


Por Carlos Zimerman
En política hay dirigentes que gobiernan pensando en la gestión y otros que gobiernan pensando en la próxima elección. Martín Llaryora pertenece, sin demasiadas vueltas, a la segunda categoría. El gobernador cordobés tiene un objetivo que ocupa cada centímetro de su agenda política: ser reelecto en 2027. No hay matices, no hay distracciones, no hay plan B. Todo gira alrededor de ese horizonte.
Y en ese tablero electoral hay una pieza que pesa más que todas: la ciudad de Córdoba. El Departamento Capital es la madre de todas las batallas. Perderla sería, para el llaryorismo, algo parecido a abrir la puerta del Panal y dejar que el viento político entre sin pedir permiso.
Por eso el gobernador ya empezó a mover fichas. Tiene en mente dos nombres para la pelea capitalina: Miguel Siciliano y Marcos Torres, flamante ministro y viejo conocido de la política del interior. Aunque, en los corrillos del poder, muchos apuestan “doble contra sencillo” por el ex intendente de Alta Gracia. No es casualidad que su desembarco en el Ejecutivo haya venido acompañado de un detalle nada menor: cambio de domicilio incluido, requisito indispensable para disputar el Palacio 6 de Julio.
De todos modos, para los cordobeses capitalinos no sería una rareza. Ya hubo antecedentes de dirigentes del interior gobernando la capital. Daniel Giacomino y el propio Llaryora, ambos nacidos en San Francisco, ya supieron habitar los despachos municipales. La historia, en Córdoba, suele repetirse… y a veces con los mismos protagonistas.
Pero el gobernador sabe que la reelección no se construye solo en la Capital. El interior pesa, y mucho. Y ahí es donde Llaryora pretende marcar diferencias con la Casa Rosada. Mientras el presidente Javier Milei predica el achicamiento del Estado y la motosierra presupuestaria, el cordobés apuesta a una receta vieja pero efectiva: obra pública y gestión visible.
Eso sí, sin entrar en una guerra frontal con el libertario. Llaryora entendió algo que muchos dirigentes peronistas todavía parecen no haber registrado: criticar a Milei en Córdoba es, muchas veces, un deporte de alto riesgo electoral. El cordobés promedio simpatiza con el discurso libertario y castiga a quien lo enfrenta sin anestesia.
Por eso la estrategia es quirúrgica. Presencia institucional, gestos de respeto y cara de póker cuando el Presidente fustiga al peronismo o al kirchnerismo desde un atril. La foto de Llaryora escuchando sin gesticular demasiado ya es una postal que probablemente se repetirá varias veces en los próximos meses.
La orden interna es clara: gestión real, no maquillaje político.
El gobernador se lo repite a sus ministros como un mantra.
—“Tenemos que demostrar que con pocos recursos hacemos obras. Que aun sin que el gobierno nacional nos mande plata podemos resolver problemas. Ahí se rompe el relato libertario. Pero no vamos a confrontar con Milei… eso es pianta votos”.
El mensaje es simple y brutalmente pragmático.
Mientras tanto, la maquinaria política del PJ cordobés también empezó a recalibrarse. En breve comenzarán a desembarcar en el Ejecutivo intendentes del interior profundo, convocados para fortalecer el músculo territorial del gobierno. La idea es clara: que cada rincón de la provincia tenga a alguien propio dentro del gabinete.
En paralelo, el armado partidario también se mueve a toda máquina. Facundo Torres, en su rol de presidente alterno del PJ cordobés, y Abraham Galo están recorriendo la provincia con una tarea nada sencilla: contener a los intendentes y mantener alineados a los dirigentes territoriales. La misión no es menor. En cada pueblo y en cada departamento empiezan a sentirse los movimientos de Gabriel Bornoroni y Rodrigo de Loredo, que avanzan armando estructura y tentando voluntades.
Desde el Panal, mientras tanto, bajaron una advertencia que no necesita demasiadas explicaciones. No habrá margen para posiciones ambiguas con aquellos intendentes que, después de haber sido acompañados por la provincia, decidan encolumnarse detrás de La Libertad Avanza.
En la jerga descarnada de la política, el mensaje suena más o menos así:
quien no supo valorar el vínculo cuando lo tenía, puede empezar a buscar la puerta de salida.
La estrategia de sumar intendentes al gabinete podría ampliarse en breve. El último nombre que empezó a sonar con fuerza es Enrique Méndez Paz, jefe comunal de Cintra, departamento Unión, un especialista en educación que podría desembarcar en el área que conduce Horacio Ferreyra.
La lógica del gobernador es simple: peronizar la gestión y territorializar el poder.
Que cada pueblo tenga un representante cerca del poder y que cada funcionario recuerde de dónde viene.
Porque, en definitiva, todo forma parte de un mismo plan.
Llaryora no está construyendo un gobierno.
Está construyendo una reelección.
Un estrecho colaborador del mandatario lo resumió con una frase que, en los pasillos del Panal, se repite entre risas y resignación:
—“Si fuera por el gringo, mete en el gabinete a Luis Juez, a Rodrigo de Loredo y hasta a Bornoroni. A él solo le interesa una cosa: volver a ser gobernador”.
En Córdoba, al menos por ahora, todo empieza y termina en 2027.





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