EL INCREÍBLE Y AMADO BARRIO CLÍNICAS

LECTURA DEL DOMINGO Por
Las “yiras” (prostitutas ambulantes) de ese barrio sí que nos hacían felices. Por un lado, sustituían a la familia lejana haciéndonos compañía y se establecía una corriente de afecto
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En el año 1958 recalé en ese barrio, donde se empezó a “perder” mi juventud de Río Cuarto, pues escogí ir a Córdoba a estudiar odontología una vez acabé mi bachillerato...


¡¡Córdoba!!... La docta mediterránea... Lo primero que me sobrecogió de ella fue el eco colonial profundo y grave del pregón espectral de sus campanadas, cual si pusieran un dosel o un toldo de hispanidad “cubriendo” las cúpulas de sus numerosas iglesias.


¡El Clínicas…! Yo nunca había pisado esa ciudad ni ninguna otra de parecida importancia, solo conocía el lugar donde nací y algunos pueblos vecinos, puedes darte cuenta el temor y recelo que se apoderaron de mi; fui a vivir en la calle Sol de Mayo 79, ahí me hice erudito en supervivencia, emergiendo a la superficie gracias a las pulmonadas de mi vieja y viviendo de prestado en uno y otro lado, ahí aprendí que en el mundo quedaban personas generosas y solidarias. El cambio era profundo en todos sus matices. (Más que el cambio de Córdoba por Barcelona que hice posteriormente).


Reemplazar las “rasquetas”, típicas de Río cuarto, por las “chipacas” y “criollitos” de  Córdoba; la leche del  lechero por la embotellada “SanCor”, hasta el sabor del agua. A la hora de la siesta la radio tenia voz de “León de Francia” y música de la “Danza de la Gitana”; casi todos nos prendíamos con verdadera devoción al radioteatro de Jaime Kloner y Ana María Alfaro por la LV2.


Las “yiras” (prostitutas ambulantes) de ese barrio sí que nos hacían felices. Por un lado, sustituían a la familia lejana haciéndonos compañía y se establecía una corriente de afecto. Hacían prolongadas prestaciones de mujer y madre quedándose a vivir, hasta que se cansaban al final de estrujar y estrujar ropa amontonada en los piletones, que les dejaban como beneficio las manos percudidas, con olor a “Lavandina” y la comprobación de que ninguno de esos chicos sería para ellas. Pobres...


En cambio, para noviar, se organizaban en el barrio los asaltos (guateques), en una casa de familia, en los que las chicas se encargaban de la comida y los muchachos de la bebida; la más habitual era la Coca-Cola con Cubana Sello Verde (Cubalibre). ¡Y a bailar al sonido del Viejo Winco! Pero sin hacerse el piola, pues las viejas (en esa época todas gordas) hacían el papel de sargentonas sentimentales, sentadas en la orilla de la habitación mirando “distraídamente” que no nos pasáramos con las hijas, sobre todo a la hora de bailar “el lento” Siete notas de Amor del trío Los Panchos o el infaltable Ray Connif, corolario de la velada danzante, que se animaba también con los sones trepidantes de los primeros rock-and-rolls de Bill Halley y sus Cometas.



¡El Clínicas…! Mezcla de barrio y aldea (no global, sí felizmente utópica y pobre), lírica balada estudiantil hecha con mesa redonda de Arciniegas y lunita tucumana. ¡Ay! ¿Qué fue de ti, Marcela Tetta? ¿Estarás pensando en quién necesitará un colchón o una manta para dormir, o tal vez una empanada? Tú bien sabías que éramos casi niños y que al animal herido no se le aprecia el hombre, sino más bien el hambre… Como olvidarme de doña Marcela, roble tucumano con forma de mujer que daba comidas para estudiantes en su casa-almacén-hogar-boliche, en la esquina de Nueve de Julio y Chubut. Era la mamá de mi amigo Nené, el flaco Martín Tetta que ahora vive en Nueva York desde el año 74.


Nené fue mi primer compañero de facultad e integrante del conjunto folclórico “Los Calchaquíes” y el primero que me hizo conocer una casa de familia.


¡Y las universitarias de entonces…! Eran capaces de la vulgar terneza de guardar un pensamiento reseco entre las hojas de un libro… Quizás dulcificaban aquellos cuatro volúmenes catedralicios de anatomía; la sola mención de su autor, Testut Latarjette, desnudaba nuestra ignorancia hasta provocarnos miedo. Esas chicas no sabían como ahora de posturas... Sus únicos rebusques eran simplotes, como dar besos mariposa (eso de restregarse las pestañas con las del otro), hacer el toldo con la sábana de arriba y colcha también si hacía mucho frío... No faltaba nunca en las covachuelas de los futuros médicos los esqueletos de los anónimos que fueron a dar con sus huesos a otra parte, porque no tenían dónde caerse muertos.  Y aquella calavera que tenía grabado en el frontal el memorable “Yo soy lo que tu serás”... Osamentas parias sin limbo, cielo ni infierno. Altruistas esqueletos que cumplen mejor servicio que los donantes de órganos o velatorios como Dios Manda. Son y serán mejores por la sencilla razón que sirven para ayudar a los vivos a conocernos y para que los investigadores de la medicina puedan prolongar y administrar mejor la vida, amén de no sufrir el estatus de los muertos de tanatorio.



¡El Clínicas…! Barrio de poetas, artistas, médicos, guitarreros… Verdadero páramo urbano, geografía languideciente que invitaba al bostezo leonino (pero el de la Goldwing Mayer), refugio de casas, hospedajes y pensiones para estudiantes; inquilinatos promiscuos, algunos; complejo entramado de calles, muros y paredes descascarados, sin árboles y la botella verde de leche en la puerta todos los días al alba, con muchos guardapolvos blancos que salían en desbandada a jugar a doctores todas las mañanitas bien temprano (a eso de las doce)…


Ahí el dolor de cervicales se desconocía y se registró muy seguramente el índice más bajo de cardiopatías antes del By-Pass: se evitaban con vino Facundo.


¡Semana del estudiante! Con las tropelías etílicas de casi todos (otra que los del botellón actual). Era tan infernal el bochinche a tal punto que las familias que vivían en el barrio se recluían en sus casas para guarecerse de la horda, en caso de no querer participar en esas festicholas. Siempre odié la fiesta del estudiante, por masificadas, bárbaras y pelotudas.


¡El Clínicas…! De noche las ventanas abiertas, estudiantes en calzoncillos, en vigilia toda la noche, eufórica noche gracias al mate y el café, adictos la gran mayoría a las anfetaminas: estenaminas y actemin. Este último te dejaba los ojos abiertos como si tuvieses dos palillos entre los párpados. Fuí consumidor compulsivo de las dos al pisar los 19 o 20 años y del pucho, también, y el vino... para que hablar.


Ya despuntaba mi vicio de “viajero” que más tarde iba a marcar mi vida (más que la nicotina en los alvéolos y el alcohol en los hepatocitos). Cursando el segundo año de la carrera (1959), abandoné las materias desistiendo de ir a las clases y prácticas para conocer lo que era mi sueño de pibe: Buenos Aires... Me demoré lo suficiente para que me dejen libre en la facultad, no agoté mi periplo en la capital, sino que lo prolongué rumbeando en tren, lancha y ómnibus por las ciudades de Paraná, Santa Fe y Rosario.


¡El Clínicas…! Allí vivía con un peruano de Arequipa que era presidente de la Federación Juvenil Comunista de Córdoba y estudiante de medicina, a quien cada dos por tres metían preso, Jaime Alemán Valdivia.  Me enseñó a comer gatos, tiernecitos, de pocos meses, a quienes dábamos mucha leche para desintoxicarlos y luego él los mataba a balazos (yo nunca usé un arma).


Hasta que un día me dije: No puedo andar así, comiendo asados de gatos, robando gallinas, macetas de hierro forjados con figuras de cisne rematadas con hermosas plantas en el pico y las alas, lámparas de variado diseño y color para ornamentar el patio de la vieja casa que fue mi morada. Por esa causa sufrí mi primera detención en la seccional 11 de policía de Alberdi. Me tocó pasar solo una noche gracias a que el damnificado era un profesor de histología, el doctor Herrero (autor de la técnica histológica), cuyo hijo era amigo nuestro y le pidió a su padre que retirara la denuncia. La segunda vez que caí en cana fue en la seccional segunda por una trifulca a palos, botellazos y trompadas con estudiantes colombianos, a raíz de la cual recibí un garrotazo en un arco superciliar que me obligó a pasar por el hospital antes de pasar otra noche en el calabozo. Ahí perdí por varios puntos de sutura. Descubrí que eso de “soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno” no iba conmigo.


En tanto trabajaba en lo que podía, hasta me convertí en vendedor de vino ambulante con un grupo de cinco o seis chicos y chicas, íbamos casa por casa; desde el centro de Córdoba remontaba la calle 24 de Septiembre que conducía hasta San Vicente y barrio Altamira, los dueños de la “empresa”, unos inescrupulosos concesionarios nos descontaban hasta el boleto del tranvía o el ómnibus que teníamos que agarrar. No vendí nada, aún recuerdo el slogan de venta: “Buen cuerpo, graduación y mantenimiento…”.


También jugaba al fútbol en la Cuarta División de Universitario, junto al colorado Marcos Marchini y el Mario Balliano, nos dirigía el Pholo Toledo, un técnico amigo que más tarde fue renombrado en Córdoba. Como a él lo dejaron cesante en el cargo, nosotros hicimos causa con su problema y dejamos de pertenecer al plantel justo cuando éste nos iba a ascender a la reserva... no podía ser... siempre apaleado o desplazado, tenía que dar un brusco golpe de timón a mi vida. ¿Cantar tangos? Imposible, primero porque era una época en que había fanatismo por el folclore, sobretodo debido al auge de Los Fronterizos y Los Chalchaleros y en segundo lugar porque no sabía cantar.


Luego de esta descripción autobiográfica “tipo collage” o “pastiche”, con los temas descoordinados de mi vida, porque tampoco las cosas siguen un orden concertado… Y con todo, me siento realizado, aunque alterando un tanto el famoso tríptico:

 
He escrito un árbol,
He plantado un libro y
He tenido dos hijos. 
(Aclaro: mi ex esposa, pues ningún hombre sabe en realidad si son de él)

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