
Impulsos eléctricos y memoria: hasta dónde puede llegar la tecnología para potenciar el cerebro
CIENCIA Agencia de Noticias del Interior

- La estimulación cerebral profunda se usa para tratar enfermedades neurológicas como el Parkinson.
- Funciona mediante impulsos eléctricos que regulan la actividad de zonas específicas del cerebro.
- Algunos pacientes muestran cambios cognitivos además de mejoras motoras.
- Existen técnicas menos invasivas en estudio para potenciar memoria y concentración.
- Los expertos advierten sobre riesgos y efectos impredecibles en cerebros sanos.
- El uso de estas tecnologías fuera del ámbito médico aún genera debate científico y ético.
Recordar una larga lista de compras, los nombres de los invitados a una reunión clave o una agenda cargada de compromisos es un desafío cotidiano. Para mejorar estas habilidades, desde hace décadas se utilizan técnicas de entrenamiento mental, conocidas como métodos “software”, que buscan optimizar la memoria y la concentración a través de ejercicios cognitivos. Sin embargo, el avance de la neurociencia abrió una pregunta mucho más ambiciosa: ¿es posible mejorar el funcionamiento del cerebro mediante dispositivos que actúen directamente sobre su actividad eléctrica?
La idea de usar “hardware” para potenciar la mente no es nueva, pero hasta ahora estuvo principalmente asociada al tratamiento de enfermedades neurológicas. La tecnología más emblemática en este campo es la estimulación cerebral profunda (ECP), una técnica que consiste en implantar electrodos en zonas específicas del cerebro para regular su actividad mediante impulsos eléctricos controlados.
Este procedimiento, que suele compararse con un “marcapasos para el cerebro”, se utiliza desde hace años para tratar trastornos del movimiento, en especial la enfermedad de Parkinson. En estos pacientes, la ECP permite aliviar síntomas como temblores, rigidez muscular y lentitud motora cuando la medicación deja de ser efectiva.
La profesora Francesca Morgante, neuróloga de la Universidad City St George’s de Londres, ha seguido de cerca el impacto de esta tecnología en sus pacientes. Según explicó, la estimulación cerebral profunda se considera cuando los fármacos ya no logran controlar los síntomas. En el Parkinson, las células que producen dopamina —un neurotransmisor clave para el control del movimiento— se degeneran progresivamente, y la ECP ayuda a regular los circuitos cerebrales afectados.
Pero el alcance de esta tecnología va más allá del control motor. Investigaciones recientes comenzaron a observar efectos colaterales sobre funciones cognitivas como la memoria, la atención y la toma de decisiones. En algunos casos, los pacientes reportaron mejoras en la claridad mental o en la capacidad de concentración; en otros, aparecieron cambios en el estado de ánimo o en la forma de procesar la información.
Estos hallazgos despertaron el interés de los científicos por explorar si técnicas de estimulación cerebral, menos invasivas que la ECP, podrían utilizarse en personas sanas para potenciar capacidades mentales. Métodos como la estimulación transcraneal por corriente directa (tDCS) o la estimulación magnética transcraneal (TMS) ya se estudian en contextos experimentales y no requieren cirugía.
La promesa es tentadora: mejorar la memoria, acelerar el aprendizaje o aumentar la capacidad de concentración con la ayuda de impulsos eléctricos cuidadosamente dosificados. Sin embargo, los especialistas advierten que el cerebro es un sistema extremadamente complejo y que intervenirlo sin una indicación médica clara conlleva riesgos. La misma estimulación que puede beneficiar una función podría alterar otra de manera impredecible.
Además, existen interrogantes éticos de peso. ¿Hasta qué punto es aceptable “mejorar” un cerebro sano con tecnología? ¿Quién define los límites entre tratamiento y potenciación? ¿Podría generarse una brecha entre quienes acceden a estas herramientas y quienes no?
Por ahora, el consenso científico es prudente. La estimulación cerebral profunda sigue siendo una herramienta terapéutica valiosa para pacientes con patologías neurológicas específicas, mientras que su uso para mejorar la memoria o el rendimiento cognitivo en personas sanas permanece en fase experimental. Los expertos coinciden en que aún falta evidencia sólida para garantizar su seguridad y eficacia a largo plazo fuera del ámbito clínico.
La posibilidad de potenciar el cerebro mediante tecnología ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción, pero su aplicación masiva todavía está lejos. Entre el entusiasmo por los avances y la cautela médica, la neurociencia avanza paso a paso, intentando responder una de las preguntas más fascinantes de nuestro tiempo: hasta dónde se puede mejorar la mente humana sin perder el equilibrio.







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