


Hay momentos en la historia de un país en los que los números dejan de ser fríos y pasan a ser políticos. El mayor superávit comercial energético jamás registrado por la Argentina, con un saldo positivo de USD 7.815 millones, es uno de esos hitos. No es casualidad, no es azar y mucho menos herencia: es resultado directo de un cambio profundo en la concepción del rol del Estado, impulsado por el presidente Javier Milei.
A ese superávit se suma otro dato contundente: exportaciones de energía por USD 11.086 millones, con un crecimiento interanual del 14,1 %. La energía, históricamente un problema estructural para la Argentina, dejó de ser un lastre y pasó a ser una solución concreta para la macroeconomía.
Durante décadas, el sector energético fue víctima de políticas populistas: tarifas congeladas, subsidios distorsivos, discrecionalidad y una permanente expulsión de inversiones. El resultado fue siempre el mismo: déficit, importaciones caras, pérdida de dólares y dependencia externa. La energía drenaba los escasos recursos del país y se convertía en uno de los principales factores de inestabilidad económica.
Con Milei, ese ciclo se terminó.
La normalización del sector energético, basada en reglas claras, previsibilidad y respeto por las señales del mercado, permitió recomponer la producción, mejorar la infraestructura y potenciar las exportaciones. La inversión volvió a fluir, especialmente en Vaca Muerta, donde el potencial dormido durante años empezó finalmente a transformarse en producción real y dólares genuinos.
Este cambio no es menor ni sectorial: impacta de lleno en toda la economía. Cada dólar que ya no se importa en energía es un dólar que queda en el país. Cada exportación adicional fortalece la balanza comercial, mejora las reservas y reduce la vulnerabilidad externa. El superávit energético se convierte así en una pieza clave del proceso de estabilización macroeconómica que impulsa el Gobierno nacional.
El contraste con las gestiones kirchneristas es inevitable. Donde antes hubo improvisación, hoy hay planificación. Donde hubo ideología, hoy hay racionalidad económica. Donde se castigó al que invertía, hoy se lo incentiva. El resultado está a la vista y es medible.
Lejos del relato, los hechos hablan. La energía se perfila como uno de los pilares del crecimiento argentino en los próximos años, con proyectos de ampliación de capacidad, nuevas inversiones y una demanda internacional sostenida. No se trata solo de Vaca Muerta, sino de un modelo que entiende que sin sector privado no hay desarrollo posible.
La experiencia vuelve a confirmar una verdad incómoda para el viejo statu quo: cuando el Estado deja de obstaculizar y se limita a garantizar reglas estables, la economía responde. En 2025, la cuestión energética no solo dejó de ser un problema crónico: pasó a ser una de las grandes soluciones de la Argentina.
Y detrás de ese giro histórico hay una decisión política clara, coherente y sostenida. Javier Milei hizo lo que durante años nadie se animó a hacer. Los números, esta vez, no mienten.





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