A LA CONQUISTA DEL MUNDO CON PINDONGA Y CUCHUFLITO

EDITORIAL Por
Que nadie se quede sin disfrutar de los delicatessen de la Argentina macrista
pindonga

 Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba 

La expresidenta hizo referencia a lo que desde estas columnas hemos comentado en algunas oportunidades: la proliferación de artículos alimenticios que quieren aparentar lo que no son.

Es bueno aclarar que no estamos hablando de segundas marcas, que son productos auténticos, a veces son los mismos de las grandes empresas, las que, por diversas razones, colocan en el mercado a menor precio aquellos artículos que, con su etiqueta de prestigio, están en la misma góndola y bastante más caros.

¿Por qué una empresa habría de tener dos precios por el mismo producto? Es conocido que las marcas propias de las cadenas de supermercados, que con más económicos, son el realidad los mismos de las grandes marcas, que resignan ganancias en función del alto poder de compra de dichas cadenas, y etiquetan para esos especiales clientes, a los que proveen al precio menor. Pero también ocurre que cuando esas empresas tienen exceso de stock, y para impulsar el consumo tendrían que tentar al consumidor con ofertas, prefieren hacerlo a través de otras marcas que poseen, sin afectar a su producto líder.

Por todo esto, y también porque hay empresas más pequeñas que producen alimentos y buscan introducirlos en el mercado, existen esas segundas y terceras marcas.

Pero aquí no no estamos hablamos de esos temas sino de otro que es mucho más grave: los productos que simulan ser otros. No es un envase más económico, un menor costo publicitario, ni siquiera una calidad que no alcanza al tope; es, sencillamente una estafa al consumidor, que se torna cada vez más extendida.

Se trata de la simulación de un producto existente a través del uso de materias primas de menor costo, para luego comercializarlo en un envase que se mimetiza con aquellos. Se puede ver en las góndolas, por ejemplo, sachets con toda la apariencia de uno de yogurt pero que en realidad consisten básicamente en leche (o sólidos de leche), azúcar y almidones. Con un nombre que hace pensar en un yogurt. Lo mismo ocurre con símiles de quesos rallados, con un alto contenido de sémola, por ejemplo.

Sin lugar a dudas, es necesario reformar las normas que rigen las inscripciones de los envases. Hay una amplia manipulación en lo que hace a la combinación de tipografías, tamaño de los caracteres, color de fondo de los textos, etc. Los ingredientes, y el contenido nutricional, por ejemplo son exhibidos en lugares recónditos, con letras tan pequeñas que es prácticamente imposibles de leer, y con contraste de colores que lo torna todavía más dificultoso. Dentro de la tienda, el consumidor no puede enterarse de qué está en realidad comprando. En la casa, tal vez con ayuda de una lupa, pueda saber la verdad, pero ya será tarde.

La mala calidad de la comida en un país trasciende, y es difícil promocionar productos sin prestigio en los mercados externos. Cuando vemos un chocolate suizo automáticamente nos llega un impulso para comprarlo. No pasa lo mismo al encontrar alimentos de países sin tradición ni historia. Parece poco probable que la Argentina pueda convertirse en el “supermercado del mundo” como supo decir el presidente Macri.

Y hablando de alimentos, una vez hubo cierto disgusto por un funcionario que alababa la exportación de lomo -el corte más costoso- y dejar el resto para consumo interno. No fueron pocas las voces que rechazaron esa idea, que llevaba implícita la noción de que los argentinos podemos quedar contento con comer la paja, dejando el grano para otros, como decía la vieja canción anarquista. Pero hoy, ningún corte está al alcance de la mayoría de los argentinos. Fue tragicómico escuchar, días atrás, a un comentarista radial de tendencia oficialista, presentar como una buena noticia el aumento en el consumo de menudencias de pollo, que se registra.

Sin industria, sin condiciones de exportar alimentos elaborados a mercados sofisticados y solventes, le queda al país vender productos primarios del agro y la minería. Y la historia es muy explícita acerca del destino de las naciones que se orientaron por ese camino.

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