
Más allá de los cinco sentidos: la ciencia replantea cómo percibimos el mundo
CIENCIA Agencia de Noticias del Interior

- La idea tradicional de los cinco sentidos está siendo revisada por la ciencia.
- Investigaciones sugieren que los humanos podrían tener entre 22 y 33 sentidos.
- Muchos sentidos cotidianos no fueron clasificados como tales durante siglos.
- El tacto y el gusto son combinaciones de múltiples percepciones distintas.
- La propiocepción y la interocepción amplían el concepto clásico de percepción.
- Nuevas hipótesis exploran la comunicación entre el intestino y el cerebro.
Durante siglos, la idea de que los seres humanos contamos con cinco sentidos —vista, oído, olfato, gusto y tacto— funcionó como una verdad casi indiscutida. Esa clasificación, heredada de la filosofía clásica, moldeó la forma en que entendemos nuestra relación con el entorno. Sin embargo, avances recientes en neurociencia y filosofía de la percepción están cuestionando ese esquema y abriendo la puerta a una concepción mucho más amplia y compleja: la posibilidad de que tengamos decenas de sentidos en funcionamiento permanente.
La hipótesis no surge de una provocación teórica aislada, sino de un cúmulo de investigaciones que revisan cómo el cuerpo y el cerebro procesan la información. Algunos especialistas sostienen que los humanos podrían contar con entre 22 y 33 sentidos distintos. No se trataría de capacidades extraordinarias o desconocidas, sino de funciones cotidianas que utilizamos a diario sin identificarlas como sentidos en sí mismos.
La clave de este replanteo está en entender que la experiencia humana es esencialmente multisensorial. Percibir el mundo no implica activar un solo canal de información, sino la interacción constante de múltiples sistemas. Bajo esta mirada, los cinco sentidos tradicionales no desaparecen, pero dejan de ser unidades simples y pasan a considerarse combinaciones de procesos más específicos.
Un ejemplo claro es el tacto. Lejos de ser una sola capacidad, integra distintas percepciones como el dolor, la presión, la temperatura o el picor. Cada una de estas sensaciones responde a mecanismos biológicos diferentes, aunque el cerebro las agrupe bajo una misma etiqueta. Algo similar ocurre con el gusto: al saborear un alimento, intervienen no solo las papilas gustativas, sino también el olfato y estímulos táctiles dentro de la boca.
Entre los sentidos que amplían el repertorio humano aparece la propiocepción, la capacidad que nos permite saber dónde están nuestras extremidades sin necesidad de mirarlas. Gracias a ella, podemos movernos con coordinación, mantener el equilibrio o caminar en la oscuridad. Este sentido opera en estrecha relación con la vista y el oído, pero cumple una función propia e indispensable.
Otro caso es la interocepción, que refiere a la percepción del estado interno del cuerpo. Sensaciones como el hambre, la sed, la fatiga o los cambios en el ritmo cardíaco forman parte de este sistema. Aunque suelen pasar desapercibidas, resultan fundamentales para la supervivencia y la regulación del organismo.
Las investigaciones también sugieren la existencia de sentidos aún más sutiles. Uno de los más llamativos es el denominado “neurobiótico”, una capacidad hipotética que permitiría al cerebro detectar señales provenientes de microorganismos que habitan en el cuerpo, especialmente en el sistema digestivo. Experimentos con animales mostraron que el intestino puede enviar información al cerebro para influir en conductas como el apetito, reforzando la idea de que este órgano cumple un rol mucho más activo del que se pensaba.
Este enfoque contribuye a resignificar expresiones populares, como aquella que describe al estómago como un “segundo cerebro”. Más allá de la metáfora, la ciencia comienza a respaldar la noción de que existen circuitos de comunicación complejos entre distintas partes del cuerpo y el sistema nervioso central.
El debate sobre cuántos sentidos tenemos no es solo una cuestión académica. También invita a repensar cómo aprendemos, cómo nos relacionamos con el entorno y cómo entendemos la experiencia humana. Al ampliar el mapa de la percepción, la ciencia propone dejar atrás una mirada simplificada y reconocer que el cuerpo humano es una red sensorial mucho más rica y sofisticada de lo que se creyó durante siglos.


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