Bendita enferdad, el Parkinson

MIRADAS Por
… y un día mi pulgar izquierdo comenzó a temblar. Eran movimientos muy pequeños, breves, espaciados. No le di importancia; tan solo me intrigó un poquito...
hoy

… y un día mi pulgar izquierdo comenzó a temblar.
Eran movimientos muy pequeños, breves, espaciados.
No le di importancia; tan solo me intrigó un poquito.
En ese tiempo ya vivíamos en Miami, pero manteníamos nuestro seguro de salud en Argentina.
En mi siguiente viaje, junto al habitual chequeo de rutina, le pregunté a los médicos por ese pequeño temblor. 
Nadie sabía. 
Visité entonces a un neurólogo, el más importante de Córdoba.
Con alta clase y estilo, me dijo que tenía Mal de Parkinson.
Lo tomé con mucha naturalidad, como si fuera una contractura muscular.
Volví a Miami y se lo conté a Claudia, mi esposa.
Recién entonces me cayó la ficha.
Con el correr de las semanas fui tomando conciencia de todos los cambios que tendría en mi vida.
Las cosas que tendría que hacer…
Las que ya no podría hacer…
Las que no podría evitar…
Quince años después, mi enfermedad y yo nos llevamos bastante bien.
Tal vez sea porque nunca lo asumí como una tragedia, sino como un cambio de objetivos.
Ya no puedo trabajar en radio… pero puedo hacer otra cosa.
Tengo problemas de memoria; por eso todo lo escribo.
Manejar me resulta muy estresante; ahora dejo que maneje Claudia. 
No puedo correr una maratón de 10 kilómetros. Antes tampoco podía. 
Tengo limitaciones... todos las tenemos.
A mí solo me corrieron el arco.
Lo único que lamento, y mucho, es haber perdido la voz, porque era mi medio de expresión.
Algunos se expresan a través de la pintura, otros de la música. Lo mío siempre fue la palabra.
Fueron 15 años que me sirvieron para mirar la vida de otra manera; cambiar mis prioridades; ver las cosas en su fondo y no por su forma, entender al otro y no criticarlo.
Mi hijo Leonardo me dice que yo he cambiado muchísimo desde que tengo Parkinson.
Bendita enfermedad, si me ha hecho mejor persona, mejor padre y mejor esposo.
Bendita enfermedad, si me ha quitado la arrogancia que me enceguecía al mirar el mundo desde una supuesta altura en la que mi profesión me había colocado.
Bendita enfermedad, si me ha hecho más sensible y me emociono fácil con logros y pesares ajenos.
Sé que vendrán tiempos más difíciles. 
Trataré de apoyarme en la relación que hoy tenemos mi Parkinson y yo.
Porque, después de todo, como dijo el poeta “lo que el árbol tiene de florido, vive de lo que tiene sepultado”.

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