La larga agonía de la economía argentina

POLÍTICA 15/01/2022 Por Francisco Sotelo*
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La inflación es una fábrica de pobreza, que permite prolongar en el tiempo lo que el historiador Tulio Halperin Donghi definió como "una larga agonía". 
Desde 1991 hasta la fecha, solo en 2019 y en 2021 alcanzó niveles comparables. El 50.9% informado por el Indec supera casi en 22 puntos a la estimación que había hecho el ministro Guzmán en el presupuesto sancionado en 2020. Pero, si se reinterpretan las proyecciones de Guzmán, la agonía se seguiría alargando: en el proyecto de presupuesto que no se sancionó, anticipa para 2022 un 33% de inflación. ¿Hasta dónde llegará, entonces? 

La inestabilidad de los precios no entiende de milagros, como al parecer piensa el padrino político de Guzmán, Joseph Stiglitz.

La inflación es una enfermedad degenerativa de la economía. De nada vale disfrazarla, como se hizo en los tiempos de Guillermo Moreno y Axel Kicillof, cuando el Indec la dibujaba. Tampoco es posible frenarla a los garrotazos, con controles de precios y amenazas como las que fracasa sistemáticamente el voluntarismo que hoy tiene por figura visible al secretario de Comercio, Roberto Felleti; los precios controlados son los que más suben.

Los subsidios a los combustibles, la energía y el transporte planchan artificialmente los precios, pero la presión tributaria y la emisión sin respaldo generan aumentos en los otros rubros.

Pero lo peor frente a la inflación es mirar para el costado: la inflación de 2020 había sido de 36,15%, es decir casi 15 puntos menos que la de 2021. Sin embargo, Fernández sostuvo que está en "un camino descendente" porque de diciembre a diciembre, la inflación bajó de 4% a 3,8%. "Esperemos que esta senda descendente de la inflación se sostenga y eso depende de todos".

Es cierto que el excelente libro de Halperin Donghi hablaba de la agonía de "la Argentina peronista". Una crítica a la proyección de una experiencia política, que, a esta altura, tampoco agota la explicación de la inflación. La hiperinflación que derrumbó a Raúl Alfonsín o la década de estabilidad que logró Carlos Menem permiten ver otros horizontes.

Al desligarse del problema sosteniendo que "frenar la inflación depende de todos", el presidente niega y traslada responsabilidades. El país tiene inflación porque acumula una deuda en dólares y pesos equivalente al PBI anual (una deuda de la que se negocia con el FMI es solo el 10%); porque desde 2011 a 2021, el PBI per capita cayó el 16%; porque no aumentó el producto y la población creció más del 10%; porque el gasto público pasó entre 2011 y 2015 del 24% al 42% del PBI; porque al no generar credibilidad, el país carece de inversiones y de reservas. El milagro argentino que imagina Stiglitz seguramente no toma en cuenta el crecimiento de la pobreza y la indigencia, y el deterioro del poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones.

Aunque los militantes levanten la bandera del "no al ajuste", el ajuste está en plena marcha, con el recorte de los ingresos provocado por la inflación.

Los datos oficiales sobre la situación social describen una bomba de tiempo. Un deterioro global que las ideologías sumergen en una nebulosa. No son el peronismo ni el neoliberalismo la clave de los males de nuestra economía. Es la incapacidad de ver la realidad y de planificar cómo salir del pozo.

Ningún gobernante debería hablar de "la herencia recibida". Simplemente, porque esa herencia la conocen todos cuando asumen; y no justifica nada.

Fernández, al hablar de "responsabilidad de todos", debería mostrar capacidad de decisión y predisposición al diálogo, dos cualidades ausentes en estos 25 meses de presidencia.

* Para El Tribuno

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