¿Cooptar a Alberto Fernández?, “No se hagan los rulos”, diría Cristina

EDITORIAL Por
No es que los partidarios del neoliberalismo vayan a cambiar de filosofía política: buscarán otro referente, que nunca faltan. Pero en todo caso habrán de pasar unos buenos años.
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 Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba 

En 1968, plena dictadura militar de Juan Carlos Onganía, los realizadores presentan -de forma clandestina , porque no había otra forma de hacerlo- una película de extraordinaria fuerza documental, que recién habría de poder exhibirse públicamente en 1973.

Naranjasdehiroshima.com, un sitio de México dedicado a la recopilación y difusión del cine documental reseña de este modo la obra del título:

El filme presenta la historia de América Latina, la “patria grande”, como una sucesión de dominios coloniales. Primero en manos de España, luego de Inglaterra y de allí al “neocolonialismo” de Estados Unidos. La República Argentina recibe también los golpes de la “violencia neocolonial”: campesinos sin tierras, clases trabajadoras oprimidas, disidentes violentamente reprimidos. “La hora de los hornos” hace escarnio de la burguesía y la intelectualidad argentina, presentándola como traidora, alienada y vanidosa de su origen europeo. Las clases medias, por su parte, se adormecen bajo el opio de los medios masivos: la mejor arma del "neocolonialismo" (“mejor que el napalm”). Alentando la indignación de la clase trabajadora ("la única recuperable"), el documental recrea la realidad del pueblo como un régimen de injusticia extenuante. La única opción para los pueblos latinoamericanos, concluye el film, es apostar por su propia vida o muerte a través de la revolución contra el imperialismo.

En estos momentos, Argentina se encuentra en un hora crucial, también. Los tiempos cambian, y con ellos lo hacen las circunstancias y las formas de encarar los problemas. Hoy las batallas -al menos en Hispanoamérica-ya no se dan a través de guerrillas sino que tienen lugar en los medios de comunicación. Con los avances en tecnología agropecuaria desapareció la masividad campesina y con ella su capacidad de movilización. El nivel de vida del obrero fabril mejoró notoriamente desde los primeros gobiernos de perón, y últimamente en los doce años kirchneristas. La tendencia llevó a esa masa ciudadana a intentar mimetizarse con la clase media y alta, adeptando sus pautas culturales. Los tiempos son otros y las armas también otras.

El gobierno macrista logró triunfos resonantes en el terreno de la propaganda. No es casualidad, si la exposición que hace Saúl Feldman en su libro “La Conquista del Sentido Común” se ajusta a los hechos.

El aparato puesto en marcha por los ideólogos que acompañaron a Mauricio Macri desde antes de ser electo Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se nutrió de las enseñanzas del jerarca nazi Joseph Goebbels para trastocar el sentido común de buena parte de la sociedad, que resultó convencida de que era bueno apoyar a quien gobernaba en contra de sus más legítimos intereses.

Las técnicas de manipulación del marco conceptual de los argentinos sembraron sus semillas en un terreno todavía fértil, a pesar de los años: el antiperonismo. Los gobiernos kirchneristas se hicieron cargo de un país en estado de catástrofe. Y sus programas no pidieron a los ciudadanos subir al Aconcagua ni cruzar el río de una orilla sola. Lentamente, las clases más vulnerables fueron superando las terribles condiciones a las que las habían lanzado en los años que precedieron al 2001. Hubo más empleo, los salarios mejoraron, se le pagó al Fondo Monetario lo que se le debía, y se fue pagando la deuda reestructurada.

En el 2015, el candidato Scioli no convencía a propios ni ajenos. Y la campaña estuvo más bien orientada a mostrar lo malo que sería un gobierno de Macri (lo que se demostró rigurosamente cierto), pero se dormía en la proyección de una nueva administración kirchnerista. Muchos creyeron en los eslóganes de Cambiemos, y pudieron arañar un triunfo que entronizó al egresado del Cardenal Newman.

Una vez en el poder, el aparato publicitario macrista se empleó a fondo para seguir a Goebels en la construcción simbólica del enemigo: “Se robaron todo”, “la corrupción”, “el populismo”, “los choriplaneros”, “Venezuela”, etc., etc.

Hoy, con la tortilla dada vuelta, Macri, en las formas, no se da por vencido. Deja actuar a la socia política Elisa Carrió en sus desvaríos, sin cuidarse de la impudicia que brota por los cuatro costados. “Nos van a sacar muertos de Olivos” amenaza a los partidarios del frente que -superado en las urnas- entregó con tranquilidad el gobierno. Y en vista de que ya está claro que no pueden responsabilizar a la administración anterior por el descalabro económico que sufre la Argentina inentan hacer responsable a la del futuro.

Macri y su administración ya son descartados por los círculos de poder nacionales y mundiales. El FMI le presta preferente atención a Alberto Fernández, y pareciera que no sabe bien como desprenderse del actual presidente. Los líderes mundiales -que antes palmeaban el hombro del presidente ahora también candidato- están ocupados en otros problemas más serios que la suerte de un anfitrión que los agasajaba ricamente tiempo atrás y ahora se hunde sin remedio.

Hay comentarios acerca de la preparación de un relato macrista para que, derrotado nueva y definitivamente en las urnas, busque dejar sentados logros de sus cuatro años. La palabra es “legado”. Macri ya habló de que en su período “sentó las bases para un crecimiento para siempre”. Puede ser que haga el inento, pero ya muchos de sus aliados mediáticos no dan un centavo por el. No es que los partidarios del neoliberalismo vayan a cambiar de filosofía política: buscarán otro referente, que nunca faltan. Pero en todo caso habrán de pasar unos buenos años. Una carta desesperada que algunos intentan jugar es la de cooptar a Alberto Fernández. Las maniobras en pos de ese objetivo se tornan evidentes, pero -a pesar de las obligadamente prudentes manifestaciones del todavía candidato- las chances de lograrlo son más que exiguas. “No se hagan los rulos”, diría Cristina Fernández.

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