
Día de la Lealtad: tras el acto en la CGT, Alberto Fernández se reunió con referentes del oficialismo para analizar cómo revitalizar al Gobierno


Cómo revitalizar el Frente de Todos y proteger al Presidente en medio de la pandemia y el crítico contexto económico. Ese fue el eje de la charla de una hora y cuarto que Alberto Fernández y unos 15 referentes del oficialismo tuvieron en la sala de conferencias del cuarto piso de la CGT luego del acto por el 17 de octubre. Allí había funcionarios nacionales, gobernadores, intendentes y sindicalistas (sólo una mujer, Malena Galmarini).
Eran demasiados protagonistas como para profundizar en los temas que se hablaron y, menos aún, para hablar con honestidad brutal, pero allí quedó flotando la sensación de que la celebración del Día de la Lealtad sirvió para abroquelar a la propia coalición gobernante, que aparece envuelta en divisiones, intrigas y fuertes diferencias.
En mucho ayudó a ese clima distendido la ausencia de Cristina Kirchner. Hubo alivio en la dirigencia de la CGT, pero también entre muchos fieles a Alberto Fernández: “Si hubiera venido, le habría quitado protagonismo al Presidente”, fue el comentario escuchado en un pasillo de Azopardo 802 una vez que terminó el acto.
En la vereda, antes de subirse al auto que lo llevaría a Olivos y bajo la mirada de Fabiola Yañez, el primer mandatario le restó importancia al tema. “Cristina está, Cristina está. Objetivamente, este es un acto organizado por la CGT y los gobernadores para que lo cerrara el Presidente. Así debe ser leído”, destacó al periodismo.
Nadie mencionó a la vicepresidenta en el largo encuentro que cerró la jornada de festejo peronista. Varios de los asistentes también relativizaron ese dato. Nadie quiso empañar el clima de euforia que dejó el acto en la CGT, de una organización aceitada y sin fisuras. Detrás del cuidado montaje tecnológico que se dispuso en el salón Felipe Vallese hubo un operativo de 150 personas que cuidó cada detalle de las imágenes y de la estética elegida.
Sólo se produjo un momento de tensión cuando los 50 invitados que habían sido elegidos para sentarse en algunas de las 500 butacas (con el correspondiente distanciamiento) empezaron a apurar a los organizadores en la puerta del salón. “Están los gobernadores esperando en la escalera, che”, se quejó Fernando “Chino” Navarro, secretario de Relaciones Políticas y Parlamentarias del Gobierno. “En cinco minutos empezamos”, lo calmaron.
Cada butaca tenía un cartel con el nombre de quien debía sentarse, pero los lugares mejor ubicados de la primera fila, sobre el pasillo central, fueron para el gobernador Axel Kicillof y el cotitular de la CGT Héctor Daer (su par Carlos Acuña fue el gran ausente sindical de la jornada, aunque hace 24 horas había sido el orador central del festejo por el 17 de octubre que lideraron Eduardo Duhalde y Luis Barrionuevo).
El salón donde se hizo el acto era un muestrario de pantallas de todo tamaño: la más impactante era una gigante que fue montada sobre el escenario y que reproducía exactamente la pared que estaba atrás, incluido el mural que Miguel Petrone pintó en 1949 en homenaje a los derechos del trabajador, pero con detalles en movimiento.
El comentario que acaparaba las charlas de pasillo, después de la ausencia de Cristina Kirchner, era el hackeo que sufrió la plataforma 75 octubres, desde donde se iba a poder participar de la movilización virtual. Para quienes conocieron la CGT en otras épocas fue muy extraño recorrer un edificio de los años cincuenta, que no se modernizó, dominado por tanta tecnología de última generación como la que se desplegó para este festejo.
Entre los 50 presentes hubo siete gobernadores, dos ministros del gabinete nacional (Santiago Cafiero y Eduardo “Wado” de Pedro), seis intendentes bonaerenses, cuatro dirigentes de movimientos sociales y 20 sindicalistas, la mayoría de la CGT, pero también estuvo la dupla conductora de la CTA oficialista, Hugo Yasky-Roberto Baradel, dos viejos enemigos de la central obrera a los que Alberto Fernández soñó sumarlos para lograr la unidad sindical. Hasta estuvo un extrapartidario como el radical Sergio Palazzo, titular de la Asociación Bancaria y aliado del Presidente.
Nada fue improvisado. Las distintas conexiones y videos de la transmisión fueron pautadas como en el mejor programa de televisión, aunque el uso generalizado del barbijo por parte de los presentes en el salón tornó imposible determinar la reacción ante cada testimonio de militantes y de dirigentes que explicaban por qué eran peronistas. Los recaudos sanitarios también incluyeron estrictos controles de la entrada del edificio, donde a cada uno que ingresaba le tomaban la temperatura y le ponían alcohol en gel en las manos.
Alberto Fernández iba a llegar caminando al edificio desde la intersección de Azopardo y Estados Unidos, pero finalmente el auto lo dejó en la puerta. Allí lo recibieron Daer y el secretario adjunto de la CGT, Andrés Rodríguez. No tuvo mucho tiempo para entretenerse: al rato ya estaba sobre el escenario para brindar su discurso de poco más de 20 minutos. A las 17.07 finalizó y todos cantaron con ganas la Marcha Peronista.
A la salida, muchos de los asistentes se llevaron como trofeo el vistoso merchandising del acto: carteles con las figuras de Perón, Perón y Evita y Néstor Kirchner, remeras, pins, cintas portacredenciales y bombillas para el mate. Todo servirá para recordar el 17 de octubre que se festejó más desde las pantallas que desde las calles (y sin bombos). Y el día en que Alberto Fernández, aun cuando no fue ungido presidente del PJ, se empapó de simbología peronista (y de apoyos reales de gobernadores, intendentes y sindicalistas) en uno de los momentos más difíciles de su gobierno.
* Para www.infobae.com




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