Tres quieren el sillón y Llaryora se frota las manos

CÓRDOBA Por Carlos Zimerman

hoy

RESUMEN

  • Luis Juez aparece como el opositor mejor posicionado en una de las últimas mediciones provinciales.
  • Rodrigo de Loredo y Gabriel Bornoroni mantienen sus aspiraciones para la gobernación.
  • La división del voto opositor puede terminar favoreciendo al oficialismo de Martín Llaryora.
  • Las diferencias entre los tres dirigentes no son solamente políticas: también hay proyectos personales y distintas estrategias electorales.
  • La pregunta queda planteada: ¿será ex profeso que algunos terminan haciéndole el juego a Llaryora?

La política cordobesa tiene esas paradojas que solamente la política cordobesa puede ofrecer. Tres dirigentes que dicen querer construir una alternativa al peronismo provincial están cada vez más concentrados en demostrar que cada uno de ellos es quien debe encabezar esa alternativa. Y mientras Luis Juez, Rodrigo de Loredo y Gabriel Bornoroni se disputan el mismo espacio, hay alguien que puede observar la escena con una tranquilidad bastante particular: Martín Llaryora.

Porque la cuenta, aunque algunos pretendan complicarla con discursos, equipos, estructuras y ambiciones personales, es bastante sencilla. Si la oposición llega dividida a una elección en la que pretende desplazar al oficialismo, el primer beneficiado será justamente el oficialismo. Y en Córdoba, después de tantos años de predominio peronista, eso no es un dato menor.

Hay otro elemento que tampoco debería esconderse debajo de la alfombra. Luis Juez aparece hoy como el dirigente opositor mejor ubicado en algunas de las mediciones recientes, aunque las encuestas no muestran todas el mismo escenario. Una medición realizada en septiembre por Carlos Sicchar, sobre 1.000 casos en toda la provincia, ubicó a Juez con 16,1% de intención de voto, seguido por Gabriel Bornoroni con 8,2% y Rodrigo de Loredo con 7,9%. En ese mismo escenario, Llaryora alcanzó 33,9%.

El dato merece ser mirado con atención porque no estamos hablando de una diferencia insignificante. Juez prácticamente duplica a Bornoroni y De Loredo en esa medición cuando se observa el escenario opositor. Eso no significa que la elección esté definida, ni mucho menos. Falta tiempo, pueden cambiar los candidatos, pueden aparecer alianzas y las preferencias electorales pueden modificarse. De hecho, otra medición reciente presentó un escenario diferente, con De Loredo por delante de Juez y Bornoroni. Pero justamente por eso la discusión debería ser más seria y menos personalista: si hay distintos números, hay que analizarlos; no actuar como si las encuestas no existieran cuando no convienen.

Y aquí aparece el verdadero problema.

¿Qué mueve a cada uno?

Porque nadie llega a una candidatura a gobernador solamente por altruismo. La política tiene proyectos, convicciones, estructuras, equipos, pero también tiene ambiciones personales. Y sería ingenuo pensar que esas ambiciones no están jugando fuerte en Córdoba.

De Loredo quiere ser gobernador. Bornoroni quiere ser gobernador. Juez quiere ser gobernador. Los tres tienen derecho a pretenderlo. El problema es que la provincia tiene una sola gobernación y, si los tres llegan a la elección general separados, lo que podría presentarse como una saludable competencia interna puede transformarse en una fragmentación electoral que termine beneficiando al adversario.

Y ahí es donde la figura de Llaryora aparece inevitablemente en el centro de la escena.

Porque mientras los opositores discuten quién tiene más estructura, quién representa mejor al electorado antiperonista, quién tiene más posibilidades y quién debería encabezar una eventual alianza, el gobernador no necesita resolverles la interna. Cuanto más tiempo permanezcan enfrentados, menos esfuerzo tendrá que hacer el oficialismo para defender su territorio.

Es casi una situación ideal.

Que se peleen los otros.

Que cada uno tenga su candidato.

Que cada sector reclame para sí el liderazgo.

Que los dirigentes se midan entre ellos.

Y después, cuando llegue el momento de contar los votos, que nadie se pregunte por qué la oposición volvió a presentarse partida.

Porque Córdoba ya tiene antecedentes de sobra de lo que significa llegar dividido a una elección. Y si algo debería haber aprendido la dirigencia opositora es que una cosa es tener diferencias y otra muy distinta es convertir esas diferencias en una guerra interna permanente.

En este escenario, Rodrigo de Loredo juega una carta especialmente delicada. Su lanzamiento como candidato a gobernador deja en claro que no piensa resignar protagonismo ni aceptar fácilmente un papel secundario. Tiene estructura radical, dirigentes propios y una base electoral que le permite disputar el liderazgo opositor. Pero también debe afrontar una realidad: su candidatura no existe en el vacío. Existe junto a Juez y junto a Bornoroni.

Y lo mismo ocurre con Bornoroni.

El dirigente libertario tiene detrás el peso de La Libertad Avanza y el respaldo político que conserva Javier Milei en Córdoba. Su apuesta consiste en transformar ese capital nacional en una candidatura provincial competitiva. Es una estrategia legítima. Pero nuevamente aparece la misma pregunta: ¿qué sucede si esa candidatura termina restando votos al candidato opositor que mejor esté posicionado para enfrentar al peronismo?

No es una pregunta menor.

Y tampoco alcanza con responder que todos tienen derecho a competir. Por supuesto que lo tienen. Pero cuando se pretende construir una alternativa de poder, el derecho individual a ser candidato debe convivir con una discusión mucho más amplia sobre la estrategia colectiva.

Ahí es donde Luis Juez aparece como una variable que no puede ser ignorada.

Juez tiene una larga historia electoral en Córdoba, conoce el territorio, ha enfrentado durante años al peronismo y continúa apareciendo competitivo en las mediciones. Puede gustar más o menos. Puede generar adhesiones o rechazos. Pero si los números lo ubican entre los dirigentes opositores con mayor intención de voto, ese dato debería formar parte de cualquier negociación política seria.

No se trata de coronarlo anticipadamente ni de decir que una encuesta determina una candidatura. No la determina. Pero tampoco parece razonable que una dirigencia que pretende ganar una elección ignore quién está mejor ubicado en las mediciones disponibles.

Porque si la política se transforma en una competencia de egos, el problema ya no es solamente quién será candidato.

El problema es quién termina pagando el costo de esa pelea.

Y ese costo puede pagarlo toda la oposición.

Mientras tanto, Llaryora sigue haciendo lo que cualquier oficialismo haría en una situación semejante: esperar que sus adversarios se equivoquen solos. No necesita que Juez ataque a De Loredo, que De Loredo cuestione a Bornoroni o que Bornoroni se diferencie de Juez. Con que cada uno siga construyendo su propia candidatura y todos lleguen a la misma elección separados, alcanza.

Por eso resulta inevitable formular la pregunta que probablemente nadie quiera contestar públicamente.

¿De Loredo y Bornoroni están jugando para ellos mismos o están pensando en el objetivo general de la oposición?

Y todavía hay una pregunta más incómoda.

¿Le están haciendo el juego a Llaryora?

Puede ser simplemente consecuencia de sus propias estrategias, de sus ambiciones y de la convicción de que cada uno está en condiciones de ganar. También puede ser que todavía no exista una fórmula capaz de contener a todos. Lo que no puede afirmarse, sin pruebas, es que exista una decisión deliberada de favorecer al gobernador.

Pero desde afuera, el resultado potencial de la fragmentación es evidente: mientras tres dirigentes opositores se disputan la candidatura, Llaryora tiene un problema menos.

Y entonces aparece la pregunta que le pone un poco de pimienta a esta historia.

¿Será ex profeso?

¿Será que alguno está pensando más en su candidatura que en la posibilidad de construir una alternativa? ¿Será que el ego pesa más que la estrategia? ¿Será que cada uno está convencido de que es el único capaz de ganar? ¿O simplemente estamos ante una oposición que todavía no encontró la manera de sentarse alrededor de una misma mesa sin que todos quieran ocupar la cabecera?

La respuesta la tendrán que dar ellos.

Lo que sí muestran los números es que Luis Juez tiene hoy un posicionamiento que no puede ser ignorado, aunque las distintas encuestas presenten escenarios diferentes. Y lo que muestra la política es que De Loredo y Bornoroni no parecen dispuestos a abandonar sus propias aspiraciones.

Entonces Córdoba queda atrapada en una paradoja bastante particular: los que quieren terminar con el dominio del peronismo pueden terminar ayudándolo si convierten la elección en una pelea entre ellos mismos.

Tres hombres quieren el sillón.

Tres sectores quieren conducir la oposición.

Tres proyectos pretenden ser el vehículo del cambio.

Y mientras tanto, desde el otro lado, Llaryora mira, espera y probablemente sonríe.

Porque si sus adversarios siguen convencidos de que el principal enemigo está sentado al lado y no enfrente, el gobernador no tendrá que hacer demasiado.

A veces, en política, el mejor trabajo que puede hacer un adversario es dejar que sus enemigos se peleen entre ellos.

Y por ahora, en Córdoba, la pelea parece estar servida.

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