


Vivo en un lugar que se recibió de ciudad después del censo de 2022, aunque todavía tiene pocos habitantes y sostiene el espíritu de pueblo. Basta con preguntar un poco y rápidamente se obtienen referencias sobre cualquier vecino, porque todavía hay redes densas de relaciones sociales.
Los que huimos de la ciudad de Córdoba lo hicimos -en parte- buscando esas redes que se van disolviendo en las grandes aglomeraciones. No alcanza con ir siempre a los mismos negocios o practicar deportes en un club, circular por las calles de una gran urbe significa no conocer a la mayoría de las caras que uno se cruza.
En un pueblo eso es muy diferente, a partir de que los políticos no suelen ser de dedicación full-time, no en el sentido de la dedicación a la actividad o al aspecto rentado, sino que la vida cotidiana del vecino común (que en general tiene un negocio o una actividad independiente) se sostiene a pesar de las obligaciones de su cargo. No hay castillos de cristal o recintos especiales en los que los políticos hacen cosas de políticos, sino que concejales o intendente andan por la calle y es posible verlos (aunque es real que hay muchos que se van a un barrio cerrado en cuanto pueden, aunque esos suelen ser los que quieren jugar en primera y pegan cargo en el gobierno provincial).
Hace unos meses hay una serie de renuncias en el gobierno municipal que reflejan un estado general de las cosas, una problemática común a la gestión local en ciudades, pueblos y comunas que no tienen el tamaño de la capital, que parece casi una provincia.
Hay tres aspectos que parecen afectar fuertemente la gestión a nivel de las ciudades pequeñas. Primero, la falta de recursos económicos y la organización federal, según la cual los municipios no pueden cobrar impuestos o imprimir dinero, sino que dependen en gran medida de la coparticipación. En segundo lugar, la existencia de una burocracia y un plantel de empleados públicos que no consiguen trabajo en el sector privado. Tercero, la presión de los vecinos, que se manifiesta en redes sociales que hacen permanentes y visibles los intercambios que antes quedaban en la cola de la verdulería o la puerta de la escuela.
Hablando con un funcionario de los que está al borde de abandonar el barco, me decía que el municipio pierde 90 millones de pesos mensuales por el servicio del agua y 50 millones por el dispensario, casi 100.000 dólares por servicios que representan una de las mayores preocupaciones de los vecinos. La ciudad tiene 6.600 viviendas según el censo, por lo que cada una debería aportar (además de lo que paga) unos 20.000 pesos extra para cubrir ese déficit.
“Si la línea nacional es del ajuste, de ahí para abajo ajustan todos, así que a nosotros también nos toca”, me dijo, entendiendo que la necesidad de ajustar los gastos a los ingresos no tiene cara de ningún partido o ideología, sino que esos debates tienen más que ver con los aspectos teóricos de la política que con la gestión del día a día. Por el tema del ajuste se refería, también, a que la provincia pasa poca plata en cualquier formato o modo.
Ese primer problema está estrechamente vinculado con el segundo, el de la burocracia y el empleo público. Uno de los funcionarios que renunció me decía que lo desesperaba la falta de recursos. Cuando le dije que era difícil por el tema del ajuste su respuesta fue clarísima: no es un tema de plata, sino de decisión política. No se puede tener 150 chicos en una escuela de verano sin personal para limpiar los baños. Mover a un empleado de un lado al otro no debería ser imposible. Después de casi dos años decidió volver a su actividad privada, porque nadie quiere quedar pegado en las consecuencias de las acciones de empleados que son la cara visible de una gestión y la pueden arruinar actuando maliciosamente y por intereses propios.
Otro de los funcionarios que renunció se quejó por los tiempos para conseguir que salgan los papeles para algo tan sencillo como ir a buscar restos de poda, trámite que podía llevar un mes por todo el periplo burocrático dentro de la estructura municipal. Otra persona me contó sobre lo mismo pero desde otro lado: cuando pasaron frente a la pila de ramas con el camión, el vecino los paró para que se las lleven. El conductor le dijo que debían terminar el viaje y después volvían a buscarlas. Cuando llegaron a destino solo les quedaba tiempo para ir a devolver el camión, así que allí quedaron las ramas.
El tercer problema es el de los vecinos, que pueden difundir estas cosas con mucha más facilidad que en una ciudad grande. “Pueblo chico, infierno grande” es también un dolor de cabeza para los políticos, porque siempre hay minorías pequeñas e intensas dedicadas a recopilar y reproducir el malestar en las redes, difundiendo todas las cosas que no funcionan.
Por supuesto que eso no está mal, sino que son los gajes del oficio, pero afecta también la voluntad de la gente con ganas de cambiar las cosas que se suma a un gobierno municipal, donde los colores partidarios no son tan importantes como en otros órdenes. Están muy pendientes de los comentarios y sufren por cosas que leen y deberían ignorar.
El resultado de toda esta combinación de problemas es que quedan tomando decisiones personas peor preparadas, que tendrían dificultades para prosperar en el sector privado, con paciencia para la burocracia y vínculos con los empleados públicos, de los que no tienen problemas con que el municipio pierda plata todos los meses porque ellos cobran antes que el resto, encuentran un dato sobre un terremoto barato o consiguen el favor para resolver los problemas de lo que ya compraron.
La política local puede ser mucho más simple, pero también más cruda, que la provincial.
CON INFORMACION DE DIARIOALFIL.





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