
Cuando el resentimiento esconde al narcisismo
Ricardo ZIMERMAN


Por RICARDO ZIMERMAN
x: @RicGusZim
Hay climas de época que no se anuncian con estridencia, pero se filtran de manera persistente en los vínculos, en el lenguaje y en la forma en que una sociedad se piensa a sí misma. No siempre se presentan como una doctrina ni como un programa político: a veces son apenas un modo de sentir que, sin pedir permiso, termina organizando el sentido común. En ese registro íntimo y silencioso parece haberse instalado hoy el resentimiento, no ya como una emoción circunstancial, sino como una identidad larvada que estructura miradas, discursos y decisiones colectivas.
Durante algunos años se habló de fragilidad. Se insistió en la idea de una generación hipersensible, quebradiza, incapaz de tolerar la frustración o el disenso. Sin embargo, ese diagnóstico resultó incompleto. Aquella sensibilidad extrema no desapareció: mutó. Se endureció. Se transformó en una forma más opaca y socialmente eficaz de malestar. Allí donde antes había susceptibilidad, hoy hay rencor. Donde había demanda de reconocimiento, ahora aparece la acusación permanente. No se trata de un grupo etario, sino de un estado subjetivo compartido, una suerte de pacto tácito entre individuos que leen su propia historia en clave de agravio.
El resentimiento no es nuevo en la condición humana. Es una pasión antigua, ligada a la herida narcisista, al dolor que no encuentra elaboración simbólica y queda fijado como deuda ajena. Pero lo singular del presente es su masificación y su prestigio. Ya no se lo vive como una falla, sino como una posición moral. El resentido no se percibe a sí mismo como alguien atrapado en su padecimiento, sino como un justiciero: alguien que, al señalar culpables, cree restituir un orden que le fue negado.
En esa lógica, la responsabilidad subjetiva queda desplazada. Todo lo que fracasa proviene del exterior: del otro, del sistema, de una conspiración difusa o de un enemigo convenientemente construido. El yo queda eximido de interrogar su propio deseo. El malestar ya no convoca a la pregunta, sino a la imputación. Y esa operación, aunque tranquilizadora en lo inmediato, resulta profundamente empobrecedora en términos psíquicos y sociales.
El otro, en este esquema, deja de ser semejante para convertirse en amenaza. No hay interés por su bienestar, ni siquiera indiferencia: hay hostilidad. Su caída produce una satisfacción secreta, a veces apenas disimulada. No porque alivie una injusticia real, sino porque confirma una fantasía: si al otro le va mal, entonces mi padecimiento adquiere sentido. Así se consolida una forma sutil de crueldad, no necesariamente violenta, pero sí persistente y corrosiva, que se expresa en la burla, el linchamiento simbólico o la celebración del derrumbe ajeno.
Este funcionamiento necesita, además, de chivos expiatorios. El resentimiento requiere objetos donde depositarse para no volverse contra quien lo padece. No importa demasiado la coherencia entre causa y efecto: basta con señalar. La imputación opera como anestesia momentánea. Permite seguir adelante sin atravesar la angustia que implicaría asumir la propia falta, la propia incompletud, la propia responsabilidad en lo vivido.
Las redes sociales ofrecieron el escenario ideal para esta dinámica. El anonimato primero, y la lógica del aplauso después, habilitaron una circulación sin filtros del resentimiento. Decir cualquier cosa, de cualquier modo, dejó de tener costo simbólico. Más aún: en ciertos casos comenzó a tener recompensa. La exposición del rencor, lejos de generar vergüenza, pasó a ser un capital. Una forma rápida de pertenencia y, a veces, de ascenso.
Así se fue configurando un nuevo tipo de lazo social: una comunidad sin comunidad. Un conjunto de individuos unidos no por un proyecto común, sino por la necesidad compartida de oponerse. No importa demasiado a qué ni para qué. Lo central es el gesto negativo. Votar contra, hablar contra, existir contra. Una dialéctica sin síntesis, que se agota en su propio movimiento y deja tras de sí una sensación de vacío difícil de nombrar.
Este clima no pertenece a una ideología específica ni a una clase social determinada. Atraviesa discursos, banderas y tradiciones. Es, más bien, la respuesta afectiva a una época saturada de simulacros, de relatos grandilocuentes y de promesas incumplidas. Frente a esa saturación, el resentimiento ofrece algo simple y contundente: una explicación y un enemigo.
Pero ningún lazo social puede sostenerse indefinidamente sobre esa base. El resentimiento no construye futuro; apenas administra el malestar. Salir de este circuito implica recuperar espacios de encuentro reales, reinstalar la pregunta por el propio deseo y desconfiar tanto del cinismo cómodo como de las verdades envasadas que se imponen como modas. Tal vez allí, en ese gesto modesto pero radical, se encuentre una salida posible a este laberinto emocional que la época presenta como destino.







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