
De Loredo corre, Juez calla, Bornoroni espera y Llaryora sonríe: el efecto Adorni sacude Córdoba
OPINIÓN Por Juan Palos


En política no hay casualidades, hay oportunidades. Y en Córdoba, la oposición parece haber decidido convertir un escándalo en una competencia de reflejos… pero sin demasiada estrategia. El caso Manuel Adorni no solo sacudió al Gobierno nacional: también dejó al descubierto las miserias, urgencias y especulaciones de quienes, en teoría, deberían ofrecer una alternativa.
Rodrigo de Loredo no perdió un segundo. Vio el humo, escuchó el ruido y salió corriendo a subirse al escenario. Lanzó su candidatura a gobernador con la velocidad de quien no quiere llegar tarde a la repartija. Poco importa el contexto, el escándalo o la profundidad del problema: lo urgente es instalarse. En su lógica, la política no es un espacio de construcción sino una carrera de posicionamiento. Primero estar, después ver.
Del otro lado, Luis Juez eligió el camino opuesto: el silencio. Un mutismo que no es estratégico sino incómodo. Porque callar en política, muchas veces, no es prudencia… es cálculo. Nadie sabe cuánto durará ese silencio, pero mientras tanto, el electorado toma nota. Y en un escenario donde todos hablan, el que no dice nada también dice mucho.

Más condicionado aparece Gabriel Bornoroni. Su margen de maniobra es casi inexistente. Su capital político tiene nombre y apellido: Javier Milei. Y cuando el activo principal tambalea, el resto entra en zona de riesgo. Bornoroni no puede despegarse ni confrontar; apenas puede resistir y esperar que la tormenta pase. El problema es que, cuando la política se basa en una sola figura, cualquier grieta se convierte en terremoto.
Mientras tanto, Martín Llaryora observa la escena con la tranquilidad del que no tiene que hacer demasiado. La oposición se desordena sola, se contradice, se apura o se esconde. Y en ese caos, el oficialismo encuentra su mejor aliado. Llaryora ya no necesita convencer: le alcanza con esperar. En voz baja —y a veces no tanto— repite que será nuevamente gobernador. Y lo dice con una certeza que no nace de su fortaleza, sino de la debilidad ajena.
El dato más inquietante, sin embargo, no está en la superficie. La pregunta que sobrevuela, incómoda, es otra: ¿hasta dónde llega el caso Adorni? ¿Es un problema aislado o apenas la punta de algo más profundo? Porque en política, cuando alguien “aguanta los trapos”, rara vez lo hace por convicción. Generalmente lo hace porque hay algo peor que no puede —o no debe— salir a la luz.
Si eso fuera así, el escándalo dejaría de ser un episodio para convertirse en síntoma. Y ahí ya no estaríamos hablando de candidaturas apresuradas, silencios incómodos o dependencias políticas. Estaríamos hablando de un sistema que, una vez más, juega al límite de lo que la sociedad está dispuesta a tolerar.
En ese tablero, la oposición cordobesa parece más preocupada por acomodar sus fichas que por entender el juego. Y cuando eso pasa, el resultado suele ser el mismo: alguien gana sin hacer nada… y los demás pierden sin darse cuenta.


El Gobierno acelera la reforma política y apunta a eliminar las PASO en medio de tensiones internas




























