¡FUISTE!

EDITORIAL 14 de agosto de 2019 Por
Un gobierno en estado terminal, un candidato opositor con la banda presidencial en el bolsillo y una ciudadanía en estado crítico. Es lo que hay
MACRI FUE

 Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba 

El título no surge de la mala leche de un articulista que con insistencia señaló desde el comienzo lo nefasto de un programa que procuró la reculturización regresiva de un pueblo con arraigadas convicciones sociales. Un proyecto conducido por un pequeño grupo de empresarios mayoritariamente ligados a lo que con justeza se denominó la patria contratista y a la especulación financiera, y que llegó al poder por unos cuantos votos de diferencia, por añadidura tomádos en préstamo de otras fuerzas políticas.

Ese título surge de lo que puede oírse y leerse ahora en radios y portales que durante tres años y medio se esmeraron en ensalzar la política y la filosofía del equipo gobernante, y de quienes las encarnaban, en tanto no dejaban pasar oportunidad para denostar a los funcionarios de la administración anterior, usando y alentando los peores epítetos. Hasta Nelson Castro salió a diagnosticarle a Macri la enfermedad de Hubris, que en su momento le endilgó a Cristina Kirchner.

Hoy, esos mismos periodistas que están haciendo leña de un árbol a punto de caerse nos retrotraen a la imagen de Héctor Magnetto diciéndole en la cara a un presidente, que se había convertido en un estorbo. Un presidente que debía entregar el mando luego de que el candidato de su partido fuera derrotado en las elecciones y estaba acosado por una hiperinflación de sospechoso origen.

Errar es humano, y echarle la culpa a otro es más humano todavía, suele decirse. Es una verdad, popular y bastante malintencionada, pero no por eso menos ajustada a los hechos. A esa reflexión podría agregársele que descargar la responsabilidad en terceros puede ser eficaz, a lo sumo, una vez o dos. Pero que cuando se repite a lo largo del tiempo descubre la realidad de los hechos.

Hoy queda claro para todos que, mezcla de impericia y conveniencia propia de quienes se situaron a ambos lados del mostrador, el gobierno de Cambiemos no hizo otra cosa que demoler un país cuyo timón le fue entregado con todas las condiciones para seguir navegando en la senda de estabilidad y progreso en que se encontraba en 2015.

La ficción de “la pesada herencia” fue esgrimida una y otra vez por el presidente y sus ministros. No hubo tal: al Fondo Monetario se le había pagado la deuda dólar sobre dólar. A los llamados holdouts, que habían comprado por monedas los bonos argentinos defaulteados por De la Rúa, se les iba pagando lo poco que quedaba, y había un horizonte de deuda remanente liviano y extendido, que no comprometía el desenvolvimiento económico argentino.

Todo esto no significa que se había superado la denominada “restricción externa”, el crónico problema argentino que consiste en la escasez de divisas. Es que el kirchnerismo no tuvo la fuerza suficiente -ni la vocación, podría tal vez agregar Del Caño- para frenar la sangría de divisas, como lo hizo Perón en su momento, con la creación de la Flota Mercante Argentina y nacionalización de los embarques; con la nacionalización del comercio exterior, los bancos y los seguros, entre otros.

Hoy la mayor parte de los alimentos procesados de industria nacional es producida por empresas extranjeras, al igual que los artículos de sanidad y limpieza. Los dueños de grandes superficies de ventas minoristas también son del exterior. Qué puede esperarse cuando se pone en manos de capitales extranjeros tareas para las cuales existe capacidad local de sobra, como cobrar peajes o contar votos?

El gobierno de CFK presionó a las empresas para que contuvieran las remisión de utilidades a sus casas matrices, y la AFIP asustaba a los pequeños compradores de dólares y viajeros al exterior (quienes de todos modos conseguían las divisas a menor precio que en el mercado informal). De eso y poco más se trató el así llamado “cepo”, palabra que la oposición de esos momentos pudo imponer para estigmatizarla, y que apenas recientemente algunos políticos kirchneristas, particularmente Axel Kicillof, salen a rechazar.

Alberto Fernández, si finalmente accede a la presidencia, deberá comenzar a levantar un país destruido y hambreado, una tarea colosal a la que los dueños del poder económico habrán de ponerle todos los palos en la rueda que tengan a su alcance. Ellos no querrán pagar ni su parte en la reconstrucción. Tienen capacidad de hacerlo, y amenazan con irse si no se les garantiza la libertad que reclaman: “O me aseguran que no habrá cepo ni retenciones, ni plazo para liquidar exportaciones, o me voy con mi plata a Miami u otro sitio acogedor”.

Menuda tarea a la que los argentinos que recibimos la posibilidad de recuperar las banderas de independencia económica, soberanía política y justicia social, quedamos comprometidos.

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