¿RECONOCIMIENTO FACIAL O PORTACIÓN DE CARA?

EDITORIAL Por
La seguridad es un derecho ciudadano, y es obligación del gobierno velar por ella. Pero ¿hasta dónde el Estado se puede arrogar atribuciones para garantizarla?
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 Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba 

Hace unos días, en un canal de TV argentino se emitió un programa referido a un sistema vigente en China, por el cual se detecta e identifica a las personas que transitan por los lugares públicos, y se registra cualquier circunstancia de interés (por ejemplo si cruzo la calle por la senda peatonal o no), la que deriva en una calificación de su conducta. De este modo el gobierno va evaluando a cada habitante y, en función de los resultados, esa persona recibe sanciones o privilegios.

El Gran Germano a pleno, y un motivo para que se pongan los pelos de punta. Muchos, leyendo esto, dirán que eso es en las antípodas y que ya se sabe que en el mundo rigen costumbres que por estos pagos serían inaceptables. Pero es bueno advertir que en esta tierra de democracia y libertad no estamos tan lejos de estas prácticas como podría pensarse.

Por estos momentos estamos viendo en la TV expedientes judiciales que evidencian el espionaje y la elaboración de carpetas por parte de los encargados de la inteligencia estatal, contra ciudadanos solamente caracterizados por ser opositores a las políticas del gobierno actual. Da para mucho este tema, pero no es el objeto de la presente nota, que enciende las luces de alarma por otro motivo puntual.

En la cosmopolita ciudad de Buenos Aires están funcionando cámaras de reconocimiento facial, y hace apenas unos pocos días se produjo un acontecimiento que pone a este tema en primer plano. Las cámaras de una estación ferroviaria identificaron a un transeúnte como un delincuente requerido en Bahía Blanca, que se encuentra prófugo. Fue detenido y trasladado a esa ciudad, y pasó cinco días en una comisaría, alojado en una celda digna de película de horror.

La situación de esta persona -de antecedentes intachables y absolutamente inocente de cualquier delito- legó a conocimiento de la producción de un noticiero de TV, la que se movilizó para visibilizar el suceso y prestar ayuda a la familia del damnificado. Un funcionario involucrado en el caso explicó, en una emisión del canal, que todo fue producto de un error, no de la cámara espía ni de la informática que procesa la información que aquella obtiene, sino de quien cargó en su momento los datos del sospechoso de un delito cometido en esa ciudad de la provincia de Buenos Aires.

Habrá quien sostenga que -a pesar de la falla que derivó en una catástrofe personal para la víctima del espionaje indiscriminado que configura el sistema- puede aceptarse un error en un dispositivo que -por otro lado- presta un servicio valioso al volver a poner en manos de las autoridades a quienes buscan eludir la acción de la justicia. Pero hay un detalle que no puede pasarse por alto. En sus declaraciones, el funcionario expresó que el error fue detectado antes de que el trasladado llegara a Bahía Blanca. ¿Cómo puede explicarse entonces la ordalía sufrida por esa persona? ¿Cómo es posible que un ciudadano inocente quede envuelto en una maraña policíaco-judicial a pesar de haberse advertido claramente que se trataba de un equívoco? ¿Puede alguien quedar satisfecho con el dispositivo informático de Gran Hermano puesto en funciones en la Argentina cuando hay una falta de garantías semejante?

Hay un detalle más en toda esta historia, que merece ser tenido en cuenta: la víctima del atropelllo tiene cabello negro y piel no demasiado clara. Un morocho, un cabecita negra de aquellos que amaba Eva Perón. Eso no tiene nada que ver, podrá decirse, pero vale la pena recordar un suceso de varias semanas atrás en el que un empresario, de tez blanca y residencia en Puerto Madero, sobre quien pesaba orden de detención por delitos que cometió, fue atendido como a un señorito inglés pese a que -haciendo gala de su condición de físicoculturista o karateca- rompió las esposas que la comisión policial le había colocado, y arremetió contra los efectivos tirando mamporros a diestra y siniestra.

¿La misma ley y la misma justicia para todos? No parece ¿verdad?

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