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date_published: "2026-07-09T14:34:00-03:00"
date_modified: "2026-07-09T00:09:11-03:00"
author_name: "Ricardo ZIMERMAN"
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category_name: "OPINIÓN"
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# Menos política para la política

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**Por RICARDO ZIMERMAN**

**x: @RicGusZim1**

**Hay debates que llegan demasiado tarde, pero cuando finalmente aparecen obligan a revisar mucho más que una ley. La discusión sobre el futuro de las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) pertenece a esa categoría. No se trata solamente de decidir si los argentinos deben votar una vez más o una vez menos. La verdadera pregunta es mucho más incómoda: ¿para quién funciona el sistema político? ¿Para los ciudadanos o para los partidos?**

**Durante años, buena parte de la dirigencia convirtió a las PASO en un símbolo de transparencia democrática. La teoría era impecable: ampliar la participación, democratizar la selección de candidatos y fortalecer a los partidos. La práctica, sin embargo, terminó dibujando un escenario muy distinto. En demasiadas oportunidades las primarias dejaron de ser una competencia real para transformarse en una formalidad extremadamente costosa, donde la mayoría de las fuerzas políticas llegaban con listas únicas y sin ninguna disputa interna.**

**El resultado fue un mecanismo que obligó al Estado a destinar enormes recursos económicos para organizar elecciones cuyo desenlace, en muchos casos, ya estaba definido antes de abrir las urnas.**

**En un país que durante décadas convivió con inflación, déficit fiscal, endeudamiento y una presión tributaria asfixiante, resulta inevitable preguntarse si semejante nivel de gasto sigue siendo justificable. La respuesta ya no puede apoyarse únicamente en argumentos teóricos sobre la calidad institucional. También debe contemplar la realidad económica de una sociedad que observa con creciente distancia cómo la política continúa preservando sus propios mecanismos mientras exige sacrificios permanentes al resto de la población.**

**Pero el problema tampoco termina en las PASO.**

**La discusión abre una puerta mucho más profunda: el modelo de financiamiento de la política argentina. Durante años se consolidó un sistema donde el Estado no solamente organiza las elecciones, sino que además sostiene gran parte del funcionamiento cotidiano de los partidos políticos. Ese esquema terminó multiplicando estructuras que muchas veces tienen escasa representación social, pero conservan personería jurídica, recursos públicos y presencia electoral.**

**La consecuencia es un fenómeno paradójico. Mientras la ciudadanía expresa niveles crecientes de desconfianza hacia la dirigencia, el sistema político parece expandirse cada año sobre sí mismo. Más partidos, más estructuras, más cargos, más recursos. No necesariamente más representación.**

**La desconexión entre la política y la sociedad encuentra allí una de sus explicaciones.**

**También aparece otro elemento que suele pasar inadvertido. En varias provincias los ciudadanos son convocados repetidamente a las urnas a lo largo de un mismo año para elegir autoridades municipales, provinciales, nacionales y, eventualmente, participar de elecciones primarias. La acumulación de procesos electorales no siempre fortalece la democracia. Muchas veces produce exactamente el efecto contrario: desgaste, apatía y una participación cada vez menor.**

**Las estadísticas electorales de los últimos años muestran un dato que debería preocupar a todo el sistema político, independientemente de las ideologías. El ausentismo dejó de ser una excepción para convertirse en una tendencia.**

**Cuando una parte creciente de la sociedad decide no votar, el problema ya no puede atribuirse únicamente al clima o al calendario. Empieza a reflejar una crisis de confianza.**

**Y esa confianza difícilmente pueda recuperarse únicamente modificando una ley electoral.**

**La dirigencia suele discutir herramientas cuando el verdadero debate debería girar alrededor de los incentivos. Si los partidos continúan funcionando con la misma lógica de siempre, eliminar las PASO no resolverá automáticamente los problemas de representación. Tampoco mantenerlas garantizará una democracia más sólida.**

**La calidad institucional depende mucho más de la calidad de quienes participan en ella que del procedimiento utilizado para seleccionar candidatos.**

**Mientras tanto, el oficialismo aprovecha esta discusión para avanzar sobre otro objetivo político: reconfigurar el mapa de alianzas.**

**Las reformas electorales nunca son neutras. Siempre modifican incentivos, alteran estrategias y redefinen la forma en que los espacios políticos construyen poder. En ese contexto, la eliminación de las primarias aparece también como una herramienta para ordenar el sistema alrededor de nuevas mayorías y obligar a los partidos a resolver sus diferencias puertas adentro.**

**No sorprende, entonces, que las negociaciones con gobernadores, dirigentes provinciales y sectores aliados estén íntimamente vinculadas con este debate.**

**La política, después de todo, nunca discute solamente principios. También administra intereses.**

**En paralelo, el Gobierno intenta consolidar un relato que combina austeridad fiscal con reforma institucional. La narrativa resulta coherente desde el punto de vista discursivo: si el Estado debe reducir gastos en todas las áreas, también debería hacerlo en el funcionamiento de la propia política.**

**Ese argumento encuentra receptividad en una sociedad cansada de financiar estructuras que muchas veces percibe como alejadas de sus problemas cotidianos.**

**Sin embargo, la reducción del costo político no puede transformarse en un objetivo aislado.**

**Una democracia más barata no necesariamente es una democracia mejor.**

**La verdadera discusión debería incorporar otros temas que permanecen pendientes desde hace décadas: la transparencia en el financiamiento partidario, la rendición de cuentas, la duración de las campañas, el uso de recursos públicos, la profesionalización de los organismos electorales y la simplificación de un sistema que muchas veces resulta incomprensible incluso para quienes participan activamente de él.**

**También sería oportuno revisar la enorme fragmentación partidaria que caracteriza a la Argentina. La proliferación de sellos electorales muchas veces responde más a estrategias de supervivencia política que a auténticas diferencias ideológicas. Esa dispersión dificulta la gobernabilidad, fragmenta las representaciones legislativas y termina alimentando acuerdos circunstanciales que poco tienen que ver con proyectos de país.**

**En definitiva, la discusión sobre las PASO funciona como un espejo.**

**Refleja una política que comienza a comprender que la paciencia social tiene límites. Que los ciudadanos ya no aceptan con la misma naturalidad estructuras costosas diseñadas para resolver conflictos internos de los partidos. Que la legitimidad democrática también depende de administrar con responsabilidad los recursos públicos.**

**Pero también obliga a reconocer que ninguna reforma electoral, por sí sola, devolverá la confianza perdida.**

**La representación política no se reconstruye únicamente modificando normas. Se recupera cuando quienes gobiernan demuestran coherencia entre el discurso y los hechos, cuando los partidos vuelven a representar ideas antes que intereses y cuando la ciudadanía siente que el esfuerzo que realiza todos los días encuentra un correlato en dirigentes capaces de administrar con la misma responsabilidad que exigen al resto de la sociedad.**

**Quizá allí resida el verdadero desafío.**

**No decidir simplemente si las PASO deben continuar o desaparecer, sino aprovechar esa discusión para revisar de una vez por todas cuánto cuesta la política, cuánto valor aporta realmente y, sobre todo, si está dispuesta a reformarse con la misma profundidad que les reclama a los argentinos.**

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