Sintonía fina en el Banco Central: entre la acumulación de reservas y la tensión por la liquidez

ECONOMÍA Agencia de Noticias del Interior
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  • Compras de divisas: El Banco Central acumuló más de 700 millones de dólares en 12 ruedas, mostrando un desempeño sólido pese a la baja estacionalidad.
  • Tensión por liquidez: La esterilización de los pesos emitidos para comprar dólares ha elevado las tasas de corto plazo a máximos del año, secando la plaza financiera.
  • Desafío del Tesoro: El fisco logró un rollover del 98% de su deuda, pero debió convalidar tasas muy altas que complican el perfil de vencimientos a largo plazo.
  • Canal financiero: El mercado estima necesario un ingreso de USD 1.500 millones mensuales vía préstamos para que el BCRA pueda comprar reservas sin generar estrés.
  • Atesoramiento y volatilidad: El nivel de demanda de dólares para ahorro privado se mantiene como la variable más impredecible que podría presionar sobre el equilibrio cambiario.
  • Ventana de financiamiento: El éxito del esquema depende de que el Gobierno logre reacceder al mercado de capitales entre marzo y junio para cubrir vencimientos externos.

El inicio de 2026 ha trazado un escenario de contrastes para la economía argentina, donde la calma superficial del mercado cambiario convive con una creciente tensión en el sistema financiero. En las últimas semanas, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) ha logrado retomar una senda positiva de acumulación de divisas, sumando más de 700 millones de dólares en apenas doce ruedas. Sin embargo, lo que en otra instancia sería motivo de celebración unánime, hoy es analizado con cautela por los operadores de la City: cada dólar que ingresa a las arcas oficiales dispara un complejo mecanismo de inyección y absorción de pesos que está recalentando las tasas de interés y dejando a la plaza financiera con una liquidez extremadamente ajustada.

El fenómeno responde a una mecánica de "circuito cerrado" en la administración monetaria. Para evitar que la emisión de pesos derivada de la compra de divisas alimente la inflación o presione sobre la brecha cambiaria, la autoridad monetaria ha recurrido a una esterilización agresiva. Este proceso ha llevado a que los pasivos remunerados del organismo caigan a niveles mínimos históricos, lo que, si bien sanea el balance de la entidad, deja al mercado sin "colchón" de pesos. La consecuencia inmediata se ha reflejado en el costo del dinero: las tasas de caución y los pases entre bancos han marcado nuevos máximos anuales, transformándose en un termómetro de la fragilidad del sistema. Cuando el fondeo de corto plazo se encarece de esta manera, el mercado interpreta que la estabilidad del dólar se sostiene bajo una presión financiera que podría volverse insostenible ante cualquier shock externo.

En este contexto, el objetivo más ambicioso del Gobierno para el presente ejercicio es la remonetización de la economía, es decir, lograr que la demanda real de dinero crezca y los pesos vuelvan a circular con normalidad en la transaccionalidad diaria. No obstante, el éxito de este plan depende de un equilibrio precario entre tres variables críticas: el nivel de atesoramiento de los particulares, el ingreso de préstamos financieros y las necesidades de dólares del Tesoro Nacional. Actualmente, el mercado observa con especial atención el canal de los préstamos financieros, ya que es la vía necesaria para compensar la demanda de divisas para ahorro. Se estima que el país requiere un ingreso mensual de unos 1.500 millones de dólares por esta vía para que el Banco Central pueda seguir comprando reservas sin asfixiar la liquidez del mercado interno.

Por su parte, el Tesoro Nacional enfrenta su propia "prueba de fuego" en las licitaciones de deuda. Aunque recientemente ha logrado renovar casi la totalidad de sus vencimientos, lo ha hecho a un costo elevado, convalidando tasas que condicionan el resto de la curva de rendimientos. Esta situación genera un círculo vicioso: tasas cortas muy altas dificultan el estiramiento de los plazos de la deuda y obligan al mercado a operar con un horizonte de tiempo cada vez más reducido. Además, las necesidades de divisas para afrontar pagos con organismos internacionales, como el FMI, obligan al fisco a utilizar sus depósitos en pesos para comprarle dólares al Central, lo que actúa como un factor adicional de absorción de liquidez, profundizando la sequedad de la plaza.

Hacia adelante, la ventana de tiempo que se abre entre marzo y junio será determinante. En ese periodo, el Gobierno buscará reacceder al mercado internacional de capitales para cubrir los vencimientos de mediados de año sin afectar las reservas netas. Si el ingreso de dólares financieros se mantiene firme y el atesoramiento se estabiliza en promedios históricos, el esquema de bandas cambiarias podría transitar el año con relativa calma. De lo contrario, si la falta de pesos persiste y la tasa de interés se mantiene en niveles críticos, la autoridad monetaria se verá obligada a activar "planes B", como la modificación de encajes bancarios o la compra de bonos del Tesoro en el mercado abierto para inyectar liquidez de manera directa.

En última instancia, el comportamiento del dólar en 2026 no dependerá de una sola variable, sino de la intersección de factores monetarios y fiscales. La acumulación de reservas es una condición necesaria pero no suficiente; la verdadera clave reside en lograr que esa acumulación no se traduzca en un estrés financiero que termine por socavar la confianza del inversor. La sintonía fina entre la tasa, el dólar y la deuda definirá si la economía argentina logra consolidar su proceso de normalización o si debe convivir con una volatilidad recurrente en un año que no da margen para errores de cálculo.

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