LLUVIA DE INVERSIONES Y DERROCHE DE ENERGÍA

EDITORIAL Por
Alieto Guadagni relativiza el papel de las inversiones extranjeras en el desarrollo, mientras el Presidente, frente a la crisis que desató su gobierno, trata de descargar la que es su responsabilidad sobre las espaldas de una sociedad duramente castigada
lluvia%2Bde%2Binversiones

isaias Isaías ABRUTZKY / Especial para Diario Córdoba 

Los pronósticos de Macri, desde la campaña presidencial del 2015 en adelante, tenían como uno de sus pilares a la inversión. La inversión extranjera, casi exclusivamente, porque a la nacional poca atención se le presta, si es que no se la niega directamente.

Alieto Guadagni, un conocedor como pocos de la economía argentina, dice en un artículo de Ámbito de ayer martes:

Los países que crecen, es decir expandiendo de una manera sostenida su producción y su empleo, lo hacen siempre impulsados por el esfuerzo de su propio ahorro interno, orientado a financiar las inversiones de carácter productivo, es decir destinadas a aumentar la oferta de bienes y servicios producidos en el país. Esto no significa que la inversión extranjera no sea importante, aunque en menor medida que la propia inversión nacional financiada por los recursos aportados por el ahorro interno. El papel de la inversión extranjera es complementario, pero nunca sustituto de la inversión financiada por el propio ahorro nacional. Casi siempre las inversiones generadas internamente en un país son mucho más importante que las inversiones externas, cuya primacía históricamente se manifestó únicamente en algunos países subdesarrollados y con grandes riquezas mineras, como algunos países africanos”.

No son muchos los especialistas que lo expresan, y menos con tanta claridad. Guadagni, cuando se refiere a los países africanos con riquezas mineras, omite decir que esas inversiones extranjeras no hacen otra cosa que vaciar los recursos naturales que ellos tienen, pagando salarios de supervivencia y sumiendo a los habitantes en la más indigna de las pobrezas. Ocurrió con el oro en Brasil, los diamantes en el Congo, la banana en el caribe, el quebracho y el tanino en la Argentina.

Las inversiones extranjeras, salvo excepciones, se llevan del país en el que se instalan mucho más divisas que las que ingresaron. En muchos casos, además, se instalan para operar compañías que no producen nada exportable. Vienen a cobrar peaje en las autopistas, como aseguradoras, y en muchos otros rubros para los que el país tiene todos los elementos necesarios. Un ejemplo contundente -aunque controversial- son los restaurantes de comidas rápidas. ¿Basta el favor de los consumidores -logrado más con el recurso de la publicidad y el estatus que con el producto ofrecido- para aceptar una salida de las tan necesarias divisas?

Lo que vale cuesta

Lejos en la memoria de los argentinos (aunque no de todos) aquel programa de TV en que Juliana Awada decía entre risas que Mauricio Macri ponía el aire acondicionado aún en el invierno, el presidente trata de que los argentinos se sientan culpables de haber vivido derrochando energía.

Tal vez piense conformar de esa forma a quienes -por tarifazo tras tarifazo- están sufriendo una dieta energética extrema. La culpa la tiene el otro, descubrió una vez el gran Tato Bores. Yo no tengo nada que ver, parece querer mostrar quien les otorga a las empresas de producción, transmisión y distribución -propiedad propia, y de sus parientes y amigos- un esquema de ganancias extraordinarias. Puede que alguna que otra familia acomodada no se haya preocupado por apagar la llama piloto de los calefactores en verano, pero es más que difícil imaginar a un hogar derrochando gas de garrafas, el que -aún subsidiado- tuvo siempre un costo importante para los usuarios, a más de los inconvenientes del recambio.

¿Derrochaban agua los habitantes de las villas, que contaban apenas con una canilla para todo el barrio? Sin duda que las palabras presidenciales solamente pueden mover a risa o a bronca en la población más sumergida. Todo indica que la destinataria de la estrategia de la culpa, reforzada ahora en la propaganda oficial, está destinada a la clase media. Este sector de la sociedad, tradicionalmente clasista, y antiperonista al máximo, ahora está jaqueado por las impagables tarifas, y sale a la calle con sus cacerolas a visibilizar su protesta. Tal vez algunos de sus integrantes, con espíritu religioso, acepten hacerse cargo de esa culpa, y esperar una luz al final del túnel, que por ahora solamente muestra negrura. Tal vez.

Te puede interesar