


Por José Ademan Rodríguez
Hoy cuento esto en homenaje al romance y a la vida, no para vanagloriarme de nada. Nunca pensé que iba a hacerlo público, pero la insistencia de dos amigos entrañables —el doctor Carlos Zimerman y el gran Lagarto Guizzardi— terminó inclinando la balanza. Al final, el tiempo tiene esa virtud: lo vuelve todo recuerdo… y también piel.
La consulta comenzó como debía. Pero duró más de lo necesario. Mucho más. La cercanía inevitable del sillón, la luz blanca cayendo sobre su rostro, mi voz volviéndose más baja, la de ella más suave. Las miradas empezaron a quedarse un segundo de más. Después, dos.
El aire cambió.
El sillón odontológico dejó de ser un objeto clínico para convertirse en escenario de algo completamente distinto. No hizo falta decirlo. Se sentía. En el roce involuntario que dejaba de ser involuntario. En la respiración que ya no era regular. En la forma en que ella sostenía la mirada, sin bajar los ojos.
Todo fue avanzando con una naturalidad peligrosa, casi inevitable. Como si ambos supiéramos que ese momento no iba a repetirse y, por eso mismo, no había lugar para la duda. El mundo quedó afuera del consultorio. Solo existía ese espacio, ese silencio cargado, ese deseo que crecía sin pedir permiso.
Y ahí, en ese mismo sillón donde debía haber distancia profesional, se quebró todo protocolo. No con brusquedad, sino con una intensidad lenta, envolvente. La cercanía se volvió absoluta. La tensión, irresistible. Fue uno de esos momentos donde el cuerpo entiende antes que la razón.
Siempre hablo de Gina con respeto, pero también con una memoria que no se apaga. Porque no era solo su belleza. Era la forma en que te hacía sentir dentro de esa mirada. Lo nuestro duró unos meses, intensos, profundamente pasionales. Barcelona fue testigo. Y también Mónaco, donde el tiempo parecía detenerse mientras nosotros seguíamos en esa misma sintonía, como si nada más importara.
Después, como ocurre con las historias que nacen así, cada uno siguió su camino. Sin reproches. Con una complicidad que no necesitaba explicación. Quedamos amigos, y nunca dejamos de hablar.
Pero hubo un día distinto. El día que me llamaron para decirme que Gina había fallecido. Ese día lloré… y lloré mucho. Sin filtro, sin vergüenza. Porque en ese momento no solo se iba una mujer, sino también una parte viva de mi historia.
Y hay algo más que debo decir, con la misma honestidad con la que cuento todo esto: Gina no fue la única mujer famosa que pasó por mi vida. Hubo otras. Otras historias, otros encuentros, otras intensidades que también dejaron su huella. Algunas fueron fugaces, otras un poco más profundas, todas con ese condimento especial que tienen los vínculos que escapan a lo común.
Pero sería deshonesto ponerlas en el mismo plano. Porque, a pesar de todo lo vivido, de cada nombre y cada recuerdo, ninguna logró ocupar el lugar que dejó Gina. Había en ella algo distinto, irrepetible, una mezcla de presencia, magnetismo y conexión que no volvió a repetirse.
Las demás fueron historias. Gina, en cambio, fue historia.
Quizás algún día también las cuente.
Total… el tiempo, como dije, prescribe todo.





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