La Plaza de Georgieva

OPINIÓN Por Carlos Pagni*
DiaMilitancia-Congreso-696x477

El historiador francés Pierre Chaunu sostenía que para entender un hecho histórico, para poder comprender la singularidad y el sentido de un acontecimiento, convenía hacer dos ejercicios: ponerlo en la perspectiva de los últimos 50 años anteriores y compararlo simultáneamente con circunstancias similares en otras sociedades, en otros países.

Podemos poner las elecciones que se celebraron en Chile a la luz de las elecciones argentinas y viceversa, y se explican mutuamente. ¿Por qué? Porque está pasando algo en toda la región, que con matices y con la modalidad propia de cada sociedad, tienen algún rasgo parecido.

¿Qué pasó o está pasando en Chile? Está sucediendo el hundimiento del centro político. Chile que, durante 30 años estuvo administrada por el centro, ahora registra que las preferencias de los votantes se van hacia los extremos. Hay un rechazo a la oferta de la política tradicional.

Ya tuvimos un antecedente de esta tendencia, porque hubo primarias en julio donde los que ganaron fueron los desafiantes. Los favoritos, aquellos que las encuestas suponían que iban a ganar, perdieron. El domingo hubo otra novedad en Chile y es que hubo una radicalización del voto hacia la izquierda y hacia la derecha. Quedaron instalados para la segunda vuelta, que se va a celebrar el 19 de diciembre, dos candidatos. José Antonio Kast, un candidato de derecha, procedente de una familia de exiliados alemanes, militante católico, que hace todo un recorrido parlamentario en la derecha tradicional y filo pinochetista, y arma después su propio partido, el Partido Republicano, con el que adopta características nítidamente extremas. Siempre se quiere encasillar a la gente con las comparaciones: lo llaman el Bolsonaro chileno, el Trump chileno. Es Kast. Tiene particularidades propias del debate de la derecha en ese país. Sacó 27,91 por ciento de los votos, menos de un tercio. Y detrás de él, para la segunda vuelta, se ubica Gabriel Boric, que es un líder de la izquierda, de una izquierda nueva en Chile. Impugna al Partido Socialista, a la izquierda tradicional, de ese centro al que nos referíamos, que se está hundiendo. Boric surge como líder estudiantil y ahí hace toda una carrera política que lo lleva también al Congreso y que ahora lo deja como segundo en esta elección, con 25,83 por ciento.

¿De qué estamos hablando? De un sistema que no solo se radicaliza, sino que se fragmenta. Es decir, las masas de consenso que reúne cada dirigente son pequeñas. Es difícil gobernar así. Más difícil todavía porque, cuando surgen candidatos para gobernar con tan poca base, les queda un Congreso bastante inmanejable. Porque -por definición- un candidato que saca tan pocos votos en la primera vuelta tiene muy pocos diputados y senadores en el Congreso. Comparativamente es algo peor a lo que le pasó a Macri cuando ganó en 2015.

La tercera fuerza es la del candidato Franco Parisi, quien sacó 19 por ciento de los votos. Se ubicó tercero. Las fuerzas tradicionales chilenas quedaron cuartas. Parisi hizo campaña desde los Estados Unidos sin pisar Chile; entre otras cosas, por algunos pleitos judiciales que no puede resolver. Esta es la rareza de la política chilena hoy.

¿De qué nos habla? De un parecido con la Argentina. ¿Algo idéntico? No. En la Argentina sigue habiendo dos coaliciones mayoritarias, el Frente de Todos y Juntos por el Cambio. Pero como venimos viendo desde las elecciones del 12 de septiembre y del 14 de noviembre, el Frente de Todos perdió 5.200.000 votos si se toma como punto de comparación las elecciones de 2019.

Perdió, con todo lo imperfectas que son las comparaciones, el 40 por ciento de los votos.

Juntos por el Cambio perdió 10 por ciento. Y hay que registrar que hubo una alta abstención y que hubo mucho voto en blanco. Y que las opciones de los que estaban disconformes con la oferta principal, los que rechazaron los platos tradicionales de ese restaurante, fueron a los extremos: hacia Javier Milei, José Luis Espert o el trotskismo, que se convirtió en la tercera fuerza en el país.

Esto está sucediendo en la Argentina de manera atenuada respecto de lo que pasó en Chile. Pero pasa en Perú, pasa en Brasil, pasa en Ecuador. En Colombia se está reestructurando la política: hay un gran avance de la izquierda que tiene asombrados a los colombianos, poco acostumbrados a una izquierda con tal volumen de adhesión.

A qué se debe. Nunca es fácil explicar con una razón este tipo de movimientos. Pero es evidente que se está manifestando un enorme malestar económico, que tiene que ver con la historia de la región. Estamos en un período de contracción, caída y contraciclo respecto de la gran bonanza que dominó a toda América Latina por el auge del precio de los productos que exporta, entre 2003 y 2013.

Entre 2013 y hoy, los números de cómo evolucionó la riqueza por habitante en cada país indican que en la Argentina se registró un retroceso del 2,4%; en Bolivia del -1,5%; Brasil tuvo una caída del 1,1%; Chile, del 0,05; Colombia, 0,6%; Ecuador, 1,1%; México, 0,4%; Paraguay, 2%; y Uruguay, del 0,4%.

Estamos hablando de una región que está estancada. Con clases medias que habían llegado a determinados niveles de consumo, beneficios y prosperidad, y que aspiraba a más, pero que ahora tienen que ir a menos.

Estados que, durante esa bonanza, capturaron parte de la riqueza y se agrandaron. La Argentina es, probablemente, la que más agrandó ese Estado en los tiempos de los Kirchner. Y ahora tiene que vivir con un Estado elefantiásico y una economía que ya no puede alimentar a ese elefante. Este fue el drama de la Argentina, fue el drama de Mauricio Macri, es el drama de Alberto Fernández y es el drama de toda la región.

En este contexto, se da el episodio de las declaraciones de Rafael Bielsa como embajador que son interesantes, no por lo que dicen de Bielsa, sino por lo que dicen del Presidente. Bielsa dijo que el que ganó, el candidato Kast, es antiargentino, es pinochetista, y lo calificó negativamente. Tras ello, el embajador argentino recibió una declaración de rechazo por parte de la cancillería chilena.

La cancillería chilena, que pertenece a un Gobierno -esto es lo interesante institucionalmente- salió a defender a un candidato que no es oficialista. Esta demostración de institucionalidad puso en evidencia a un embajador que se entrometió en asuntos de la política interna de Chile.

¿Por qué esto es interesante? Porque Bielsa está hablando de un proceso electoral. Exactamente de aquello de lo que Alberto Fernández no quiere hablar en el caso de Nicaragua, Cuba y Venezuela. Es decir, se lo acusa al gobierno argentino de hacer lo que ese mismo gobierno no quiere hacer: pronunciarse sobre dictaduras cuando se trata de dictaduras populistas. Ahí está la contradicción, que no es la única contradicción de Fernández. Porque él dice que no se quiere inmiscuir en asuntos internos de otros países, pero como miembro del grupo de Puebla, se ha cansado de firmar documentos sobre los gobiernos de la región que a él no le gustan. Es decir, un doble estándar que habla de una gran deficiencia de la política argentina. Y no es la única: hay, como veremos, otras más graves y costosas.

Todo esto es el contexto electoral no de la Argentina sino de la región. Y en este contexto electoral se manifiesta este problema: un gobierno que fantasea o fantaseaba con poder administrar una riqueza propia de otra etapa que fue expansiva y ahora se encuentra con que debe hacer un ajuste. Y a ese ajuste lo llama, metafóricamente, acuerdo con el Fondo.

Este es el marco, la agenda de problemas, que explican la plaza del miércoles pasado, la concentración que convocó Alberto Fernández que es sumamente interesante. Hay un rasgo de esa convocatoria, comentado hasta el hartazgo, que es la de festejar una derrota. Pero interesa otro aspecto de esta plaza. ¿Qué fue esa plaza, esa concentración convocada por Alberto Fernández, en qué curso de acción se inscribe?: en principio, fue una demostración de poder hacia Cristina.

Hace juego con otro episodio que hemos mencionado varias veces, y que -por una operación sistemática del Gobierno- pasó inadvertido. Me refiero a que, cuando hubo un piquete de ministros de Alberto Fernández, también un miércoles, pero después de la derrota de las PASO, el 15 de septiembre, hubo manifestaciones y pronunciamientos de los movimientos sociales, de un grupo de gobernadores entre los que estaba Juan Manzur, y de la CGT, a favor de Alberto Fernández y en contra de Cristina Kirchner. A ella se la veía moviendo los hilos de una asonada o de un vaciamiento de poder hacia el Gobierno. Con independencia de lo que ella y La Cámpora quisieran hacer.

Esa fue la primera exhibición que, en homenaje a la unidad, se trató de disimular. Hay un grupo ortodoxo, podríamos decir de centro o centro derecha, que quiere el orden, que quiere el acuerdo con el Fondo, y que quiere que la Argentina normalice su economía por una vía clásica, entendiendo las restricciones del presupuesto. Y ese grupo hizo una manifestación de respaldo a Alberto Fernández y de contradicción con Cristina Kirchner. Esto, destilado, estilizado, volvió a aparecer en la plaza del miércoles pasado. Alberto Fernández necesitó esa plaza para hacer una demostración de autonomía frente a Cristina Kirchner. ¿Para qué? Para demostrarle a los países que dirigen en el FMI que la derrota no lo afectó y que, además, él está en condiciones de gobernar porque tiene el respaldo del oficialismo.

Esta necesidad de hacer una demostración de fuerzas mirando al Fondo Monetario Internacional se vio agravada después de la reunión que tuvo el gobierno con Kristalina Georgieva en Roma. Fue una reunión durísima en la que el Gobierno se encontró por primera vez (centralmente, Martín Guzmán y Gustavo Béliz) con autoridades del Fondo un poco cansadas de las postergaciones, de las excusas, y de la falta de un plan económico por parte de la Argentina. Un cansancio que le llega también al Fondo a través de la secretaría del Tesoro de los Estados Unidos.

Por lo tanto, si uno sintetizara, diría que la plaza del miércoles pasado fue pensada para Cristina, pero, sobre todo, para Georgieva. Una Plaza de Mayo del peronismo y del kirchnerismo para la directora del Fondo Monetario Internacional. Claro, ahora está la plaza pero falta el papel, falta el programa. Se promete, vamos a ver si logran llegar a tiempo, porque es un gobierno con problemas con el reloj, que en la primera semana de diciembre va a mandar al Congreso un programa plurianual, que -sospechamos- no ha sido negociado con el Fondo Monetario Internacional. Es decir, estamos ante la perspectiva de que lo que presenten al Congreso luego tenga que ser modificado por las negociaciones con el Fondo.

¿Qué tendría que haber en un programa? Muy probablemente una reducción del déficit fiscal importante. Es imposible reducir el déficit fiscal sin licuar jubilaciones. Debería haber una actualización de las tarifas, o dicho de otra manera, una reducción de los subsidios acorde con la inflación. Y un tema central: el problema del mercado de cambio, del valor del dólar, de las intervenciones en el mercado, que produce distorsiones, injusticias y desviaciones aberrantes. Por ejemplo, que el Gobierno, durante toda la campaña electoral, para controlar el Contado con Liquidación, haya regalado 2500 millones de dólares.

Se los fugaron no sabemos quiénes: ahora no deben ser los amigos de Macri. En el corazón de este problema hay algo muy difícil de registrar para la cabeza de Cristina Kirchner y de todo este espacio político que mira a la economía desde la izquierda, que es el problema del déficit: deuda y déficit, lleva a más deuda.

¿Quieren escuchar la voz de alguien autorizado en este grupo político para hablar de este tema? Una voz que viene del pasado. Se trata de un discurso, pero no uno político, sino que es como una clase, con una extraordinaria capacidad pedagógica, que da Juan Domingo Perón en la CGT en 1974.

“Es realmente lamentable, o era realmente lamentable, un país que tiene obligaciones con el exterior por 7 mil millones de dólares. Multipliquemos por mil y vamos a tener una idea de lo que es esa deuda. Ahora, a esa deuda corresponde una deuda interna, porque eso es con nuestros hermanitos del norte. En el orden interno, que también se ha generado una deuda inmensa como consecuencia de que todo era déficit, ya se calculaba el presupuesto con 30 mil millones de déficit, como quien se toma una pastilla, sin que a nadie le produjera la menor extrañeza. Pero es que hay que pagarlos esos 30 mil milones de dólares”.

Un Perón indignado con el déficit. De esto tienen que discutir Alberto Fernández, Guzmán y Béliz. Béliz es una figura central en esa mesa, porque es el que le informa a Fernández que está haciendo Guzmán. ¿Con quién? Básicamente con las potencias del G7 que controlan el Fondo Monetario. Gente que dice “a nosotros también nos votan”. La que ustedes se están llevando es plata de nuestros contribuyentes. “A nosotros también nos gustaría [pueden decir Emmanuel Macron, Angela Merkel y Joe Biden] regalar las tarifas, pero no podemos; y a nosotros también nos votan”.

Es una discusión política que es el eje central de la política exterior. Un campo en el que están pasando cosas frente a las cuales el Gobierno no reacciona. Uno tiene una duda más inquietante; daría la impresión de que ni siquiera los funcionarios están enterados. Ha sucedido algo la semana pasada crucial para la Argentina. Y pasó absolutamente inadvertido en el país. El gobierno no produjo una sola declaración. Es un enorme problema que afecta nuestra política económica y el bienestar de la Argentina. El Gobierno, para distanciarse de Bolsonaro y quedar simpático frente a los gobiernos occidentales, ha decidido abrazarse a una agenda, que no está muy bien definida: la agenda climática, la del medio ambiente. Alberto Fernández le ha prometido al mundo que la Argentina va a ser el mejor alumno en esta materia. Esta cuestión incide en la relación con Europa y es el eje del vínculo con Biden, ya que no puede coincidir con el gobierno demócrata en otras materias como la de los derechos humanos de países como Cuba, Nicaragua o Venezuela. Hasta se llegó a pensar, de manera un poco audaz (Guzmán llegó a proponerlo) ablandar la relación con el Fondo a cambio de iniciativas climáticas, lo cual es bastante ingenuo.

La novedad es que la Comisión Europea sacó una nueva resolución para dictar un nuevo reglamento que pretende limitar el consumo en Europa de bienes que provienen de zonas afectadas por la deforestación, es decir por el achicamiento de los bosques. Enumera entre las materias primas que se dejarían de consumir, si se determina que surgen de zonas deforestadas: la soja, la carne de vacuno, el aceite de palma, el cacao y el café. Es un reglamento que le pega en el corazón al comercio del Mercosur con Europa. ¿Estará enterado de esto Alberto Fernández? ¿Santiago Cafiero sabrá que esto sucedió la semana pasada? ¿Qué opina la política ambiental de este tema? ¿Tendrán algo que decir? ¿No habrán hablado de más? Porque ahora tienen que tomar una bandera propia frente a este problema ambiental.

El Gobierno fue a Glasgow con posiciones distintas. No era la misma la posición del ministro de Ambiente, Juan Cabandié, que la del ministro de Agricultura, Julián Domínguez. En el Congreso hay quienes creen que Cabandie considera que, para avanzar con el tema ambiental, hay que destruir buena parte del rodeo ganadero: renunciar a 20.000 cabezas de ganado para suprimir emisiones tóxicas. ¿En qué informe técnico se basará? No sabemos. Quiero decir que, mientras estamos discutiendo cuestiones probablemente marginales, se están tomando decisiones que afectan el núcleo productivo de la Argentina sin que el Gobierno esté enterado. Es decir, hay algo que falla, no en la negociación con el Fondo, sino en todas las relaciones económicas del Gobierno con el exterior.

¿Qué más vimos en esa plaza del miércoles? Vimos algo muy importante: la CGT unificada, con Pablo Moyano en un triunvirato. A Alberto Fernández le encanta esa escena, pero hay que saber interpretarla. Es una CGT que se unifica preventivamente. Es una CGT con una experiencia de la que tal vez carece cualquier otra organización política en la Argentina. Aprendían con Perón. Ellos saben que viene una etapa de ajuste. Saben que probablemente se le pidan determinadas reformas, aunque no sea la reforma laboral. Gerardo Milman estuvo en el programa de Alfredo Leuco, por LN+, y contó que tiene una propuesta que podría ser revolucionaria y parece casi insignificante: que los descuentos que se le hacen a un trabajador no puedan pasar del 1 por ciento del sueldo. Se caerían cantidad de negocios, sobre todo, aportes al sindicato, seguros de vida, de sepelios, y una multitud de afectaciones que tienen los trabajadores formales. De muchos de esos descuentos vive la casta sindical y también cámaras empresarias. Abolirlos, como propone Milman, sería casi una reforma laboral en sí misma. Una enorme reducción de costos. Este es uno de los temas que puede afectar a los sindicatos y, por eso, se unifican. No es para Alberto Fernández, es a pesar de Alberto Fernández y eventualmente contra Alberto Fernández. Ni que hablar si viene un gobierno, después de este, que no sea de un signo político peronista. Se va a tener que enfrentar con esa CGT que tiene a los Moyano adentro, y que no va a un acuerdo, ni a una flexibilización.

Hay otro dato importante de esa plaza, como síntesis y condensación de la escena oficial. Es el anuncio de que va a haber Primarias en 2023. Parece un anuncio disparatado. El Presidente está con el ojo negro de las elecciones del domingo y se pone a hablar de 2023. Sí. Es otro mensaje para Cristina. Un mensaje que tal vez no sería él quien lo tendría que dar. Un mensaje que dice: “Cristina, no podemos más con tu dedo, ahora hay que abrir el juego”. La última vez que Cristina aplicó un dedazo fue para beneficiar a Alberto Fernández: lo postuló con un tuit. No necesitó una reunión de gobernadores o un congreso del partido, bastó un tuit. Y así le fue con ese sistema de poder. Ahora se queja de Alberto Fernández, cuya primera característica fue aceptar ser candidato a presidente con un tuit. Ahí empezaron los problemas, si miramos bien. Ahora se acabó el tuit, se terminó el dedo. ¿Por qué? Porque un resultado de estas elecciones es que hay una gran manifestación de malestar en el interior del peronismo. De gobernadores e intendentes que ven que, aunque a ellos les va muy bien en las encuestas, les ha ido muy mal en las elecciones. Si uno mira el panorama del peronismo es muy difícil encontrar candidatos que puedan llevar la bandera de presidente en 2023. ¿Qué podría pasar? Lo que pasó en Juntos por el Cambio: que empiece a haber disidencias. Facundo Manes, Luis Juez, Ricardo López Murphy… ¿Qué hicieron en Juntos por el Cambio? Dijeron: ‘No, no te vayas, si tenés algo que decir decilo acá adentro, te garantizo las Primarias’. Eso es lo que Alberto Fernández le está diciendo, a pesar de Cristina, no sabemos si con la autorización de Cristina, al peronismo que está insatisfecho con esta caída del 40 por ciento de los votos que le ocurrió al Gobierno de 2019 hasta ahora.

Hay otra señal en esa plaza que es que La Cámpora, encabezada por Máximo Kirchner, llegó tarde. Hay quienes lo interpretan como una señal de disidencia frente al Gobierno. Hay quienes dicen que, si uno quiere saber cómo está la interna del peronismo, tiene que ver las distancias con el palco. Cuánto más distante estás con el palco, más lejos estás de avalar el ajuste que representa un nuevo programa económico, o un nuevo acuerdo con el Fondo. La Cámpora estaría última. Llegaron una hora tarde. Se garantizaron que hubiera terminado de hablar Alberto Fernández.

En la Casa Rosada dan otra visión: era una plaza de los sindicatos y los movimientos sociales. Máximo Kirchner y sus compañeros tuvieron miedo. Por eso, llegaron tarde. Tuvieron miedo de estar en el medio de la plaza y que hubiera incidentes. Que alguien los insultara y se los identificara con el fracaso. ¿Por eso es que no llegaron? En una conversación en la Casa Rosada dijeron: “Qué distintos de los Montoneros, que se bancaban estar frente a Perón y gritarle cosas ofensivas”. Y le atribuyen a Alberto Fernández, la verdad no puedo verificar esta afirmación, haber dicho: “La Cámpora no son como los Montoneros. En todo caso, son los Boy Scout de los Montoneros”. Es toda una definición que indica la falta de afinidad que hay dentro del oficialismo.

Último dato: a mi juicio, el más relevante de todos si uno observa el papel que juega lo simbólico. Con una Cristina Kirchner que es obsesiva con lo simbólico. No hubo en la plaza de Alberto Fernández ni Madres ni Abuelas de Plaza de Mayo. Es probablemente el primer acto kirchnerista, desde que llegó esa fuerza al poder en 2003, donde no está el sello de los derechos humanos. Que es un sello que administra la jefa, Cristina. Es muy probable que haya habido alguna sugerencia o indicación de no ir, salvo que Alberto Fernández, de tan ortodoxo, se haya olvidado de invitarlas.

Todo este cuadro tiene un resultado, que es que -este fin de semana- aparece una nueva formación dentro del Frente de Todos, que es la izquierda que empieza a correrse y a bajarse. Se llaman Soberanxs, inclusivo, Soberanos, Soberanas. Ahí están Alicia Castro, Amado Boudou, Gabriel Mariotto, Milagro Sala, Fernanda Vallejos, Jorge Kreyness (encargado de relaciones internacionales del PC, que es decisivo en la militancia de la izquierda del Frente de Todos), Daniel Catalano (a quien Leuco mostró explicando las elecciones en Venezuela como si fueran Suiza; es sindicalista de Ate, de la Capital). En el lanzamiento de esta agrupación interna hubo críticas a Alberto Fernández, críticas desde la izquierda. Le piden una radicalización. Es un kirchnerismo que habla con Cristina. Un kirchnerismo que le está hablando también a Cristina. Le está pidiendo que conteste esta pregunta: ¿a dónde vamos?

¿Por qué? Porque es una izquierda peronista, filoperonista, marxista, que mira como creció el trotskismo hasta convertirse en tercera fuerza a nivel nacional y haber duplicado su nivel de votos.

Entonces, estamos viendo que hay una gran discusión dentro del Frente de Todos, y que el acuerdo con el Fondo, dicho de otra manera (y perdón por la palabra), el ajuste, debe realizarse dentro de esta deliberación. ¿Qué pedían los de Soberanxs? Consulta popular. Consultar al pueblo acerca de lo que hay que hacer con el país y con la política exterior. Qué curioso: esta semana en LA NACION, Gustavo Ybarra, que cubre la política parlamentaria, publicó un artículo contando que Oscar Parrilli, presidente del Instituto Patria, presentó un proyecto para flexibilizar las mayorías necesarias para convocar a consultas populares.

¿Es el germen de una discusión con Alberto Fernández para que, antes de tomar algunas decisiones, deba consultar a la gente? ¿Es un gesto para calmar a las fieras que le están reclamando a Cristina hacia dónde los está llevando? Son preguntas que están ahí, que se abren. Hay que ver si alguien las cierra.

Alguien muy identificado con todo este grupo, central en el mundo empresarial del kirchnerismo, el cordobés Gerardo Ferreyra, de Electroingeniería, propuso un programa alternativo al del Fondo. Que se armen con las exportaciones argentinas, como si fueran de él, un fideicomiso, a partir del cual se abra una gran negociación con China y Rusia. De esa negociación, saldrían los recursos que, al cabo del tiempo, permitiría a la Argentina pagarle al Fondo. Ferreyra tiene un motivo más que suficiente para pedir un alineamiento con China: es el concesionario de las represas de Santa Cruz, donde está asociado con los chinos, en una licitación que, dicho sea de paso, fue escandalosa en su momento.

Ahora, de nuevo, se hace evidente cierto desconocimiento del mundo. China ha dejado de financiar esas represas. Tiene que hacer desembolsos y no los hace. En alguna medida, porque la Argentina no paga. Pero hay una razón más importante por la cual no realizan esos desembolsos: los chinos quieren que la Argentina le pague al Fondo. Acá hay una confusión del oficialismo, inclusive de algunos ministros, que suponen que China va a elegir la afinidad ideológica, si es que la tiene, con el kirchnerismo, para desbaratar el sistema financiero internacional al que China quiere pertenecer cada vez más. Quieren ampliar su participación en el Banco Mundial y quieren ser decisivos en la mesa del Fondo Monetario Internacional. Es una fantasía “galteriana” suponer que los chinos, para que no naufrague la política económica de Alberto Fernández, van a avalar a un país que defaultea una deuda con una organización a la que ellos pertenecen. Es la misma idea de Galtieri: que Estados Unidos lo iba a avalar a él en contra de la OTAN en el enfrentamiento de la guerra de Malvinas. Distorsiones, desviaciones y espejismos de la visión nacionalista, muy frecuentes en los que miran solamente su ombligo cuando miran el mundo. Quiere decir que, si seguimos la estrategia de Ferreyra, ya no están los chinos: los chinos le dijeron esto a Alberto Fernández y a sus funcionarios en la reunión del G20 (“Si quieren plata, paguen primero al Fondo”). Nos quedarían solo los rusos. Para saber si nos tenemos que comprometer con los rusos para salvar nuestra economía, hay que preguntarle a Cecilia Nicolini, que sigue pidiendo las vacunas. El producto bruto interno de Rusia es la mitad del de California, es el de Brasil. Ya que le pedimos a Rusia, es más práctico pedirle a Bolsonaro. Todo esto obliga esta discusión que es política, porque venimos de una elección que conmovió al sistema político; principalmente, al oficialismo. Y sobre esta discusión política hay que resolver esta agenda económica. En el fondo, y no en el Fondo, en el centro, está esta cuestión.

Las sociedades latinoamericanas, la chilena, la argentina, están viendo que los responsables de resolver los problemas no los resuelven y, por eso, huyen hacia los extremos, de manera inquietante y peligrosa. Frente a todo este problema, aparece el reajuste oficialista, el reacomodamiento político del oficialismo, que dice a sus líderes: “No se vayan, les doy internas”. Cristina Kirchner, por su parte, muy probablemente empiece a pensar en el futuro de ella misma y en el capital político que conserva en el conurbano bonaerense. La salida tal vez sea convertirse en senadora en 2023, cuando se vuelve a discutir la representación de la provincia de Buenos Aires en el Senado. Claro, viene con fueros.

Hay además en el Gobierno una fantasía, que -en alguna medida- está en declaraciones de Leandro Santoro, más claramente de Leopoldo Moreau, de que no se sostenga la unidad en Juntos por el Cambio. Esperan que la afinidad que puede tener Macri con Milei y con Espert, afinidad que está alimentada por el propio Macri y por Patricia Bullrich, produzca una reacción en el radicalismo. Idea que está en el centro del pensamiento de Moreau, que es radical.

Hay otros, como Sergio Massa, que miran a amigos de ellos dentro de Juntos por el Cambio. El gran amigo de Massa en Juntos por el Cambio se llama Gerardo Morales, gobernador de Jujuy. Hay pruebas de esa amistad. Los diputados jujeños votaron a favor del Gobierno el consenso fiscal, la ley de combustibles y el aporte solidario, es decir, el impuesto a las grandes fortunas. Y en otras leyes se ausentaron: movilidad jubilatoria, quita de fondos a la ciudad de Buenos Aires y la ley de jubilaciones de privilegio. A Jujuy, Morales la gobierna con Massa. Hay que recordar que, antes de la convención radical de Gualeguaychú, que llevó a la alianza entre el Pro y la UCR, Morales pretendía una alianza entre la UCR y el Frente Renovador de Massa. ¿Hay una inercia de esas aspiraciones que llega hasta ahora? Sí. Morales aspira a la presidencia de la UCR a fin de año o tal vez el año que viene. Si es que no le aparece otro gobernador y se le cruza. Hoy Morales está en una campaña de visibilidad. De hecho, mañana a las 9:30 va a ser recibido por la secretaria del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en Madrid.

Quiere decir que el Gobierno está mirando las fisuras que puede encontrar en el otro jardín, que tiene sus propias disidencias. Ya vimos, después de la elección, el debate en Capital, donde Patricia Bullrich dice: “Esperábamos más”. ¿De quién? De María Eugenia Vidal. Claro, Bullrich le está diciendo a Horacio Rodríguez Larreta: “Me hubieras puesto a mí y hacíamos una mejor elección. No se te iban a ir tantos votos por derecha”. Y Larreta, si pudiera o quisiera contestar, le diría: “Pero vos no sos de mi palo, y yo quería ganar la elección con alguien identificado conmigo”. ¿Está Vidal tan identificada con Larreta? Diego Santilli dice que no, supone que Vidal quiere ser candidata a presidente compitiendo contra Larreta. No sé si lo cree, o dice creerlo, para tener la coartada de lanzar lo que ahora llaman “el coloradismo” dentro de la provincia de Buenos Aires. Santilli siguió haciendo campaña. Visitó intendentes y, sobre todo, quiere capturar a diputados de la Legislatura bonaerense que están alineados hasta ahora con Cristian Ritondo y Federico Salvai, dos hombres de Vidal.

Empieza a haber un ruido en Juntos por el Cambio por el control de la Legislatura bonaerense. No quiero pensar que es por la caja del bloque de legisladores sobre cuyos misterios algún día le vamos a pedir que hable Daniel Billota. Es un misterio cuánto se lleva a su casa un legislador bonaerense. Ahí ya está Santilli peleando contra Ritondo, habrá que ver si no pide que Ritondo deje la presidencia del bloque del Pro en el Congreso nacional. En la oposición, también se abrió una fisura, o por lo menos un debate. Hay un desafío externo para Juntos por el Cambio y centralmente para el Pro: Espert y Milei. Hay muchos más candidatos que antes porque hay un radicalismo que reclama, con derecho, otro lugar en la mesa porque tiene muchas figuras competitivas. Y hay algo muy importante: menos poder de Cristina. No hay que olvidar que el gran pegamento, el gran factor de cohesión, fue la amenaza de una hegemonía kirchnerista. Despejada esa amenaza, probablemente haya un factor menos de unidad.

 

 

* Para La Nación

Te puede interesar