El PRO después del poder: un año de repliegue, fracturas y redefinición estratégica

POLÍTICA Agencia de Noticias del Interior
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  • El PRO cerró 2025 como uno de los años más difíciles desde su fundación, con derrotas y fracturas internas.
  • La elección porteña marcó un quiebre histórico: el partido perdió su distrito emblemático tras 18 años de gobierno.
  • En la provincia de Buenos Aires, el acuerdo con LLA permitió retener bancas, pero invisibilizó la marca PRO.
  • El bloque de Diputados se redujo drásticamente, profundizando la pérdida de peso parlamentario.
  • La relación entre Mauricio Macri y Javier Milei pasó de la confrontación al distanciamiento definitivo.
  • El desafío central es redefinir si el PRO será una fuerza de poder o quedará relegado a un rol secundario.

“Hay que hacer la mejor peor elección posible”. La frase, pronunciada por Mauricio Macri a mitad de año en una reunión partidaria, funcionó como diagnóstico y anticipo. El 2025 terminó de confirmar que el PRO atraviesa uno de los momentos más complejos desde su fundación: pérdida de centralidad, retrocesos electorales, fracturas internas y una relación ambigua con La Libertad Avanza, la fuerza que capturó buena parte de su electorado histórico.

El año estuvo atravesado por un dilema estructural: cómo vincularse con el oficialismo libertario sin diluirse ni quedar marginado. Esa tensión recorrió todas las decisiones estratégicas del partido, desde el armado electoral hasta la dinámica parlamentaria. El PRO llegó a 2025 con heridas abiertas: la derrota presidencial de 2019, la interna feroz entre Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich en 2023 y una cadena de errores tácticos que aceleraron la pérdida de identidad.

El primer golpe fuerte llegó en la Ciudad de Buenos Aires. A fines de 2024, Jorge Macri decidió desdoblar las elecciones locales con el objetivo de preservar la agenda propia y evitar que LLA absorbiera al electorado porteño. El resultado fue el inverso al buscado: Manuel Adorni se impuso con claridad, el PRO quedó tercero y perdió por primera vez desde 2005 el control del distrito que lo vio nacer. El dato más elocuente fue que no ganó en ninguna de las 15 comunas. Internamente, el diagnóstico fue lapidario: la elección se transformó en un plebiscito contra el PRO, expuesto y aislado.

Ese resultado debilitó la posición del partido para negociar alianzas en el resto del país. En la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof también adelantó los comicios y el macrismo optó por un camino distinto: acordar con La Libertad Avanza bajo una marca común que invisibilizó al PRO. Cristian Ritondo, junto a Diego Santilli y Guillermo Montenegro, selló un entendimiento que permitió retener e incluso ampliar bancas, pero al costo de borrar el amarillo de las boletas. Ese esquema se replicó en otras provincias y también en la elección nacional porteña, donde los candidatos del PRO quedaron relegados a lugares secundarios.

La consecuencia política fue una fuerte pérdida de representación propia. Antes del proceso electoral, el PRO contaba con 35 diputados nacionales. Tras el recambio y la salida de legisladores alineados con Patricia Bullrich o con armados provinciales, el bloque quedó reducido a 13 integrantes. Ritondo denunció una estrategia de “cooptación” por parte de LLA, mientras el partido enfrentaba una diáspora legislativa que profundizó la sensación de repliegue.

En paralelo, la relación entre Macri y Milei atravesó distintas etapas. De la confrontación abierta en la campaña porteña se pasó a intentos de acercamiento tras derrotas oficiales, con Patricia Bullrich como puente. Sin embargo, la victoria contundente del oficialismo en octubre volvió a cambiar el equilibrio: para Milei, el PRO dejó de ser un actor indispensable para la gobernabilidad. El último encuentro entre ambos, en Olivos, terminó con reproches y tensión, y reforzó la percepción de una conducción partidaria debilitada.

Hacia adelante, el PRO enfrenta un debate de fondo: redefinir su rol. Algunos dirigentes plantean que 2026 debe ser un año de reconstrucción y que 2027 será, en el mejor de los casos, un escenario de transición, con foco en retener gobernaciones propias. Otros advierten que el mayor riesgo es quedar atrapados en una zona gris: ni oposición clara ni oficialismo pleno, una posición que ya demostró escasa tracción electoral.

La discusión, en definitiva, es existencial. Ser un partido testimonial o reconstruir una oferta de poder real. En un escenario donde La Libertad Avanza disputa y retiene al electorado de centroderecha, el PRO debe decidir si apuesta a un camino largo de diferenciación republicana o si termina subsumido en una fuerza que hoy concentra el poder y la iniciativa política.

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