En Córdoba también se vive la cuarentena de la pobreza

En la Capital cordobesa, los vecinos sin barbijos ni guantes es una habitualidad. !No tiene agua, van a tener barbijos!. Por ahora le temen más al dengue que al coronavirus; pero sobre todo le temen al abandono.

las dificultades propias del cumplimiento de un aislamiento masivo de la población se suma la realidad de miles de cordobesas y cordobeses que viven hacinados, en viviendas sin infraestructura, o con la precariedad de una economía pensada en el día a día; situaciones que hacen que la cuarentena tenga una imposibilidad material.

Es el caso de Gerardo, quien habita una casa inconclusa a 50 metros del hospital Príncipe de Asturias, donde por estas horas la Municipalidad refuerza con enormes carpas la capacidad para atender el brote de coronavirus, pero no tiene agua en el interior de su casa. Para él y su familia, algo tan simple como abrir la canilla del baño y cumplir con la simple recomendación médica de lavarse las manos es una odisea. O de su vecino Pedro, que convive con cuatro familias, 10 personas que comparten en una sencilla vivienda (ver aparte).

 

No son casos excepcionales. Al contrario. 28.163 hogares no cuentan con agua en el interior de su vivienda, y 57.885 familias viven hacinadas, compartiendo por lo general un cuarto. Los datos le dan una dimensión real a la solución de la cuarentena total, la única que hasta ahora encontró la mayoría de la comunidad científica para minimizar los riesgos de un contagio masivo del coronavirus. En estos extremos, cumplir la disposición choca con la complejidad de lo cotidiano.

 
Quienes viven hacinados representan un 5,6 por ciento del total de la población de Córdoba. Juntos conformarían la segunda ciudad de la provincia, con 311.588 personas, según el último cálculo que el Indec realizó a través de la Encuesta de Hogares Urbanos, en 2014.

En Córdoba, la cantidad de familias hacinadas está por encima del promedio nacional, que registró condiciones de hacinamiento en 406.719 hogares, el 3,6 por ciento.

De los 311.588 cordobeses que viven amontonados, 111.336 lo hacen de a cuatro por habitación; 51.452, de a cinco; y 41.586, de a seis; aunque hay casos extremos como los 753 hogares donde 10 comparten el cuarto.

En los hogares de este grupo, 46.104 (el 80 por ciento) tienen apenas una habitación de uso exclusivo para la familia. En 11.608 hogares cuentan con dos cuartos; y en 178, tres, según surge del último dato disponible del Indec.

Se trata de un cálculo conservador, que no contempla la retracción de la economía de los últimos dos años, profundizada por la decisión de la cuarentena total, un abrupto corte que pega en los trabajadores más precarizados del sistema.

 
Hacinamiento, en datos duros

De las personas hacinadas en Córdoba, la mayoría no cuenta con cobertura de salud: son 199.838 que sólo pueden recurrir al hospital público para atender todas sus patologías. Y aunque este grupo es el 10 por ciento de la población, representa el 21 por ciento de aquellos que no cuentan con obra social o prepaga.

En promedio, en cada hogar de la provincia un jefe o una jefa de hogar convive con 1,2 hijos. Son 1.244.188 hijos o hijastros distribuidos en 1.027.258 hogares. Esa relación se triplica en hogares con personas hacinadas, donde en cada uno viven 3,2 hijos.

De las 311.758 personas hacinadas en Córdoba, 156.230 son niñas y niños de hasta 14 años de edad, un 50 por ciento. En el promedio provincial, los menores de ese rango representan el 23,5 por ciento de la población. En otras palabras: la mitad de las personas que viven en condiciones de hacinamiento son niñas y niños, quienes están sin asistir a la escuela desde antes que se dispusiera la cuarentena total.

Si ampliamos ese número a los adolescentes, la cifra es alarmante: el 60 por ciento de las personas hacinadas son menores de edad, cuando en la provincia el porcentaje de niñas, niños y adolescentes es de 32,5 por ciento.

Las condiciones de marginalidad rompen promedios en este grupo, como por ejemplo el analfabetismo. De acuerdo con los datos del Indec, 6,7 por ciento de los 3.140.032 cordobeses no sabe escribir. Ese porcentaje llega al 10,5 entre quienes viven hacinados, mostrando otro termómetro social.

Ese registro es la consecuencia del dato que sigue: mientras que el 4,3 por ciento del total de personas que viven en Córdoba nunca asistió a la escuela, entre quienes padecen condiciones de hacinamiento el porcentaje llega a 7,2.

Las viviendas en donde las personas están hacinadas muestran datos objetivos de precariedad, por encima del resto de los hogares de la provincia. Por ejemplo: 3,8 por ciento de los hogares cordobeses no tiene descarga de agua en el baño, lo que ocurre en 39.574 casas. Pero en las viviendas donde habitan personas hacinadas, carece de ese servicio básico el 12 por ciento, 6.830 hogares.

La Argentina anterior a la pandemia

406.711. En ese número de hogares no están dadas las condiciones de habitabilidad en cuanto a la cantidad de personas y el espacio disponible.

2.457.651. Es la cantidad de personas en el país que viven en situación de hacinamiento. De ese total, 1.180.836 son niños.

58.000. Son los hogares cordobeses en los que sus integrantes comparten el mismo cuarto.

Lavarse las manos, una odisea en algunos lugares

Un tejido de alambre separa la casa de Gerardo Godoy del hospital Príncipe de Asturias, donde la Municipalidad de Córdoba prepara un centro de atención para coronavirus. Gerardo camina hasta ahí, se agacha un poco y abre una llave de paso. Comienza a circular, clandestinamente, el agua que se distribuirá por una improvisada red de caños y de mangueras a varias casas del barrio Cooperativa Camoatí, en el sur de la ciudad.

La casa de Gerardo está a 50 pasos, y el agua llega hasta la puerta. Con dos viejos tachos de pintura, la familia se provee. Para ellos, lavarse las manos como recomiendan las autoridades sanitarias es un lujo, una odisea que exige constancia y enjundia, particularmente en los días de frío.

Gerardo, su familia y sus vecinos viven rodeados del Estado. Literal. Del otro lado, 200 metros al sur, está la comisaría 18 y la Unidad Judicial N° 3. Sin embargo, ese mismo Estado parece ausente entre estas calles de tierra. “Estamos rodeados de referentes del Estado que nunca hicieron nada por nosotros”, dice Gerardo, vocero del barrio en el que habitan unas 85 familias.

Es viernes 27 de marzo, y los hombres, la mayoría con oficio de albañil o con rudimentarios conocimientos de media cuchara, hacen pequeñas refacciones en sus casas, mientras los niños desafían el tedio del confinamiento con algún pique corto o una pedaleada en bici. La Play o Netflix son productos de otro siglo, uno que aún no llegó por estos lugares.

En territorios de adversidades, la cuarentena y las reglas de higiene son parte de una quimera. Para quienes no tienen la improvisada red de agua, conseguirla en estos días se asemeja a una acción delictiva: como el sodero que se le animaba con su camioncito a las destruidas calles no puede circular, deben coordinar con él una entrega clandestina de algún bidón trasladado en el auto particular del proveedor.

Lo que no falta en el barrio son mosquitos. Los vecinos, sin barbijos ni guantes, por ahora le temen más al dengue que al coronavirus; pero sobre todo le temen al abandono.

Con información de La Voz del Interior, sobre una nota de JUAN MANUEL GONZÁLEZ

 
 

Te puede interesar