
Longevidad bajo la lupa: cuando los genes pesan más, pero no lo dicen todo
SALUD Agencia de Noticias del Interior

- La influencia genética en la esperanza de vida sería mayor que lo estimado históricamente
- El cambio se explica por la reducción de muertes por causas externas
- Excluir accidentes e infecciones eleva la estimación de heredabilidad
- La genética pesa más en algunas enfermedades que en otras
- La heredabilidad depende del contexto histórico y social
- Genes y entorno interactúan de múltiples formas en la longevidad
Durante décadas, la pregunta sobre cuánto influyen los genes en la duración de la vida pareció tener una respuesta relativamente estable. La genética, sostenían numerosos estudios, explicaba apenas entre un 20% y un 25% de las diferencias en la esperanza de vida entre las personas, mientras que el resto dependía del entorno, el estilo de vida y las condiciones sociales. Sin embargo, nuevas investigaciones están obligando a revisar esa certeza y a matizar una discusión que, lejos de cerrarse, gana complejidad.
Un estudio reciente propone que la contribución genética a la longevidad sería considerablemente mayor de lo que se pensaba. La clave del replanteo no está en un cambio en el ADN humano, sino en una transformación profunda del contexto en el que las personas viven y mueren. A lo largo del último siglo, las causas de muerte se modificaron de manera radical, y ese giro tiene efectos directos sobre cómo se mide el peso relativo de los genes.
En el pasado, una proporción significativa de la población fallecía por causas externas: infecciones, accidentes, condiciones sanitarias precarias o falta de acceso a alimentos. En ese escenario, el entorno dominaba la escena y diluía la influencia genética. Hoy, al menos en las sociedades más desarrolladas, esas amenazas se redujeron de forma notable. Las muertes se concentran cada vez más en causas intrínsecas, asociadas al envejecimiento y a enfermedades crónicas como las cardiopatías o la demencia.
Para aislar ese efecto, los investigadores analizaron grandes grupos de gemelos escandinavos y estadounidenses, incluyendo hermanos de personas centenarias y gemelos criados por separado. Al excluir cuidadosamente las muertes por causas externas, la estimación de la influencia genética aumentó de manera abrupta: pasó del rango histórico del 20-25% a valores cercanos al 50-55%. El resultado no implica que los genes se hayan vuelto más determinantes, sino que el “ruido” ambiental se redujo.
El patrón se vuelve aún más claro cuando se observan enfermedades específicas. La genética explica una parte sustancial del riesgo de padecer demencia, tiene un peso intermedio en las enfermedades cardiovasculares y resulta mucho menos decisiva en el cáncer, donde intervienen múltiples factores ambientales y procesos biológicos aleatorios. A medida que los entornos se vuelven más favorables, el componente genético emerge con mayor nitidez.
Un ejemplo clásico ayuda a entender esta lógica: la estatura. Hace cien años, la altura dependía en gran medida de la nutrición y de las enfermedades durante la infancia. Hoy, en contextos donde casi todos acceden a una alimentación adecuada, las diferencias restantes se explican en gran parte por la genética. No porque la nutrición haya dejado de importar, sino porque la mayoría alcanza su potencial genético. El mismo razonamiento se aplica a la esperanza de vida.
Este enfoque permite comprender que la llamada “heredabilidad” no es una constante biológica inmutable, sino una medida que depende de la población y de las circunstancias históricas. Las estimaciones previas no eran erróneas: describían un mundo con mayores riesgos externos. Las actuales reflejan sociedades donde esos riesgos se redujeron, dando lugar a un escenario distinto.
El riesgo, advierten los especialistas, es interpretar de forma simplista la cifra del “50% heredable”, como si los genes determinaran la mitad del destino vital de cada individuo. En realidad, la influencia genética puede variar enormemente según las condiciones de vida. Hay personas con perfiles genéticos resistentes que sobreviven incluso en contextos adversos, y otras que compensan una genética menos favorable con hábitos saludables y buena atención médica.
La conclusión es menos determinista y más integradora: existen múltiples caminos hacia una vida larga, y ninguno depende exclusivamente de un solo factor. Los propios autores reconocen que alrededor de la mitad de la variación en la esperanza de vida sigue estando asociada al entorno, al estilo de vida y al azar biológico. Entender cómo interactúan genes y ambiente aparece, así, como el verdadero desafío para explicar la longevidad humana.



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