
Luis Juez enfrentó al antisemitismo con la firmeza que la democracia necesita
OPINIÓN Por Carlos Zimerman


El silencio también es complicidad
Hay hechos que trascienden la política. Hay episodios que dejan de pertenecer a un partido, a una elección o a una discusión ideológica para transformarse en una cuestión de principios. Lo que vivió el senador Luis Juez durante su exposición en el Consejo de la Magistratura es uno de ellos.
Un grupo de antisemitas irrumpió a los gritos mientras el senador desarrollaba su alegato. No fueron simples manifestantes. No fueron ciudadanos expresando una opinión. Fueron personas que recurrieron al odio racial, a consignas antisemitas y a la intimidación para intentar silenciar a quien estaba cumpliendo con su responsabilidad institucional.
Eso no puede naturalizarse. Eso debe condenarse sin matices.
Y, sin embargo, el silencio de buena parte de la oposición resulta tan preocupante como el propio episodio. No se escucharon las condenas contundentes que una democracia madura exige frente a un ataque de semejante gravedad. Da la sensación de que para algunos sectores políticos el antisemitismo merece repudio solo cuando resulta políticamente conveniente.
No hay lugar para la especulación cuando se trata del odio racial.
Lo ocurrido no fue un ataque solamente contra Luis Juez. Fue un ataque contra las instituciones, contra la libertad de expresión y contra la convivencia democrática. Pretender acallar a los gritos a un senador de la Nación dentro de un órgano institucional constituye un hecho de enorme gravedad.
Argentina no puede permitirse recorrer el camino que hoy preocupa a buena parte de Europa.
Mientras distintos países europeos enfrentan un preocupante crecimiento de los actos antisemitas, las agresiones y los discursos de odio, nuestro país tiene la obligación de reaccionar antes de que esos comportamientos comiencen a normalizarse.
El antisemitismo nunca empieza con violencia física. Comienza cuando la sociedad deja pasar una agresión verbal, una amenaza, una intimidación o un acto discriminatorio como si fuera una anécdota más.
Y eso es precisamente lo que no debemos hacer.
Todo el arco político, sin excepción, debería salir a repudiar lo ocurrido. No importa si se coincide o no con Luis Juez. No importa si se pertenece al oficialismo o a la oposición. Cuando aparece el odio racial, desaparecen las diferencias partidarias y solo debería quedar una posición posible: la condena absoluta.
Quiero detenerme también en la actitud del senador cordobés.
Luis Juez no retrocedió. No respondió con violencia. No abandonó la audiencia. No permitió que los intolerantes condicionaran su exposición.
Con su estilo inconfundible, incluso recurrió al humor para descomprimir un momento de enorme tensión. Pero detrás de esa ironía hubo algo mucho más importante: la decisión de no ceder frente a quienes pretendían intimidarlo.
Eso también merece ser destacado.
Porque es muy sencillo hablar de democracia cuando todo transcurre con normalidad. Lo difícil es sostener las convicciones cuando aparecen los gritos, las amenazas y los fanáticos.
Luis Juez eligió seguir hablando.
Eligió cumplir con su obligación institucional.
Eligió no dejarse amedrentar.
Y esa actitud merece reconocimiento.
Los violentos siempre buscan lo mismo: que el miedo reemplace a la palabra.
No podemos concederles esa victoria.
Argentina necesita más dirigentes que hablen con valentía y menos fanáticos que intenten imponer sus ideas mediante la intimidación.
Porque cuando el odio se instala y nadie lo enfrenta, la democracia empieza a perder terreno.
Y cuando el silencio reemplaza a la condena, el silencio también se convierte en una forma de complicidad.


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