
La hiperconectividad y el estrés digital empujan al mundo a una "recesión sexual"
NOTICIA DE INTERÉS Marian SANZOTTI

La alcoba global experimenta un enfriamiento sin precedentes que enciende las alarmas de sociólogos y terapeutas. Diversos estudios demográficos en Estados Unidos y Europa advierten sobre una disminución sostenida en la frecuencia de las relaciones sexuales, un fenómeno que golpea con especial dureza a los adultos jóvenes y a las parejas estables. Detrás de este repliegue de la intimidad no hay una falta de interés biológico, sino una compleja encrucijada contemporánea donde convergen el estrés crónico, la fatiga mental y la omnipresencia de las pantallas, factores que absorben el tiempo y la energía que antes se destinaban al encuentro físico y emocional.
La vida hiperconectada ha reconfigurado los lazos afectivos por completo. El acceso permanente a los dispositivos y las notificaciones generan un estado de alerta que imposibilita la relajación necesaria para el erotismo. Divulgadores y neurocientíficos coinciden en que el ecosistema virtual está provocando una auténtica "recesión sexual", impulsada por el consumo solitario de pornografía y la irrupción de asistentes de inteligencia artificial. Estos estímulos artificiales ofrecen una gratificación inmediata que engaña los mecanismos de recompensa del cerebro, adormeciendo la motivación intrínseca para buscar interacciones y vínculos reales. Expertos de la Mayo Clinic señalan que esta sobrecarga de estímulos erosiona de raíz el deseo.
El impacto psicológico de la rutina moderna agrava el panorama. De acuerdo con datos clínicos, el 41% de las personas prioriza excesivamente el éxito económico o académico, relegando su salud sexual a un plano marginal. A esto se suma el nocivo rol de plataformas como Instagram o Facebook. La exposición constante a imágenes idealizadas en redes sociales incrementa la insatisfacción corporal y destruye la autoestima, provocando que los individuos se perciban inferiores y eviten la exposición íntima por temor al juicio ajeno.
Incluso la arquitectura del descanso se ha visto alterada. El hábito de revisar el teléfono en la cama desplaza el diálogo y debilita la complicidad afectiva, elevando la ansiedad y disminuyendo el deseo. Para revertir esta tendencia, los terapeutas sugieren aplicar medidas drásticas de higiene digital: reducir el tiempo de pantalla, restringir los teléfonos en el dormitorio y cultivar rituales de relajación. En un entorno saturado de estímulos virtuales, la reconexión con el propio cuerpo y la comunicación abierta emergen como las únicas vías para rescatar la autenticidad del encuentro humano.






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