Dólares y dolores

EDITORIAL Por
Una deuda externa terrorífica y dólares que encuentran muchos caminos para salir y muy pocos para entrar. “Ya lo enfrentamos una vez y salimos.Volveremos a superarlo nuevamente”, dice Alberto Fernández
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 Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba 

“Hay que producir y exportar, de ahi vienen los dólares” declaró el flamante precandidato a la presidencia. Nadie puede discutir ese punto, pero profundizando en el tema se llega a aristas más que espinosas.

Como es de dominio público, y hoy se lo recuerda en todos los programas de una TV que le está dando a Fernández gran parte de su programación diaria, una de las grandes diferencias entre los integrantes de la fórmula kirchnerista estuvo centrada en el llamado cepo.

La restricción a la compra y/o transferencia de divisas, que es a lo que durante el gobierno de Cristina se dio el mismo nombre que al antiguo instrumento de tortura, proviene de lo que los economistas denominan “restricción externa”, que no es otra cosa que la escasez de las divisas necesarias para pagar las importaciones y la deuda.

Durante las administraciones kirchneristas se transitó desde un momento en que existía un superavit en las cuentas externas -esto es entraban más dólares que los que salían- a la situación inversa, con una mengua de divisas que se iba tornando crítica.

En vista de este estado de cosas, el gobierno de Cristina apeló a disminuir la salida de dólares con medidas restrictivas a la compra y transferencia, que llevó a la oposición a darle el nombre peyorativo con que se popularizó.

Macri tuvo como uno de los principales promesas el levantamiento de esas medidas. Era un ofrecimiento que se hacía bajo un fundamento de filosofía liberal: eliminando las trabas los dólares no escasearian; por el contrario, habría un flujo de dólares tan grande que superaría la salida hacia el exterior por importaciones, turismo, remesas de ganancias de compañías extranjeras, etc.

Como todos sabemos, el programa estuvo lejos de funcionar: el ingreso de divisas, anunciado en la forma del remanido slogan “lluvia de inversiones”, no ocurrió. Paralelamente, la apertura de las importaciones, el auge del turismo al exterior y la liberación de los flujos de capitales -timba financiera incluida- llevó a un acogotamiento de la capacidad de maniobra en cuanto a las reservas y su disponibilidad. Agotados los abundantes préstamos tomados en los mercados financieros externos, con los bolsillos vacíos, y el agua al cuello, al gobierno de Cambiemos le quedaron solamente dos caminos: declarar el default o pedir el salvavidas del Fondo Monetario Internacional.

Lo que pasó es historia reciente: el Fondo -alentado por el gobierno estadounidense, de mala relación con todo lo que tenga olor a populismo- le dio a Macri el mayor préstamo que otorgó jamás a ningún país. ¿Y qué se hizo con todo ese dinero, que suma cincuenta y siete mil millones de dólares? Nada. Nada útil al menos. Simplamente se lo lanzó al mercado, para que los extranjeros -luego de obtener pingües ganancias en operaciones financieras durante los períodos en que el precio del dólar se mantiene estable- los recompren ampliados y se lo lleven de vuelta a su país, en tanto que los nacionales los conviertan en inversiones inmobiliarias en Miami o los resguarden en los paraísos fiscales.

No todos los dólares que el Banco Central vende se van, ciertamente. Parte queda “en el colchón” de los particulares, o éstos los depositan en el banco. De todos modos salen del circuito económico, aunque en este último caso al menos siguen figurando entre las reservas del Central, una presencia puramente testimonial (hasta que, eventualmente, como sucedió, el Estado se los apropie y los convierta en un bono a muchos años de plazo).

Macri apostó a la exportación de productos agropecuarios y mineros como la solución a los problemas de la restricción externa. La cosecha de granos se incrementó y mejoró la balanza comercial energética (a costa de tornar impagable el servicio eléctrico para gran parte de la poblacion). Pero, como dice el Presidente “pasaron cosas”. La sequía redujo el año pasado la cosecha exportable; este año el precio de la soja se derrumbó y las inundaciones arruinaron miles de hectáreas de cultivo. También contribuye a la escasez de dólares la eliminación de la obligación de que los exportadores liquiden sus ventas -lo que hace que ingresen divisas en el Banco Central- en un plazo perentorio, como ocurría previamente. El BCRA también sufre mermas en sus arcas por la eliminación de las retenciones a la exportación de algunos granos y la baja de este tributo a otros.

¿Cómo va a hacer Alberto Fernández para revertir esta situación, en caso de asumir como presidente? El problema es de larga data, y sin duda muy difícil. Para tratar de echar algo de luz sobre el problema será útil revisar lo que al respecto dijeron dos economistas de enorme importancia: Marcelo Diamand -que dejó medulosas páginas al respecto- y Aldo Ferrer, recordado por su recomendación “Vivir con lo nuestro”. Algo para abordar en próximas columnas.

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