupar un lugar central.

No resulta extraño que la producción legislativa quede cada vez más concentrada en la conducción política. El mensaje parece ser claro: las iniciativas importantes no nacen en los despachos parlamentarios sino en la mesa donde se diseña la estrategia presidencial.

Es una lógica profundamente vertical.

Paradójicamente, bastante parecida a la que el propio mileísmo cuestionó durante años cuando observaba el funcionamiento de otras administraciones.

La política vuelve a demostrar que el ejercicio del poder modifica incluso a quienes prometen no parecerse jamás a sus antecesores.

Mientras tanto, la comunicación presidencial también cambia de registro.

Las imágenes cuidadosamente preparadas, los encuentros institucionales, las demostraciones de cohesión interna y los gestos de cercanía parecen responder a una misma necesidad: reconstruir confianza.

Porque el Gobierno sabe que la economía puede mostrar mejoras importantes y, aun así, la percepción pública deteriorarse si aparecen dudas sobre la estabilidad política.

La confianza no se construye solamente con indicadores.

También necesita símbolos.

Necesita transmitir que existe un rumbo estable, un equipo consolidado y un liderazgo capaz de administrar diferencias sin convertir cada episodio en una crisis.

Allí aparece el verdadero desafío del Presidente.

No consiste únicamente en sostener el equilibrio fiscal ni en reducir la inflación.

Consiste en administrar una transición mucho más compleja: pasar de ser un dirigente antisistema a convertirse en el principal responsable de sostener el sistema institucional que antes denunciaba.

Es una transformación incómoda.

Porque obliga a convivir con actores que antes eran adversarios irreconciliables.

Obliga a negociar con quienes recibían agravios.

Obliga a aceptar que la gobernabilidad rara vez admite posiciones absolutas.

Quizás esa sea la mayor ironía del momento político.

El dirigente que construyó su identidad prometiendo destruir las viejas prácticas comienza a descubrir que el poder no se ejerce solamente desde la épica de la confrontación.

También requiere paciencia.

Requiere acuerdos.

Requiere pragmatismo.

Y, sobre todo, requiere asumir que la política, esa misma que tantas veces despreció, termina siendo el único instrumento capaz de garantizar la continuidad de cualquier proyecto de gobierno.

Tal vez allí radique la verdadera mutación que hoy atraviesa el oficialismo. No es un cambio de personalidad ni una simple estrategia comunicacional. Es el reconocimiento silencioso de una verdad tan antigua como la democracia argentina: las elecciones se pueden ganar desafiando a la política. Pero los gobiernos solo logran perdurar aprendiendo a practicarla.

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