Un año pre electoral complicado

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El año 2026 se presenta como un periodo crucial para el oficialismo provincial, que se encuentra en plena reconfiguración. Martín Llaryora, al mando de esta transformación, no solo busca renovar su gabinete en pos de reconquistar al electorado, especialmente en la capital, sino que también se aferra a la fase final de la sucesión. Esta situación se complica por las huellas que el schiarettismo ha dejado en los ministerios tras su llegada al Centro Cívico.
Por otro lado, desde la oposición se proclama un “final de ciclo”, aunque sus argumentos carecen de la claridad necesaria. No hay una dirección evidente ni un plan claro que articule una unidad opositora, más allá de buenas intenciones de cambio. Esta falta de claridad genera dudas que merecen ser expuestas y debatidas.
Durante la última década, el peronismo cordobés ha cultivado dos estrategias clave en su relación con el poder central. Por un lado, ha alambrado el territorio provincial, generando empatía con la clase media a través de una retórica antikirchnerista. Por otro, ha mantenido un diálogo favorable con el Gobierno Nacional, buscando evitar que se consolide una oposición sólida al proyecto del PJ. Sin embargo, la irrupción de Javier Milei en la presidencia ha desdibujado el contexto en el que estas tácticas funcionaban. 
El kirchnerismo, que alguna vez mostró signos de fortaleza, hoy parece desvanecerse. La incapacidad de Cristina Fernández de Kirchner para participar de la contienda electoral, sumada a la fragmentación del espectro peronista, ha dejado al peronismo cordobés en una posición precaria. La clase media, que antes se alineaba con un discurso antikirchnerista basado en la gestión, ahora muestra un interés decreciente en esa narrativa, y parece estar mirando hacia alternativas más libertarias. Esto deja a la gestión como el único recurso viable en un contexto de estrictas limitaciones económicas.
Por su parte, los libertarios en Córdoba constituyen un enigma para el peronismo. La falta de una relación sólida con este sector plantea un desafío formidable. Aunque la llegada de Diego Santilli al ministerio del Interior pudo haber dado esperanzas, la realidad es que hasta el momento los avances son escasos. La dinámica actual es predominantemente transaccional, caracterizada por la negociación de votos y acuerdos temporales que no profundizan en una verdadera alianza política.
En este escenario, los libertarios parecen tener una estrategia clara y ambiciosa, con al menos tres candidatos ya lanzados. Rodrigo de Loredo se presenta abiertamente, mientras que Luis Juez y Gabriel Bornoroni maniobran cuidadosamente para conservar una alianza entre el Frente Cívico y La Libertad Avanza sin comprometerla prematuramente. Sin embargo, los libertarios también son conscientes de las complicaciones que plantea la Casa Rosada, que parece interesada en los distritos de la zona núcleo, aumentando la competencia en el terreno.
Las elecciones provinciales se aproximan, y es probable que se realicen mucho antes de las elecciones nacionales. Esto plantea la pregunta: ¿qué puede ofrecer Balcarce 50 a los competidores de Bornoroni? Un acuerdo de pago a futuro requiere confianza, un elemento escaso entre los actores de la oposición cordobesa, especialmente con De Loredo en la mezcla.
Para que la oposición logre un cambio real en Córdoba, no basta solo con prometer un cambio de época. También es evidente que el oficialismo debe hallar una nueva forma de conectar con un electorado que ha cambiado significativamente en sus expectativas y necesidades. La clave radica en la capacidad de ambos sectores para adaptarse a un panorama electoral que, sin duda, será desafiante.

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