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title: "La esperanza vuelve en los ojos de un niño"
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date_published: "2026-05-27T06:00:00-03:00"
date_modified: "2026-05-27T06:33:01-03:00"
author_name: "Por José Ademan Rodríguez"
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# La esperanza vuelve en los ojos de un niño

![close-up-of-a-large-adult-hand-gently-holding-the-small-delicate-fingers-of-a-child-photo](https://static.vecteezy.com/system/resources/thumbnails/069/922/763/small/close-up-of-a-large-adult-hand-gently-holding-the-small-delicate-fingers-of-a-child-photo.jpeg)

En tiempos donde pareciera que todo pasa por la imagen, el éxito rápido o las apariencias, muchas veces olvidamos que las enseñanzas más profundas siguen viniendo de los lugares más simples. La vida tiene una costumbre curiosa: las personas más humildes suelen ser las que más nos conmueven, las que más sabiduría transmiten y de las que más ejemplos podemos tomar.

No hablan desde los libros ni desde teorías elaboradas. Hablan desde las cicatrices, desde el esfuerzo cotidiano, desde las derrotas superadas y desde una experiencia de vida construida muchas veces a fuerza de sacrificio. Son hombres y mujeres que quizás jamás ocuparán un cargo importante ni aparecerán en televisión, pero que entienden valores esenciales que buena parte de la sociedad moderna parece haber olvidado: la dignidad del trabajo, el respeto, la solidaridad, la palabra y la importancia de las pequeñas cosas.

Hay algo profundamente auténtico en la gente sencilla. Tal vez porque aprendieron a valorar lo poco, porque conocen el dolor de cerca o porque entienden que la felicidad rara vez pasa por lo material. Y en esa aparente simpleza aparece una mirada mucho más humana y más profunda sobre la vida.

Muchas veces, una charla casual con una persona humilde deja más enseñanzas que horas enteras escuchando discursos grandilocuentes. Porque cuando alguien habla desde la verdad de lo vivido, desde la experiencia real y no desde la pose, cada palabra adquiere otro valor.

Por eso nunca hay que subestimar las historias mínimas, los relatos sencillos ni las voces anónimas. Allí, muchas veces, se esconden las reflexiones más honestas y las lecciones más importantes que todavía vale la pena escuchar.

𝓙𝓸𝓼é 𝓐𝓭𝓮𝓶𝓪𝓷 𝓡𝓸𝓭𝓻í𝓰𝓾𝓮𝔃

Por momentos, las conversaciones más profundas aparecen en los lugares más inesperados. No en un aula universitaria ni en un congreso de pedagogía, sino en un bar chino, cuando todavía el sol apenas empieza a despuntar y el silencio de la madrugada deja espacio para pensar. Allí conocí a un hombre de 77 años que, con la serenidad de quien ya vio demasiado, terminó hablando de algo que parece sencillo, pero que encierra una de las tragedias silenciosas de esta época: la pérdida de la imaginación infantil.

Yo, con 86 años encima, no pude evitar coincidir con él. Porque basta mirar alrededor para advertir que a los niños de hoy les sobra entretenimiento, pero les falta fantasía. Les sobran juguetes, pantallas y estímulos prefabricados, pero les falta esa capacidad maravillosa de inventar mundos con nada.

Mi generación creció prácticamente sin juguetes. Y quizás, justamente por eso, aprendimos a imaginar. Un palo podía convertirse en espada, una caja en castillo y unas chapas viejas en un tren entero con locomotora y vagones incluidos. No necesitábamos pilas ni pantallas táctiles. Necesitábamos apenas tiempo, amigos y ganas de crear.

Y en ese acto simple de inventar también nacía algo mucho más importante: la sociabilidad. Porque esos juegos eran colectivos. Había que compartir, discutir reglas, negociar personajes, aprender a perder y volver a empezar. Hoy, en cambio, muchos niños reciben montañas de regalos que terminan aislándolos. Cada uno encerrado en su propio universo digital, sin interacción verdadera, sin conversación, sin calle, sin barrio y sin imaginación.

La industria del entretenimiento infantil parece haber descubierto un negocio perfecto: fabricar consumidores desde la cuna. Todo viene hecho. Todo viene pensado. Todo viene diseñado para que el niño no tenga que crear nada. Apenas apretar botones y consumir estímulos. Y cuando la imaginación deja de ejercitarse, también empieza a atrofiarse el pensamiento crítico.

Tal vez por eso personajes como Quino crearon obras eternas como Mafalda, porque entendían que los niños podían reflexionar sobre las grandes preguntas de la vida sin necesidad de ser tratados como idiotas. O quizás por eso Roberto Benigni logró en La vida es bella mostrar el horror nazi a través de la mirada inocente de un niño, transformando el espanto en una fantasía protectora para salvarle el alma.

Porque la inocencia no es ignorancia. La inocencia es pureza. Es mirar el mundo sin cinismo. Es la capacidad de asombro que los adultos perdimos mientras aprendíamos a desconfiar de todo.

Un niño no necesita que un influencer le explique cómo vivir. Necesita padres presentes. Necesita diálogo. Necesita verdad. Una madre y un padre deben enseñarles a sus hijos la realidad de cómo nacen los bebés, sin cigüeñas absurdas ni mentiras innecesarias, porque educar no es ocultar la realidad: es enseñarla con naturalidad, respeto e inteligencia, preservando al mismo tiempo la inocencia.

Los niños también poseen algo que los adultos olvidamos: la empatía natural. Son capaces de consolar, de perdonar rápido y de amar sin condiciones. No viven atrapados en el resentimiento permanente ni en la necesidad constante de aparentar. Un helado, una canción o un abrazo todavía pueden cambiarles el día.

Y mientras ellos miran el mundo, muchos adultos ni siquiera levantan la vista del celular. Basta entrar a cualquier plaza para ver madres y padres hipnotizados por una pantalla mientras el hijo busca una mirada, una palabra o simplemente atención. La tecnología, que debía acercarnos, muchas veces terminó separándonos incluso dentro de la misma mesa familiar.

También hemos transformado el juego en presión. En Argentina, por ejemplo, parece que todo niño debe convertirse obligatoriamente en el próximo Lionel Messi. El fútbol dejó de ser diversión para convertirse en obsesión colectiva. Padres frustrados trasladan sus sueños a criaturas que todavía deberían estar jugando por alegría y no por rendimiento.

Sin embargo, pese a todo, la inocencia infantil sigue siendo una esperanza. Porque cada niño nos recuerda que todavía existe la posibilidad de un mundo menos cruel. Nos obliga a preguntarnos en qué momento dejamos de maravillarnos por las pequeñas cosas.

Quizás la verdadera sabiduría no esté en acumular conocimientos, sino en conservar algo de esa mirada limpia que tienen los chicos. Esa capacidad de vivir el presente, de imaginar imposibles y de encontrar felicidad donde los adultos ya no vemos nada.

Y tal vez sea cierto aquello de que Dios nos premia por no haber matado a nuestros hijos… dándonos nietos. Porque son ellos quienes nos devuelven, aunque sea por un instante, la inocencia que el mundo nos fue quitando.

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