Ayuno intermitente: ¿estrategia saludable o una tendencia que llegó para quedarse?

SALUD Y NUTRICIÓNJulia VOSCOJulia VOSCO

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Ayuno intermitente: una herramienta metabólica que requiere indicación y seguimiento profesional

En los últimos años, el ayuno intermitente se convirtió en una de las estrategias alimentarias más populares. Según la evidencia científica disponible y la experiencia clínica dentro del enfoque ortomolecular, puede ser una herramienta terapéutica válida y eficaz siempre que esté correctamente indicada y supervisada.

Sin embargo, no se trata simplemente de “dejar de comer”. Para comprender sus efectos es necesario diferenciar entre reposo digestivo y ayuno prolongado, dos conceptos que suelen confundirse.

Reposo digestivo y ayuno prolongado: no son lo mismo

El reposo digestivo es el período entre el final de una digestión completa y la siguiente ingesta. Es un proceso saludable y necesario que puede favorecer la regulación hormonal y los ritmos circadianos, es decir, la adaptación del organismo a los ciclos de luz y oscuridad. Generalmente comprende períodos de 12, 14 o 16 horas, preferentemente durante la noche.

En cambio, el ayuno prolongado implica una restricción total de calorías durante un tiempo suficiente para activar procesos metabólicos más profundos, como la autofagia.

La autofagia es un mecanismo de limpieza y regeneración celular estudiado por el biólogo japonés Yoshinori Ōsumi, quien recibió el Premio Nobel de Medicina en 2016 por sus investigaciones en este campo.

Para alcanzar niveles clínicamente relevantes de autofagia, algunos especialistas señalan que suelen requerirse períodos de alrededor de 48 horas de ayuno, durante los cuales se consume principalmente agua. No obstante, este tiempo puede variar según factores como la edad, el estado metabólico y la actividad física de cada persona.

El papel del estrés controlado en el organismo

Desde la medicina ortomolecular, el ayuno prolongado se considera una estrategia de hormesis, es decir, la exposición a un estrés leve y controlado que activa mecanismos de adaptación y supervivencia celular.

Este proceso puede estimular vías metabólicas como AMPK y las sirtuínas, mientras reduce la actividad de mTOR, relacionada con el crecimiento celular y el anabolismo. Según esta mirada, estos cambios podrían favorecer procesos como la reparación del ADN, la disminución de la inflamación y la eliminación de componentes celulares dañados.

Debido a su intensidad, el ayuno profundo no debería realizarse de manera diaria, ya que el organismo puede adaptarse y reducir la respuesta metabólica buscada. La frecuencia debe determinarse de manera individual según cada caso.

Posibles aplicaciones terapéuticas

La evidencia científica ha estudiado el ayuno como complemento en distintas condiciones de salud:

  • Enfermedades autoinmunes: puede contribuir a reducir ciertos marcadores inflamatorios y modular la respuesta del sistema inmune, aunque requiere evaluación profesional.

  • Diabetes tipo 2 y síndrome metabólico: algunos estudios indican que puede favorecer la sensibilidad a la insulina, la reducción de la glucemia y la disminución de grasa visceral y hepática.

  • Oncología integrativa: el ayuno no es un tratamiento contra el cáncer, pero investigaciones preliminares sugieren que podría influir en la tolerancia a ciertos tratamientos y en mecanismos celulares relacionados con la enfermedad. Su aplicación en pacientes oncológicos debe realizarse exclusivamente bajo supervisión médica especializada.

  • Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP): en determinados casos, el ayuno intermitente puede resultar una estrategia complementaria debido a su relación con la resistencia a la insulina, uno de los mecanismos frecuentes asociados al síndrome. También se investiga su posible influencia sobre la inflamación, la función mitocondrial y la regulación hormonal, aunque todavía se requieren más estudios.

Cuándo tener precaución

No todas las personas pueden realizar ayunos prolongados. Existen situaciones en las que se requiere especial evaluación, como:

  • Embarazo y lactancia.

  • Determinadas etapas del ciclo menstrual.

  • Menopausia sin adecuada reposición hormonal.

  • Cirrosis hepática.

  • Enfermedad renal avanzada.

Los especialistas destacan algunos puntos fundamentales:

  • La supervisión profesional es clave: un médico o nutricionista capacitado puede adaptar la estrategia a las necesidades de cada persona.

  • Debe realizarse de manera progresiva: no tiene el mismo impacto un ayuno de 24 horas que uno de 48 o 72 horas. Cada duración requiere objetivos, preparación y seguimiento específicos.

  • La realimentación es tan importante como el ayuno: la forma de volver a incorporar alimentos después de un ayuno prolongado puede determinar los resultados. Una reintroducción inadecuada puede generar estrés metabólico y reducir los posibles beneficios.

En conclusión, el ayuno intermitente no es simplemente una moda pasajera, sino una estrategia metabólica que puede ofrecer beneficios en determinados contextos. Sin embargo, su efectividad depende de una correcta indicación, una aplicación adecuada y un seguimiento profesional cuando se busca utilizarlo con fines terapéuticos.

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