Entre heridos, distraídos y ratificados: cómo quedó el Gabinete Nacional tras la carta pública de Cristina

POLÍTICA Por Nicolás Lucca*
Aunque en Balcarce 50 lo nieguen, se sintió el palazo de CFK. La respuesta llegó en fotos, convocatorias, alianzas en stand by y una vicepresidente que tiene su propia agenda
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Algunas piedras que caen en el agua generan más olas, todo depende del peso y la altura. Y la carta de Cristina Kirchner publicada el lunes 26 fue como un meteorito en medio del Atlántico. Termina la semana y aún los coletazos se sienten, no ya en el cristinismo, que vio en una carta enemistada con las tildes una visión de estadista irrepetible, sino en el resto del armado de la coalición de Gobierno. Sí, coalición, porque así se repartieron la triada del Poder: Alberto Fernández Presidente, Cristina Ídem al frente del Senado y Sergio Massa comandando la Cámara de Diputados.

Nadie esperaba la publicación. Fiel a su estilo de hacer lo que quiere, como quiere y cuando quiere, todos se enteraron del análisis de la ex presidente sin excepciones, así usted sea el actual Presidente o un tuitero haciendo tiempo.

Y así fue que, como buen meteorito, dejó heridos por todos lados, personas que ni se sintieron aludidas, otros que vieron el guante en el piso pero prefirieron no levantarlo y un pequeño grupo que ya no sabe cómo mantener la paz.

Primeros heridos. “Quienes idearon, impulsaron y apoyaron aquellas políticas, hoy maltratan a un Presidente que, más allá de funcionarios o funcionarias que no funcionan y más allá de aciertos o desaciertos, no tiene ninguno de los “defectos” que me atribuían y que según no pocos, eran los problemas centrales de mi gestión”. Así se expresó Cristina respecto de lo que ella, evidentemente, considera un capricho mediático.

Según la ex mandataria a ella le reprochaban que no escuchaba, que no dialogaba y que era confrontativa. Por decantación, podemos decir que interpreta que Alberto Fernández dialoga, escucha y es conciliador. Quizá se pueda encontrar una mejor explicación en los destinatarios de los misiles sin nombre agrupados bajo el «funcionarios que no funcionan».

El juego de palabras tiene una base que un asesor curtido en Casa Rosada supo explicar de forma bastante sencilla: «Sin repetir y sin soplar, nombre los veintiún ministerios y el titular de cada cartera. Si no puede pasar de ocho o nueve nombres, está igual que todos, y eso es un problema de gestión».

Pero Cristina no evalúa a los ministros por su agenda de gestión sino por el tipo de gestión. Le gusta, no le gusta. En ese sentido, Marcela Losardo, a cargo del ministerio de Justicia, ha sido criticada por no apoyar con más ahínco una reforma judicial que lejos quedó del proyecto que había trabajado. Tan lejos que, de salir la ley, no sabría cómo obtener los recursos para los más de mil cargos de magistrados que el kirchnerismo metió sobre el final de la votación de forma inconsulta.

Y Losardo es Alberto Fernández. Es su amiga desde los veintipocos, es su socia del estudio jurídico, es una de sus guardaespaldas en todos y cada uno de los cargos públicos o legislativos que el actual presidente desempeñó.

Ya que hablamos de guardaespaldas, podríamos sumar a Vilma Ibarra, con quien tuvo una relación sentimental de más de una década y a quien conoce desde hace más tiempo aún.

Ibarra es una de las que “hasta escribió un libro” en contra de Cristina. Compartieron el Senado entre 2001 y 2007, período en el que la ahora secretaria Legal y Técnica de la Nación pasó del Frepasismo y la implosión de la Alianza a sentir más que simpatía por el gobierno de Néstor Kirchner. La relación comenzó a marchitarse cuando en 2008 Alberto Fernández se va de la Jefatura de Gabinete. Pocos meses después, en diciembre de 2008, Cristina envía al Congreso una ley de Blanqueo. Vilma denunció desde su banca la impunidad de más de 3 mil causas de lavado que se cerrarían. Pocos días antes había salido eyectada del gobierno Romina Piccoloti, albertista de la primera hora.

Pero si algo quedaba entre Vilma y Cristina, se acabó con la publicación del libro “Cristina versus Cristina: el ocaso del Relato”. En sus páginas, Ibarra expone la contradicciones de la entonces Presidenta con más de quinientas citas a sus discursos.

En una entrevista de 2015 Ibarra aseguró que “Cristina siempre se mostró como una persona de fuertes convicciones, capaz de sostener las decisiones que toma, pero la realidad muestra que es capaz de fijar una posición sobre un tema y, al tiempo, defender con la misma vehemencia lo contrario”. Lo que faltó mencionar en la carta es quién fue el presentador del libro. Sí, Alberto Fernández.

Lesionados. A la hora de hablar de más funcionarios, Cristina ha dejado trascender su falta de afecto por los que más se vieron implicados en los daños colaterales de la cuarenterna: Claudio Moroni y Matías Kulfas. Al titular de la cartera de Trabajo y a su par del ministerio de Producción les achaca la profundidad de la crisis por no saber contener a las empresas y el desempleo. Aquí es donde no falta el que, desde los pasillos de esos mismos ministerios, pregunte cargado de ironía qué idea superadora tendría el kirchnerismo puro.

Hablar de Matías Kulfas es volver a mencionar libros molestos. Aunque en este caso Kulfas no cargó sólo contra Cristina sino contra su niño mimado. En 2016, Kulfas publica “Los tres kirchnerismos”, donde culpa a la última etapa del gobierno kirchnerista de haberse vuelto económicamente «más duro pero con menos fundamentos», y de haber logrado que se pasara de la holgura financiera a la falta de dólares. ¿Y quién era el ministro de Economía sobre el final del kirchnerismo? El que depende de la coparticipación de la Ciudad de Buenos Aires para pagar un aumento a la policía bonaerense. How dare you, Matías. Y allí tienen también el motivo por el cual Cristina brindó los números que brindó en su carta acerca de la economía que entregó a Macri. Poco importa la verosimilitud de los mismos.

En el combo entra Santiago Cafiero, que negó una y otra vez cambios en el Gabinete. ¿Funcionarios que no funcionan? Linda respuesta para Cafiero III, un hombre que no ocupa cualquier cargo en el Poder Ejecutivo sino que es Jefe de Gabinete de un ex Jefe de Gabinete. Acusado por CFK de falta de coordinación y de administrar mal la pandemia, paga el precio de tener delegadas en él buena parte de las decisiones administrativas que se publican a diario en el Boletín Oficial.

Y ya que hablamos de apellidos tradicionales, María Eugenia Bielsa se encontraría en la mira por –lean bien y no se asusten– la imagen negativa que genera en la población el conflicto por las usurpaciones de tierra.

Infiltrame que sigo. «A nosotros nunca nos movió el rencor ni la venganza», aclaró Cristina y puso como ejemplo que ella sacrificó la presidencia para «construir un frente político con quienes no sólo criticaron duramente nuestros años de gestión sino que hasta prometieron cárcel a los kirchneristas en actos públicos o escribieron y publicaron libros en mi contra». ¿Hace falta aclarar a quién estaba dirigido tremendo misil? El sujeto tácito tiene nombre completo, apellido y cargo: Sergio Tomás Massa, presidente de la Cámara de Diputados.

Uno daba por sentado que Massa se lo iba a tomar a mal. En los primeros contactos, obviamente, el espacio minimizó la cuestión. Pero no fueron pocas las fuentes que terminaron por aflojar ante lo inocultable.

Desde el entorno del presidente de la Cámara de Diputados dan a entender que, como primera vista, la carta dista demasiado de ser un respaldo al presidente de la Nación. Aunque el ataque haya sido dirigido a Massa, éste era la cara visible de un armado político. Cuando Cristina recuerda a ese que prometio cárcel al kirchnerismo, toca, empuja y codea al armador de aquella campaña de 2013, un tal Alberto Ángel Fernández.

Luego del triunfo del Frente Renovador en las PASO de 2013, el ahora presidente sentenció que «el shock que recibió Cristina, luego de la derrota, hace que se comporte como una adolescente» además de asegurar que “el kirchnerismo está muerto, esto es una iglesia del cristinismo”. Dichas declaraciones fueron hechas tras la primera aparición de Cristina luego de la derrota electoral cuando, desde Tecnópolis y por cadena nacional, cargó contra los medios de comunicación, le bajó el precio al resultado electoral y rescató el triunfo del Frente para la Victoria en la Antártida. Ni Adolfo Rodríguez Saá y su mesa de Necochea se habían atrevido a tanto.

Este jueves Máximo no dio su discurso de cierre de bloque para la aprobación del presupuesto. Prefirió estar en su despacho mientras seguía el desalojo en Guernica. Otra interna que saltó por los aires: Presidente Perón, el partido donde se encontraba la toma, es administrado por Blanca Cantero, esposa de Carlos Acuña, uno de los líderes de la CGT y el más cercano a Massa.

Obviamente, si se habla de Máximo Kirchner es un buen momento para preguntarse qué tanto funcionan los funcionarios que responden a Cristina. Problemas de la memoria selectiva: ¿Qué tiene para mostrar Juan Cabandié? ¿Se enteró que se prendieron fuego casi la mitad de las provincias? ¿Hace frío en el ministerio de Cultura? ¿Cómo anda todo por la provincia de Buenos Aires?

No nos dolió. Alberto Fernández habló de la carta de su vice en un tono del que cuesta atreverse a adivinar si fue irónico. “Me gustó mucho”, afirmó el presidente sobre la carta en la que Cristina luego de hacer sus críticas, dice que «nos guste o no» las decisiones las toma el presidente. Una carta en la que lo único que tiene Cristina para agradecerle a Alberto es que haya colocado la itinerante estatua de Néstor Kirchner en el centro cultural que lleva su nombre.

Y allí fue el Presidente al acto en conmemoración del décimo aniversario de la muerte de su otrora jefe. Antes de salir, llamó a Sergio Massa y le pidió que lo acompañe. Luego hizo lo mismo con Santiago Cafiero y, para culminar, invitó a Vilma Ibarra. Así, rodeado de los más heridos, se hizo fotografiar. Después dicen que una imagen no vale más que mil palabras de respuesta.

Tercer tiempo. Finalmente, Cristina cerró su misiva con un pedido: “La Argentina es ese extraño lugar en donde mueren todas las teorías. Por eso, el problema de la economía bimonetaria que es, sin dudas, el más grave que tiene nuestro país, es de imposible solución sin un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la República Argentina”.

Y ahí está el Presidente convocando a la oposición. Bueno, a los que él quiere de la oposición. Otro mensaje en sí mismo: nadie pide acuerdo cuando le va bien, nadie pide gancho cuando gana.

No existe un economista en la Argentina que no diga que el problema con el dólar es un problema de confianza, que la impresionante emisión monetaria empujará indefectiblemente la inflación, que la presión impositiva hace insostenible la generación de más empleos y la reactivación del consumo, y que mientras el Estado gaste más de lo que le ingresa, no habrá ecuación que funcione.

¿Con quién hay que concertar para que el Banco Central deje de emitir? ¿A que líder empresarial hay que convencer para que el Gobierno achique el gasto público? ¿Quién es el opositor culpable de que la AFIP no toque siquiera la escala de los monotributistas? No hace falta acuerdo para medidas cuya aplicación está en manos del oficialismo.

Puede que Cristina tenga razón, que la Argentina sea ese extraño lugar donde mueren todas las teorías. Pero no mueren solas: son ejecutadas por la política.

 

 

* Para www.infobae.com

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